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La maroma de la memoria (relato de Juan Andrés Buedo)

Publicada el septiembre 19, 2026septiembre 19, 2026 por Juan Andrés Buedo
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La primera en llegar fue Ana, que bajó del autobús de Madrid con una mochila pequeña, un pañuelo sin estrenar y la llave de una casa en la calle del Trabuco donde ya no vivía nadie.

La llave había pertenecido a su abuela Matilde. Durante cuarenta años la llevó en el monedero, envuelta en un trozo de papel donde había escrito una dirección que nunca necesitó consultar. Se marchó a Madrid en 1965 para servir en una casa de la calle de Narváez y regresó cada septiembre mientras las piernas se lo permitieron. Cuando murió, Ana encontró la llave entre una estampa de la Virgen de la Luz y una fotografía de seis muchachas sentadas en un pretil, con las hoces al fondo. En el reverso decía: «San Mateo, 1963. Antes de que nos fuéramos casi todas».

Ana abrió la puerta y el olor de la casa —madera cerrada, yeso húmedo, espliego antiguo— le pareció una respiración retenida. Subió las persianas. La luz entró despacio, descubriendo los muebles cubiertos con sábanas, una palangana desportillada y un calendario de 1998 que nadie se había molestado en retirar. En la cocina seguía colgado el delantal de la abuela. En la despensa había seis vasos pequeños, de vidrio grueso, esperando una celebración que se había retrasado demasiados años.

A las dos llegaron Raúl y Pedro en un coche compartido desde Madrid. Raúl era nieto de un ferroviario de la línea Madrid–Cuenca–Valencia; hablaba de ella como quien habla de un pariente expulsado de la familia. Pedro, arquitecto de veintinueve años, conservaba de Cuenca recuerdos intermitentes: el frío de las Navidades, las piedras brillantes después de la lluvia y la voz de su abuelo Eusebio afirmando que allí las casas no estaban construidas sobre el vacío, sino negociando con él.

—Hemos tardado menos por la autovía —dijo Raúl al descargar las bolsas—, pero tu abuela diría que llegar sin tren no cuenta como volver.

—Mi abuelo diría que volver cuenta siempre —contestó Pedro.

Alex e Irene aparecieron poco después. Él llevaba una cámara colgada al cuello y la determinación de grabarlo todo; su familia había emigrado a Getafe cuando cerró la serrería donde trabajaba su abuelo. Irene, enfermera en Alcalá de Henares, traía una bolsa de medicamentos, tiritas y prudencia, como si supiera que en toda fiesta alguien acaba necesitando las tres cosas. Gloria fue la última. Había conducido desde Valencia con las ventanillas abiertas al acercarse a la ciudad. Su abuela Amparo, nacida en el barrio de San Antón, se marchó en 1971 detrás de un empleo en una fábrica de conservas y de un novio que terminó siendo su marido. Hablaba de Cuenca en presente, aunque llevaba quince años sin regresar.

Los seis se conocían desde niños, pero de una forma incompleta: bodas, entierros, veranos familiares y un grupo de mensajería llamado «Nietos de Cuenca», creado medio en broma tras la muerte de la abuela Matilde. Durante meses habían intercambiado fotografías, recetas y audios de sus mayores. Después surgió la idea de reunirse en San Mateo de 2026. Ninguno supo decir quién la propuso. Quizá la habían propuesto todos, empujados por la misma culpa discreta: la de heredar un lugar sin haber aprendido a habitarlo.

En la tarde del viernes 18, bajaron hasta la Plaza de España para ver salir el desfile de las peñas. Cuenca parecía haberse puesto todos sus colores a la vez. Las camisas blancas desaparecían bajo pañuelos de tonos imposibles; las charangas acometían los pasodobles con una alegría que no pedía afinación, sino entrega; de las garrafas subía el olor dulce y áspero de la zurra. En los balcones, los vecinos habían colgado banderas y miraban la calle con esa mezcla de orgullo y resignación de quien sabe que durante cuatro días su portal dejará de pertenecerle.

