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El Tren de la Esperanza: medio siglo de fe, vagones y solidaridad conquense (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el julio 13, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Hay imágenes que una comarca no olvida, aunque los raíles hayan desaparecido bajo el asfalto y los andenes hayan enmudecido. Una de ellas pertenece a Cuenca y huele a cera, a sudor de camillero y a madrugada: la de un convoy especial, rebautizado por el pueblo como Tren de la Esperanza, que durante décadas llevó a nuestros enfermos hasta la gruta de Massabielle, al pie de los Pirineos franceses. Este año, cuando la Hospitalidad Diocesana de Nuestra Señora de Lourdes celebra su quincuagésimo aniversario fundacional y el Papa León XIV le ha concedido un Año Jubilar Hospitalario, conviene detenerse no solo en la efeméride, sino en lo que ese tren, hoy sustituido por autobuses adaptados, nos dice sobre el modo en que Cuenca ha entendido, durante medio siglo, la solidaridad.

La historia arranca lejos del estruendo de los grandes titulares. Nace, como tantas cosas buenas en esta tierra, en un pasillo de hospital. Corría el año 1975 cuando María García Moya y un puñado de enfermeras del hoy desaparecido Hospital Virgen de la Luz peregrinaron a Lourdes de la mano de la Hospitalidad de Madrid. Aquel viaje no fue turístico ni rutinario. Algo se rompió, o mejor dicho algo se encendió, en el interior de aquellas mujeres que regresaban conmovidas por el trato dado a los enfermos en el santuario. La llamada de la Madre se hizo patente, resumen hoy, con palabras apenas imaginables, los archivos diocesanos. Al año siguiente, en 1976, la Hospitalidad conquense ya era una realidad y celebró su primera peregrinación con el llamado Tren de la Esperanza.

Detrás del nombre había una voluntad. María García fue, según el reconocimiento unánime, el alma y la pionera de aquella empresa, junto al primer consiliario, don Feliciano Torremocha, al que sucedería don Policarpo. A su alrededor consiguieron movilizar a un grupo nutrido y variopinto de conquenses: enfermeras, azafatas de hoteles, hospitalarias de comedor y de piscinas, camilleros, médicos y peregrinos sin obligación asistencial. De aquella primera expedición surgieron los símbolos que aún hoy se portan con orgullo: uniforme, medallas, colchas, banderín y estandarte. La semilla, escribiría después la propia diócesis, a partir de la que floreció el amor a María y la vocación de servicio a los enfermos de toda una comunidad.

Pero el tren no fue un detalle folclórico: fue una epopeya logística. Conviene recordar al lector joven, acostumbrado a la alta velocidad y al billete electrónico, lo que significaba trasladar a personas enfermas, muchas en camilla o silla de ruedas, desde la meseta sur hasta el sur de Francia. El gran enemigo no era la distancia, sino el ancho de vía. Las redes española y francesa tenían anchos distintos, lo que obligaba a un transbordo fronterizo brutal: sacar a los enfermos del tren, trasladarlos a otro convoy, recolocar camillas y oxígeno, y reanudar la marcha. Quienes conocieron aquellos viajes los recuerdan como un palizón, una palabra que hoy resuena con extraña ternura. En el País Vasco, por ejemplo, el cambio se hacía en la frontera de Irún y Hendaya, y los peregrinos vascos tenían que apearse en Donostia para repetir la operación al otro lado.

Frente a aquella dureza, el tiempo impuso su lógica. El tren fue cediendo paso, progresivamente, al autobús adaptado con elevador. La Hospitalidad de Madrid, fundada en 1958, viajó en el tren de la esperanza durante sus primeras décadas antes de pasar a los autocares modernos. En el caso de Albacete, el trayecto combinaba durante años tren y autocares, con transbordo en Figueras hacia Lourdes. El medio de transporte cambiaba; el nombre, sin embargo, no. Y es que Tren de la Esperanza dejó de designar un convoy concreto para convertirse en una marca emotiva: una manera de nombrar el acompañamiento al enfermo, viniera o no en raíles.

