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Cuenca entre el asfalto y la amnesia (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el marzo 24, 2026marzo 24, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Es un gesto noble reconocer cuando un equipo o un grupo de personas no solo cumple con su deber, sino que lo hace con calidad humana (talante), maestría (conocimiento) y compromiso (responsabilidad). Así debo reconocérselo a Eduardo Cruz, Constancio Aguirre y Eulalio López Cólliga, cuyas anotaciones transmitidas forman el conglomerado de este artículo, que acorrala las declaraciones sin rigor y palurdas del alcalde de Cuenca.

La verdadera responsabilidad no es solo cumplir con un contrato, sino honrar la confianza depositada en uno. Un pilar que se desliza por el terraplén sin regreso desde las últimas elecciones del 28-M, que han ido poniendo en evidencia las múltiples y deficitarias carencias de los regidores actuales de la provincia de Cuenca: en la sombra, el inefable, J. L. Mtz. Guijarro, el cacique principal de la Casa de(l) Pueblo; su ayudante, el descarado Sahuquillo; el codo derecho de éste, Godoy; el subalterno poco dotado, D. Chana, y el filibustero Dolz. A todos estos, y basándome en las palabras de Winston Churchill hay que pedirles que rehagan sus pasos y se rieguen con el equilibrio perfecto entre aptitud y actitud: «El precio de la grandeza es la responsabilidad.»

Hay decisiones urbanas que no se miden en metros cuadrados, sino en décadas. Y Cuenca está hoy ante una de ellas: elegir entre una ciudad que piensa su futuro o una que lo liquida a golpe de retroexcavadora y capa de asfalto.

El debate sobre la supresión de las vías del ferrocarril convencional no es, como algunos pretenden simplificar, una cuestión técnica menor. Es una cuestión de modelo de ciudad. Y, sobre todo, de visión —o de su ausencia.

El error de los aparcamientos: cuando lo provisional se vuelve síntoma

Tomemos un ejemplo aparentemente menor: el acceso al aparcamiento del Paseo de San Antonio. Lo que debería ser una solución funcional se ha convertido en un problema recurrente para los vecinos. No hablamos de una anécdota, sino de un fallo de diseño: accesos incompatibles con el tamaño real de los vehículos, maniobras imposibles y daños materiales repetidos.

Esto no es solo un error técnico. Es un síntoma.

Porque cuando una administración acepta como “normal” que una infraestructura provisional cause perjuicios constantes, está trasladando un mensaje preocupante: la urgencia está por encima de la calidad, y el parche por encima de la planificación.

Más aún, surge una sospecha incómoda: ¿se están generando problemas de tráfico o de uso que luego sirvan para justificar intervenciones mayores previamente decididas? La historia del urbanismo está llena de estos “hechos consumados”.

El discurso oficial: la vía como estorbo

En paralelo, el discurso institucional insiste en una idea tan simple como peligrosa: el tren convencional no va a volver, y por tanto la vía es prescindible.

Pero esta afirmación encierra una trampa conceptual. No se trata de si el tren vuelve mañana. Se trata de si la ciudad conserva o no la posibilidad de decidir su movilidad dentro de veinte o treinta años.

Eliminar una infraestructura es fácil. Recuperarla, prácticamente imposible.

La oportunidad perdida: de corredor a cicatriz

En las ciudades europeas más avanzadas, las vías ferroviarias no se eliminan: se transforman. Se integran en corredores verdes, en sistemas de tranvía, en ejes de movilidad sostenible. Son consideradas activos estratégicos, no obstáculos.

En Cuenca, sin embargo, se ha optado por el camino contrario: el urbanismo de sustitución. Quitar para construir. Borrar para empezar de cero.

El problema es que ese “cero” no es neutro. Es irreversible.

Como advierten análisis técnicos recientes, esta decisión supone una pérdida de soberanía sobre el dominio público ferroviario y una hipoteca directa sobre la movilidad futura de la ciudad.

Propaganda frente a realidad

Mientras tanto, el relato oficial insiste en que “Cuenca va por buen camino”. Pero cada vez resulta más difícil sostener ese optimismo cuando la experiencia cotidiana de los ciudadanos —desde un aparcamiento mal diseñado hasta la desaparición de infraestructuras estratégicas— apunta en sentido contrario.

No es una cuestión ideológica. Es una cuestión de coherencia entre discurso y realidad.

La ciudad que podemos perder

El verdadero debate no es si queremos más zonas verdes o más suelo urbanizable. El verdadero debate es si queremos una ciudad adaptable o una ciudad cerrada sobre sí misma.

Las vías del tren no son solo hierro y traviesas. Son un corredor de oportunidad. Un espacio que puede albergar movilidad sostenible, cohesión urbana y valor añadido.

Convertirlo en asfalto es, en el mejor de los casos, una simplificación. En el peor, un error histórico.

Epílogo: decidir pensando en quien no vota hoy

Las decisiones urbanas más importantes las toman siempre los que no van a vivir sus consecuencias. Por eso exigen una responsabilidad especial.

Cuenca aún está a tiempo de elegir entre dos modelos:

  • el de la ciudad que elimina problemas… eliminando también sus posibilidades,
  • o el de la ciudad que entiende que la infraestructura no es un obstáculo, sino una oportunidad.

Porque hay errores que no se corrigen con otra obra.
Se corrigen —si acaso— una generación después.

Y entonces ya es demasiado tarde.

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