Raúl compró seis pañuelos rojos en un puesto.

—Uno para cada heredero —anunció.

—¿Herederos de qué? —preguntó Gloria.

—De una hipoteca emocional —dijo Alex, enfocándola con la cámara.

Gloria le apartó el objetivo con la mano.

—Pues procura que no nos suban los intereses.

Subieron con las peñas por Carretería y la calle de Alfonso VIII. A medida que ascendían, el presente se volvía más ruidoso y el pasado más visible. Las fachadas estrechas parecían inclinarse sobre el desfile para reconocer a los recién llegados. Ana recordó una frase de su abuela: «En Cuenca, para ir al pasado siempre hay que subir una cuesta». La repitió en voz alta, y Pedro miró hacia las ventanas como si acabara de entender algo de su oficio.

En la Plaza Mayor apenas cabía otro cuerpo. Desde el balcón del Ayuntamiento, el pregón de Álvaro Guijarro, Alvarito, jefe de maromeros, puso a la vaquilla en el centro de la celebración y habló de respeto, de cuidado y de los hombres que habían enseñado a llevar la cuerda antes que ellos. Cuando gritó que allí olía a vaca, la plaza contestó con una carcajada gigantesca. Y cuando terminó con los vivas a Cuenca, Alfonso VIII y San Mateo, los seis amigos se miraron sorprendidos por la facilidad con que una multitud podía convertir un nombre antiguo en algo corporal.

—Mi abuelo decía que San Mateo era el día en que Cuenca dejaba de recordar en silencio —comentó Pedro.

Gloria lo oyó pese al estruendo.

—Mi abuela decía que era el día en que los que se fueron volvían aunque no pudieran venir.

Fue la primera conversación que tuvieron a solas, aunque a su alrededor hubiera miles de personas.

La salida de la vaquilla alteró el aire. No fue solo el animal, sino la maroma, los tirones, la súbita geometría de los corredores y el grito que se propagaba antes de que la gente supiera por dónde llegaba. Los maromeros gobernaban aquella fuerza sin anularla: tensaban, cedían, avisaban, abrían espacio. Desde una zona protegida, Irene observaba con atención clínica; Alex buscaba encuadres; Raúl gritaba consejos que nadie le había pedido. Ana apretaba en el bolsillo la vieja llave. Pedro y Gloria quedaron junto a un arco, hombro con hombro.

La vaquilla apareció de pronto al fondo. Hubo una sacudida en la multitud. Un muchacho resbaló y uno de los maromeros cambió el peso del cuerpo para contener la cuerda. Todo ocurrió en segundos: el animal giró, la plaza se abrió y volvió a cerrarse, la música reanudó el compás. Gloria había cogido a Pedro de la mano.

—Perdona —dijo, soltándolo.

—No tienes por qué.

—Ha sido el susto.

—Ya. A mí también me ha asustado que me sueltes.

Gloria lo miró con incredulidad y luego se echó a reír. Pedro se avergonzó de su propia frase, pero la risa de ella no era una burla. Tenía algo franco, casi agradecido. La fiesta siguió alrededor mientras entre ambos se instalaba una pausa, un pequeño lugar sin charanga ni empujones.

Aquella noche cenaron patatas asadas y morteruelo en la casa del Trabuco. Bebieron zurra en los seis vasos de la despensa y brindaron por sus abuelos. Cada cual contó una historia. El de Raúl llegaba a Cuenca con olor a carbón y grasa ferroviaria. La abuela de Irene había criado a cuatro hijos cosiendo uniformes en Madrid. El abuelo de Alex aseguraba que desde Getafe distinguía algunos días el perfil de las hoces, una mentira geográfica que la nostalgia había convertido en verdad. La abuela de Gloria guardaba tierra del jardín de su infancia en una caja de lata. El abuelo de Pedro jamás vendió la casa familiar porque decía que un hombre sin una puerta a la que regresar acaba pidiendo permiso hasta para recordar.