Aquí conviene subrayar un dato que enlaza nuestra historia con la de las tierras vecinas. La Hospitalidad de Lourdes de Albacete había iniciado su andadura en 1971, de la mano de la Hospitalidad de Murcia, por iniciativa del obispo Ireneo García Alonso y del médico Agustín Lorenzo Alfaro. Y, durante dos años, la Diócesis de Cuenca peregrinó junto a la de Albacete, antes de volar en solitario. En uno de aquellos viajes compartidos ocurrió uno de los episodios más recordados de la peregrinación regional: un enfermo de Cuenca, camionero de profesión que había quedado parapléjico tras un accidente, se bañó en las piscinas del santuario y, según el testimonio conservado, salió caminando. No me toca a este columnista certificar el milagro; sí le toca registrar que, en la memoria colectiva de los hospitalarios, aquella historia quedó como símbolo de lo que Lourdes representa: el lugar donde el sufrimiento encuentra un baremo distinto, donde se mide por la esperanza y no solo por la clínica.

La consolidación institucional llegó en 1992, cuando monseñor José Guerra Campos aprobó los Estatutos de la Hospitalidad, dándole un marco jurídico-canónico definitivo. Desde entonces, la acción principal ha permanecido inalterable: la dedicación al mundo del enfermo y del dolor, con reuniones formativas los terceros lunes de cada mes y una peregrinación anual que constituye el momento fuerte de la institución, presidida hoy por el obispo monseñor José María Yanguas. Cincuenta años después de aquella primera expedición, la devoción a la Virgen de Lourdes está, según la propia diócesis, más viva que nunca y se transmite de generación en generación.

Pero la crónica quedaría coja si nos quedáramos en la andadura conquense y no describiéramos qué ocurre, día tras día, en aquellos días intensos que el peregrino vive al pie de los Pirineos. Porque la peregrinación a Lourdes no es un viaje; es una arquitectura espiritual minuciosamente compuesta, una secuencia de actos que se repiten casi idénticos desde hace más de un siglo y que conviene conocer para entender por qué quienes suben al autocar un año suelen repetir al siguiente.

El hilo conductor de la jornada es, literalmente, el Rosario. Cada tarde, a las cuatro y cuarto, se reza junto a la Gruta, en una lengua que se turna entre el español, el francés, el inglés, el italiano, el polaco, el portugués, el árabe, el ucraniano, el alemán y el neerlandés. No es una oración mecánica: al principio de cada decena, dos frases en cada idioma centran la intención, de manera que la multitud, venida de todos los continentes, rece realmente unida. El Rosario es también el latido de la procesión nocturna, la forma en que las distintas hospitalidades, agrupadas tras sus estandartes, se reconocen en la penumbra.

El conjunto santuarial se recorre a pie como un libro de historia. Lo preside la Basílica de la Inmaculada Concepción, la más antigua, levantada sobre la roca de la aparición; bajo ella se extiende la Basílica de Nuestra Señora del Rosario; y bajo ésta, excavada en el subsuelo, la Basílica subterránea de San Pío X, consagrada en 1958 con motivo del centenario y con capacidad para veinticinco mil fieles. La visita permite tocar físicamente la historia del lugar: desde la cripta que la Virgen pidió construir hasta el enorme espacio subterráneo pensado para las grandes peregrinaciones internacionales.

Y es en ese espacio donde se vive lo que el santuario define como una oportunidad única para experimentar la universalidad de la Iglesia: la Misa Internacional. De abril a noviembre, todos los domingos y festivos a las nueve y media de la mañana, la basílica subterránea se llena de peregrinaciones llegadas de todos los confines. Cada Hospitalidad ocupa un sector del hemiciclo con su estandarte; los lectores y las peticiones se suceden en distintas lenguas; los cantos se entrelazan en un coro Babel que, paradójicamente, se entiende. No es raro que un obispo español la presida, como hizo en 2022 monseñor Casimiro López Llorente, de Segorbe-Castellón, coincidiendo con la solemnidad de San Pedro y San Pablo.

Fuera del recinto sagrado, pero indisociable de la experiencia, se alza la Cité Saint-Pierre, a kilómetro y medio del santuario, gestionada por el Secours Catholique, la Cáritas francesa. Es, según se define a sí misma, un remanso de paz en plenos Pirineos, y funciona como centro de acogida para peregrinos, especialmente para quienes viven en situación de precariedad. Sus reglas son singulares: se aloja de febrero a noviembre, en estancias de dos a seis noches, y el precio funciona a participación libre según las posibilidades económicas de cada cual. Para muchas peregrinaciones diocesanas, incluidas las conquenses, es el lugar donde se organizan celebraciones propias, encuentros de jóvenes y comidas comunitarias que cohesionan al grupo fuera del recinto santuarial.

