
A veces, para entender un país basta con asomarse a dos paisajes en la misma mañana. En Madrid, el Palacio de la Moncloa amanece blindado entre pinos, vallas, controles y ruedas de prensa cuidadosamente programadas. En Cuenca, la luz entra fría por una estación cada vez con menos trenes, por una red de carreteras donde las promesas de modernización se han convertido en un género literario y por unos pueblos que cuentan más bajas en el padrón que nacimientos. Entre esos dos paisajes discurre hoy la política española: un poder central atrincherado en su propio relato y una España provincial que hace tiempo dejó de creérselo.
La Moncloa fue concebida como casa de gobierno y símbolo de la nueva democracia. Era el escenario donde los consejos de ministros dibujaban el rumbo del país y donde el presidente comparecía para dar la cara en los momentos decisivos. Hoy, en cambio, se parece más a un búnker de comunicación permanente, un set de rodaje desde el que se producen vídeos, se ensayan gestos y se lanzan consignas a una sociedad saturada de mensajes y huérfana de certezas. Allí dentro, rodeado de asesores, encuestadores, consultores y analistas de redes, el poder central vive en una realidad paralela de informes, focus group y titulares amables. Aquí fuera, en provincias como la nuestra, la realidad sigue siendo testaruda: trenes que se pierden, consultorios que se cierran, jóvenes que hacen la maleta y empresas que piensan dos veces antes de invertir.
He decidido llamar a esta etapa “los tiempos oscuros de la moncloaca” porque lo que se ha degradado no es solo la calidad de las decisiones, sino el ecosistema entero que las rodea. No se trata únicamente de La Moncloa como sede física del Gobierno, sino de un entramado de tuberías subterráneas por las que circulan favores, filtraciones, contratos, nombramientos cruzados y campañas de propaganda. Una red de cloacas políticas y mediáticas que conecta despachos presidenciales con platós de televisión, consultoras de imagen, despachos de abogados y perfiles anónimos en redes sociales. El resultado es un poder más preocupado por sobrevivir y controlar que por gobernar, más obsesionado con la gestión del escándalo que con la resolución del problema.
Mientras tanto, la confianza de los ciudadanos en las instituciones se ha ido desangrando año tras año. Las encuestas dibujan un paisaje inquietante: mayorías abrumadoras que desconfían del Gobierno, del Parlamento y de los partidos; porcentajes crecientes de españoles que dan por hecho que las instituciones no actuarán pensando en el interés general; una desafección que ya no es coyuntural, sino sedimentada, casi cultural. En cada conversación de bar, en cada tertulia de jubilados en el parque, en cada comentario en redes se repite la misma mueca de escepticismo: “harán lo que les dé la gana”. Lo grave no es solo que se diga; lo grave es que, a la vista de los hechos, cuesta llevarles la contraria.
En este contexto, la Moncloa ha dejado de ser percibida como el centro de un proyecto común para convertirse en la torre donde se atrincheran los que mandan. Desde allí, el poder diseña estrategias para resistir escándalos, apagar incendios y neutralizar adversarios; desde aquí, desde Cuenca, comprobamos que muchas de las grandes palabras que se pronuncian entre esas paredes –“cohesión”, “territorio”, “reto demográfico”, “España rural”– apenas dejan rastro en los boletines oficiales que de verdad cambian la vida de la gente. Las decisiones que se toman a cientos de kilómetros se justifican con discursos solemnes y gráficas de colorines, pero acaban traducidas en recortes de servicios, cierre de líneas, retrasos de inversiones o simples olvidos que, acumulados, se convierten en desgarro.
Estos “tiempos oscuros de la moncloaca” no son un accidente meteorológico ni una fatalidad histórica. Son la consecuencia de un modo de entender el poder que se ha ido consolidando en Madrid y que luego se replica, como un molde, en comunidades autónomas, diputaciones y ayuntamientos. Un modo que consiste en gobernar desde el búnker y hablar desde el plató, en sustituir la política por la gestión de la imagen, en convertir cada crítica en una guerra cultural y cada pregunta incómoda en una deslealtad. Frente a esa lógica, la España provincial aparece retratada como un decorado de fondo: un lugar donde hacer promesas en campaña, organizar visitas telegrafiadas y grabar vídeos con paisaje de fondo, pero no un sujeto político al que rendir cuentas de verdad.
Desde La Vanguardia de Cuenca, escribir sobre todo esto no es un ejercicio de melancolía ni de resentimiento localista. Es, sencillamente, contar lo que se ve cuando uno mira la vida política española desde la escala humana de una provincia que lleva décadas escuchando discursos sobre vertebración mientras pierde trenes, servicios y población. Es preguntarse hasta qué punto esta moncloaca que mana desde la cúspide ha ido ensuciando también la política de proximidad, nuestras propias instituciones, nuestras propias formas de hacer. Y es, sobre todo, invitar al lector a mirar de frente este tiempo oscuro para poder imaginar, más adelante, cómo salimos de él.