Ana dejó la llave en el centro de la mesa.

—Nosotros hemos recibido las llaves —dijo—, pero no sé si hemos heredado las puertas.

Nadie contestó inmediatamente. Desde la Plaza Mayor llegaban la verbena y un rumor grave de pasos. Irene propuso que cada septiembre regresaran. Raúl añadió que podían arreglar la casa entre todos. Alex habló de grabar las historias de los mayores antes de que se perdieran. Eran proyectos pronunciados de madrugada, cuando las promesas parecen baratas, pero esta vez ninguno sonrió.

Pedro y Gloria salieron al balcón. La calle olía a vino, piedra fría y madrugada. Abajo pasó una peña cantando con una dignidad muy deteriorada. Gloria apoyó los codos en la barandilla.

—En Valencia, mi abuela hablaba de estas calles como si hubiera salido de ellas esa misma mañana —dijo—. Yo pensaba que exageraba. Ahora creo que intentaba no perderlas.

—¿Y tú qué intentas no perder?

Gloria tardó en contestar.

—Todavía no lo sé.

Pedro quiso decirle que algunas cosas se descubrían precisamente cuando empezaban a perderse. No lo dijo. Ella volvió la cara y quedaron muy cerca, pero una trompeta atacó bajo el balcón las primeras notas de un pasodoble y los dos rompieron a reír. El beso que no se dieron quedó suspendido sobre la calle, no como un fracaso, sino como una cita.

El sábado caminaron temprano por una ciudad que curaba sus excesos. Los operarios limpiaban la Plaza Mayor; un camarero apilaba sillas; varias mujeres regaban los portales y comentaban la jornada anterior con severidad de notarias. Bajaron hacia el Júcar. Pedro señaló la ladera del cerro de la Majestad y recordó la leyenda de la luz que habría alentado a Alfonso VIII durante el cerco. Raúl, más amigo del documento que del prodigio, explicó que la toma de 1177, la fecha transmitida y la institución oficial de la fiesta no formaban una historia tan sencilla como repetían las guías. La celebración cívica y religiosa había quedado fijada documentalmente en 1581, siglos después de la conquista.

—Entonces, ¿todo es mentira? —preguntó Alex, bajando la cámara.

—Al contrario —respondió Ana—. Significa que una ciudad puede tardar siglos en decidir cómo quiere recordar.

Gloria miró a Pedro. Aquel razonamiento también parecía hablar de ellos, aunque todavía no hubiera nada que recordar.

Por la tarde regresaron a la vaquilla. Esta vez no se limitaron a mirar. Raúl y Alex se acercaron más de lo sensato; Irene los obligó a retroceder. Ana encontró a una mujer mayor que había conocido a su abuela Matilde. Se llamaba Celia, llevaba un pañuelo verde y conservaba una memoria capaz de atravesar sesenta años sin perder detalle.

—Tu abuela corría más que los mozos —le dijo—. Y cuando se marchó a Madrid juró que volvería al año siguiente para quedarse. Luego la vida hace sus cuentas por su lado.

La frase cayó sobre el grupo con el peso de una verdad familiar. Sus abuelos no se habían ido por desamor a Cuenca, sino porque la provincia no pudo ofrecer trabajo suficiente a todos sus hijos. Madrid y Valencia les dieron salarios, barrios nuevos, escuelas para los niños y una vida posible. Pero cada mejora tuvo una sombra: casas cerradas, fotografías sin nombres, palabras que los nietos ya no empleaban, cementerios visitados deprisa.

Entonces sonó la charanga. Celia agarró a Ana del brazo y la arrastró hacia la peña. Los demás las siguieron. Bailaron sin destreza, bebieron poco y rieron mucho. Gloria llevaba el pañuelo anudado a la muñeca; Pedro se lo colocó al cuello con una delicadeza que ella sintió más íntima que una caricia.

—Así no lo pierdes —dijo.

—Quizá quería perderlo para tener que volver a buscarlo.

