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El regreso del artista de Valdeganga: Juan Andrés Buedo rubrica su gran melodrama histórico «El compromiso de Samuel Eskenasy» en la Feria del Libro de Madrid

Publicada el junio 2, 2026junio 2, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Juan Andrés Buedo García regresa a la gran literatura con la novela El compromiso de Samuel Eskenasy (Universo de Letras), una obra de ambición histórica, ética y estilística que lo sitúa en primera línea de la narrativa española sobre la posguerra y la memoria del Holocausto. En el marco de la 85.ª Feria del Libro de Madrid, la novela se presenta como una apuesta incómoda y necesaria: un relato que convierte el recuerdo en compromiso y la ficción en un instrumento de conciencia cívica.

Una posguerra que no termina

La historia arranca en la España de 1939, cuando la Guerra Civil ha concluido sobre el papel, pero la paz se revela como una ficción precaria. El franquismo se afianza mediante leyes represivas, depuradoras y despiadadas, mientras las cárceles y los campos de concentración se llenan de vencidos, sospechosos y «desafectos» al nuevo régimen. El hambre se extiende con la misma rapidez que los discursos triunfalistas: cartillas de racionamiento, «día del plato único», «día sin postre» y campañas de Auxilio Social conviven con un floreciente mercado negro que enriquece a los nuevos intermediarios de la miseria.

En este paisaje devastado se mueve Samuel Eskenasy, artista sefardí y marchante de arte, perteneciente a una familia acaudalada que ha logrado sortear lo peor de la represión directa, pero no puede escapar ni al clima de miedo ni al deterioro moral del país. La novela se sitúa precisamente en esa zona incómoda donde la relativa seguridad de una élite se ve interpelada por la ruina material y ética que se despliega alrededor: en las colas del racionamiento, en los comedores de Auxilio Social, en los barrios donde los niños buscan restos de comida en la basura.

La neutralidad oficial del régimen frente a la Segunda Guerra Mundial no es tal: Buedo muestra, con una rigurosa documentación, la presencia de patrones organizativos de la Gestapo en campos como el de Miranda de Ebro, el tránsito de informaciones y personas entre la España franquista y la Alemania nazi, y el doble juego de unas autoridades que, mientras declaran su independencia, colaboran en la persecución de judíos y antifascistas.

Un melodrama histórico de largo aliento

El compromiso de Samuel Eskenasy se inscribe en la saga de El artista de Valdeganga y prolonga una historia familiar que el autor ha ido tejiendo sobre el telón de fondo de la primera mitad del siglo XX. No obstante, la novela se sostiene con autonomía: el lector que se acerque por primera vez a la familia Eskenasy encontrará un ciclo vital completo, articulado entre 1939 y 1945, en el que la intimidad doméstica se entrecruza con la gran historia europea.

Desde la dedicatoria inicial, Buedo anuncia que nos hallamos ante un «melodrama histórico»; y cumple su promesa. El libro combina la intensidad afectiva —el amor, el duelo, la paternidad, la culpa— con una reconstrucción minuciosa de los acontecimientos políticos y sociales de la época. Se trata de una narración de ritmo pausado y reflexivo, que alterna escenas familiares, diálogos extensos y pasajes de reflexión interna con fragmentos casi ensayísticos sobre la represión, la autarquía, el hambre y el antisemitismo.

La tragedia íntima que vertebra la novela es la muerte de Teresa, esposa de Samuel, tras dar a luz a su hijo Gabriel. Ese golpe irreversible no sólo desgarra la vida doméstica del protagonista, sino que precipita una metamorfosis interior: Samuel canaliza su dolor hacia una forma de compromiso que desborda la esfera privada y se proyecta en la investigación del espionaje alemán en España y en la lucha contra el expolio nazi de bienes judíos.

La vida sefardí bajo Franco

Uno de los aspectos más originales del libro es su foco en una familia sefardí acomodada en la España franquista, un ángulo poco explorado por la novela histórica de nuestro país. Los Eskenasy gestionan un negocio de arte de alcance internacional, con conexiones en Suiza, Italia o Estados Unidos, y al mismo tiempo mantienen una intensa vida comunitaria y familiar en Valdeganga, Valencia y Madrid.

Buedo explota esa doble condición —minoría religiosa, pero socialmente poderosa— para poner en cuestión dos tópicos: el de la supuesta homogeneidad católica de la España de posguerra y el del judío reducido a víctima pasiva de la historia. Samuel, sus hermanos y parientes no son figurantes silenciosos; participan en decisiones económicas, culturales y políticas, negocian con administradores suizos, sostienen un patrimonio artístico que el expolio nazi acecha y se implican en estrategias de protección de correligionarios perseguidos.

La novela acierta al mostrar cómo esa posición privilegiada tampoco los blinda frente a la arbitrariedad: el caso de Carl Krüger, periodista sefardí internado en el campo de Miranda de Ebro por una denuncia falangista, expresa la vulnerabilidad de cualquiera ante la delación y el aparato represivo. El proceso de liberación de Krüger —entre gestoras, gobernadores civiles y providencias administrativas— revela una España donde la justicia depende de contactos, favores y de la habilidad para manejar los resquicios de la burocracia.

Memoria del hambre, de la censura y del miedo

Más allá de los grandes hitos históricos, El compromiso de Samuel Eskenasy destaca por la reconstrucción de la vida cotidiana de la posguerra. Una cena en el restaurante valenciano rebautizado como «El Hinojo» le basta al autor para condensar el clima de la época: el relato del «día del plato único», la presión moral para donar parte del menú a los fondos benéficos del régimen, la sospecha de que una parte de ese dinero acaba financiando al ejército vencedor.