Quien quiera entender de verdad Lourdes, sin embargo, debe salir del santuario y adentrarse en el pueblo real. Siguiendo los pasos de Bernardita es un circuito de dos horas que recorre los escenarios donde transcurrió la vida de la vidente, desde su nacimiento en 1844 hasta su partida hacia Nevers en 1866. Se visita el Molino de Boly, donde nació y que ella apodó el molino de la felicidad; el Calabozo, la antigua cárcel donde la familia Soubirous se hacinaba en dieciséis metros cuadrados y desde donde la niña partió hacia la gruta aquel 11 de febrero de 1858; la iglesia parroquial, que conserva las pilas bautismales en las que fue bautizada; el Hospicio, donde estudió e hizo su primera comunión; y la antigua casa parroquial, escenario de los encuentros con el padre Peyramale, a quien transmitió el mensaje que cambió el destino de Lourdes: vaya a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y se venga en procesión.

De aquel encargo nacen, en buena medida, las dos procesiones que vertebran la jornada. Cada tarde, a las cinco, sale del Podio de la Pradera la Procesión Eucarística, también llamada del Santísimo: los sacerdotes encabezan el cortejo con el Santísimo Sacramento bajo palio, hasta concluir en la basílica subterránea, donde se imparte la bendición de los enfermos. Quienes no pueden caminar se instalan desde el principio en la basílica para recibirla. La procesión se remonta a 1874 y, con mal tiempo, se celebra en el interior.

Pero si hay una imagen que el mundo asocia a Lourdes es, sin duda, la procesión de antorchas. Cada noche, entre Pascua y noviembre, a las nueve, miles de peregrinos se reúnen en la explanada del Rosario con su vela encendida. Una imagen iluminada de la Virgen encabeza el cortejo, que recorre el paseo desde el Altar de la Pradera, pasa junto a la Virgen Coronada y avanza hasta la puerta de San Miguel para regresar a la explanada de la basílica. Durante el recorrido se reza el Rosario y se canta el Ave María de Lourdes, interpretado por primera vez en 1873. La procesión fue introducida en 1863 por el padre capuchino Marie-Antoine, el santo de Toulouse, y Benedicto XVI la presidió en su viaje de 2008, recordando que la luz brota del diálogo entre el hombre y su Señor. El santuario programa unas doscientas procesiones de antorchas al año y, ocurra lo que ocurra con el tiempo, siempre se efectúa.

La vela, en efecto, es uno de los grandes signos de Lourdes. Desde el 18 de febrero de 1858, Bernardita llegó a la gruta con una vela en la mano; el 7 de abril, durante la penúltima aparición, la llama le lamió los dedos sin quemarla, episodio que atestiguó el médico Douzous. En las Capillas de la Luz, frente a la gruta, los peregrinos encienden cirios que se consumen despacio. La escala sobrecoge: los responsables de las velas se relevan día y noche, y cada año se consumen más de cuatrocientas toneladas de cera. Los cirios pueden pesar desde ciento treinta gramos hasta unos setenta kilos. Se encienden, dice el santuario, para confiar todas nuestras intenciones a la Virgen María, y la llama que arde prolonga nuestra oración.

La capilla de San José es, por sus dimensiones y horario, el espacio habitual de las celebraciones propias de cada Hospitalidad. Allí se celebran a diario misas en español a las once y cuarto, y muchas peregrinaciones diocesanas abren allí su estancia con una Eucaristía de presentación. El acto penitencial que precede a la Eucaristía adquiere, en una peregrinación con enfermos, una densidad particular: es el momento de la reconciliación y la confesión, la preparación espiritual del grupo antes de la procesión nocturna. El santuario mantiene abierta la Capilla de la Reconciliación, con confesiones en numerosos idiomas.

Quienes creen que la religiosidad de Lourdes es solo emoción a la luz de las velas desconocen el Vía Crucis. Lourdes ofrece dos recorridos. El clásico es el de Espélugues, inaugurado en 1912: mil quinientos metros cuesta arriba, con quince estaciones formadas por ciento quince estatuas de hierro fundido a escala humana, que exige subidas y bajadas difíciles. Pero el que protagonizan los enfermos es el Vía Crucis de la Pradera, inaugurado en 2008, en una zona de sombra junto al río Gave, con diecisiete estaciones monumentales talladas en mármol de Carrara y, sobre todo, accesible a personas con movilidad reducida. Es aquí donde la logística hospitalaria se muestra en toda su complejidad: los camilleros empujan sillas y camillas estación tras estación, deteniéndose en cada misterio. Muchas peregrinaciones celebran a continuación la Unción de los Enfermos, sacramento que antes se llamaba extrema unción y se daba en el último momento de la vida, pero que ahora pueden recibir todos los enfermos.