En otras páginas, Buedo describe el racionamiento con un detalle casi estadístico: la lista de alimentos intervenidos —carne, tocino, legumbres, arroz, azúcar— frente a la venta libre de productos de menor valor nutritivo, evidenciando el déficit de hidratos, grasas y vitaminas que castigó a la población durante años. El resultado no es un decorado, sino un personaje más: la hambruna se convierte en una presencia constante, que contrasta con las comidas refinadas de los Eskenasy, quienes son plenamente conscientes del privilegio que supone poder elegir un menú.

La censura cultural aparece en una escena memorable en el Teatro Principal de Valencia, donde Teresa, experta en literatura, advierte a sus acompañantes de la mediocridad de la obra titulada El signo de la victoria. Lo que sigue es una crítica mordaz a un teatro sometido a la ideología oficial, despojado de Lorca o Casona y dominado por libretos que exaltan la «Patria» y la retórica imperial falangista. Al salir de la función, el sopor de los asistentes confirma la intuición de la profesora: el régimen ha ganado la guerra, pero ha empobrecido el alma del país.

Incluso el humor circula a la sombra del miedo. Un chiste sobre exámenes patrióticos —en los que todas las respuestas correctas son «Francisco Franco», independientemente de la pregunta— resume el clima de sumisión exigido a maestros y funcionarios, mientras insinúa el coste humano de las depuraciones masivas.

El compromiso como eje de sentido

El título de la novela no engaña: el «compromiso» de Samuel Eskenasy es el verdadero hilo conductor del relato. No se trata sólo de una toma de posición política, sino de una ética que atraviesa las distintas esferas de su vida: la familia, el trabajo, la comunidad judía, la responsabilidad frente a las víctimas de la guerra.

Tras la muerte de Teresa, el protagonista podría refugiarse en la gestión rentable de su negocio de arte y en la protección de su hijo. En lugar de ello, se involucra en tareas cada vez más arriesgadas: participa en el rescate de presos injustamente encarcelados, apoya con documentación y contactos las gestiones jurídicas para liberar a Krüger y otros detenidos, y se integra en un Comité de Estudios y Control del Antisemitismo que colabora con el Congreso Judío Mundial y otras entidades internacionales.

Aquí emerge con fuerza la dimensión transnacional de la novela. España deja de ser un escenario aislado para situarse en el mapa más amplio del antisemitismo europeo: Buedo muestra la conexión entre los campos españoles y los modelos nazis, el intercambio de información entre la Gestapo y las autoridades franquistas y el papel ambiguo del país como refugio, corredor y a veces cómplice. El expolio de bienes judíos ocupa un lugar central en esta trama, recordando que el Holocausto fue también una gigantesca operación de saqueo económico.

La relación con Raquel Schulmann, viuda de un banquero holandés asesinado durante la invasión nazi de su país, condensa ese cruce entre memoria, política y afecto. Raquel no es sólo un interés amoroso tardío; es la encarnación de una Europa devastada que se resiste a olvidar y exige justicia. Su encuentro con Samuel, a través de las redes del activismo judío internacional, desemboca en un matrimonio que funciona como símbolo de supervivencia y alianza moral, más que como cierre sentimental convencional.

Un estilo erudito y exigente

El informe de evaluación editorial de El artista de Valdeganga. Parte II subraya algunas claves del estilo de Buedo que se confirman en El compromiso de Samuel Eskenasy. Su prosa es erudita y meticulosa, sostenida por una voz narrativa culta y constante, que maneja un léxico rico y preciso acorde con el nivel educativo de los personajes.

La narración presenta una estructura densa, dividida en capítulos que cubren un arco de varios años y que alternan escenas de vida cotidiana, diálogos extensos y reflexiones internas con apuntes documentales y explicaciones históricas. El ritmo es pausado, más informativo que trepidante: Buedo se toma el tiempo de explicar el funcionamiento del racionamiento, los criterios de las depuraciones, la lógica de los tribunales sumarísimos o las campañas de beneficencia oficial, sin sacrificar por ello el avance dramático de la historia.

Esta «prosa detallista», como la denomina el lector profesional, es uno de los rasgos distintivos de la obra. Exige del lector paciencia y atención, pero recompensa con una inmersión profunda en la época: al cerrar el libro, uno no sólo conoce la peripecia de Samuel y los suyos, sino que ha recorrido, casi de la mano, los años más oscuros de la España de posguerra y su imbricación con la tragedia europea.

Una novela necesaria en la Feria del Libro

En un panorama literario saturado de novelas históricas de consumo rápido, El compromiso de Samuel Eskenasy se presenta como un trabajo de largo aliento, «ambicioso y muy bien documentado», en palabras del propio informe editorial, que «logra sumergir al lector en una época compleja». La combinación de arte, política, espionaje, religión y vida cotidiana amplía su potencial de mercado, atrayendo tanto a lectores interesados en la historia de España como a quienes buscan una reflexión profunda sobre el Holocausto y la responsabilidad individual.

La 85.ª Feria del Libro de Madrid ofrece un marco idóneo para este regreso de Juan Andrés Buedo García a la gran literatura. La novela dialoga con los debates actuales sobre memoria democrática, reparación, antisemitismo y populismos autoritarios, mostrando cómo las decisiones de un puñado de familias, funcionarios y activistas pueden aliviar —o agravar— la vida de miles de personas.

Por todo ello, recomendar El compromiso de Samuel Eskenasy no es un gesto rutinario, sino una invitación sincera a leer sin prisa, a dejarse interpelar por una historia que convierte la memoria en compromiso y la literatura en un acto de responsabilidad pública.

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