No todo es liturgia. La peregrinación incluye también una jornada de respiro y paisaje. A treinta y siete kilómetros de Lourdes, en el corazón del Pirineo, se encuentra el Lago de Gaube, un lago mítico de los Pirineos y una ruta de senderismo imprescindible, accesible para grandes y pequeños. La excursión cumple varias funciones: es descanso físico tras jornadas intensas, contacto con la naturaleza pirenaica que enmarca el santuario y, para muchos enfermos, una de las pocas salidas que les permite disfrutar del paisaje en igualdad de condiciones, gracias a los autobuses adaptados con elevador que han sustituido al viejo tren.

Y, al final, la fiesta de despedida. Es el contrapunto humano de una experiencia religiosa intensa: la velada en el hemiciclo Santa Bernadette, los abrazos, el intercambio de direcciones, el reconocimiento al trabajo callado de camilleros, enfermeras y hospitalarias de comedor y piscinas. Muchos repiten al año siguiente. Como decía una voluntaria albaceteña, recibes mucho más de lo que das.

Leídos en secuencia, estos actos dibujan una arquitectura espiritual que alterna palabra y silencio, movimiento y reposo, lo individual y lo comunitario. El peregrino conquense que en julio de 2026 suba al autocar rumbo a Lourdes para la quincuagésima peregrinación, la del Año Jubilar, vivirá sustancialmente la misma experiencia que María García Moya y aquellas enfermeras del Virgen de la Luz en 1976, cuando el Tren de la Esperanza recorrió por primera vez el trayecto hasta los Pirineos.

Y aquí, permítaseme la opinión que da sentido a estas líneas. En un tiempo obsesionado por la individualidad y por el espectáculo del yo, en el que la palabra comunidad se ha vaciado de contenido hasta convertirse en eslogan de redes sociales, el Tren de la Esperanza, hoy autobús de la esperanza pero con el mismo corazón, sostiene una tesis incómoda: que la medida de una sociedad se toma por cómo trata a sus enfermos, a sus frágiles, a quienes no producen, a quienes ocupan una silla de ruedas y exigen ser cargados en andén. Cuenca, provincia despoblada y envejecida, tiende a verse a sí misma como tierra de carencias. Pero en este medio siglo de peregrinaciones ha demostrado una riqueza que no figura en el producto interior bruto: la de sus enfermeras, sus camilleros, sus hospitalarias de comedor, sus médicos y peregrinos voluntarios que, año tras año, dedican sus días de vacaciones a acompañar al enfermo hasta la gruta.

Hay un contraste que conviene no olvidar. El tren ferroviario, aquel que exigía transbordos brutales en la frontera, pertenecía a una España distinta: la de los grandes relatos colectivos, la del ferrocarril como arteria de un país, la de una Iglesia con capacidad de movilizar recursos y voluntarios a escala masiva. El autobús adaptado con elevador pertenece a otra España: la de la accesibilidad, la de los derechos de las personas con discapacidad, la de una logística más humana. Entre ambos medios no hay ruptura, sino evolución: el progreso técnico, esta vez, se ha puesto al servicio de la compasión, y no al revés. Es una excepción tan preciosa como rara.

Quizá por eso el nombre ha sobrevivido al objeto. Seguimos llamando Tren de la Esperanza a lo que viaja en autocar, porque lo esencial nunca fue el vagón, sino la promesa que encerraba: que ningún enfermo conquense se quedaría sin su viaje, sin su gruta, sin su vela, por falta de quien lo acompañara. Cincuenta años después, en medio de un Año Jubilar que el Papa León XIV ha querido regalar a esta diócesis, la pregunta no es si el tren volverá a circular, porque no lo hará, sino si volverá a haber enfermeras como María García Moya, capaces de volver de un viaje con una vocación encendida y de transformar un hospital provincial en la cuna de medio siglo de solidaridad.

Esa, y no otra, es la esperanza que sigue viajando, con o sin raíles, desde Cuenca hasta Lourdes.

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