Esta vez fue Gloria quien acortó la distancia. Se besaron junto a una fachada color ocre, mientras la vaquilla pasaba por otra calle y la multitud lanzaba un rugido que pareció aprobarlos. No hubo música lenta ni silencio milagroso. Un peñista los salpicó con zurra, alguien chocó contra Pedro y Gloria tuvo que apartarse el pelo de la cara. Fue un beso verdadero precisamente por eso: porque sucedió en mitad de la vida y no fuera de ella.

El domingo 20 participaron en las gachas de una peña amiga de Celia. A mediodía, alrededor de la sartén, las edades se mezclaron sin ceremonia. Un jubilado explicó a Alex cómo se corría la vaquilla cuando no había peñas organizadas, ni grandes equipos de sonido, ni pañuelos convertidos en uniforme. Recordó bidones de zurra, botas de vino y tapones humanos en la calle de Alfonso VIII. Una mujer de cincuenta años habló de los ochenta, de las primeras peñas y de una libertad que olía a embrague quemado. Un joven de dieciocho enseñó en el móvil un vídeo de la tarde anterior, ya visto por miles de personas.

Alex comprendió que la fiesta no era una pieza de museo. Cada generación la había recibido incompleta, había añadido algo y había estropeado otra cosa. La tradición no consistía en repetir una fotografía antigua, sino en discutir con ella sin romperla.

A las cuatro y media vieron el traslado del Pendón de Alfonso VIII. El ruido se replegó ante la solemnidad. El paño avanzó acompañado por autoridades, peñas y la Banda Municipal, y durante unos minutos la conquista medieval, el acuerdo de 1581, los festejos de los abuelos y aquel septiembre de 2026 quedaron unidos en la misma calle. Pedro pensó en la maroma: una cuerda que parecía sujetar a la vaquilla, aunque en realidad vinculaba a todos los que debían moverse con ella. La memoria se le pareció entonces a esa cuerda. Si uno tiraba demasiado, asfixiaba el pasado; si la soltaba, podía perderlo.

Por la noche, Gloria le contó que en octubre comenzaría un trabajo en un estudio de restauración patrimonial de Valencia. Pedro le confesó que llevaba meses pensando en abandonar Madrid. Ninguno convirtió la coincidencia en destino. Eran hijos de una época que desconfiaba de las promesas grandes: contratos temporales, alquileres desmedidos, ciudades que exigían dos sueldos para conceder una habitación. El amor espontáneo no borraba los kilómetros ni pagaba los trenes que ya no circulaban.

—No quiero que esto sea una historia bonita de cuatro días —dijo Gloria.

—Yo tampoco.

—Eso no significa que sepa qué quiero que sea.

Pedro miró las luces de la hoz.

—Podemos empezar por no mentirnos.

—Muy poco romántico.

—Soy arquitecto. Primero miro si el terreno aguanta.

—Pues mira bien. Aquí todo parece construido sobre un precipicio.

—Mi abuelo decía que no. Que está negociando con él.

Gloria apoyó la cabeza en su hombro. No hubo juramento, solo una decisión modesta: verse en Valencia dos semanas después y en Madrid antes de que acabara octubre. A veces el porvenir entra en una vida no como una avenida, sino como dos billetes comprados a tiempo.

El lunes 21, día de San Mateo, la casa amaneció llena de cansancio y de vasos por fregar. Ana hizo café. Irene repartió analgésicos. Raúl redactó en una servilleta un manifiesto exagerado para «la recuperación moral y ferroviaria de los nietos de Cuenca». Alex revisó sus grabaciones: el desfile, el pregón, la maroma tensándose, Celia hablando de Matilde, Gloria y Pedro descubiertos al fondo de un plano antes de su primer beso.

—Eso se borra —ordenó Gloria.

—Eso se archiva —corrigió Ana.

Antes de salir, los seis se hicieron una fotografía en el mismo pretil donde aparecían la abuela Matilde y sus amigas en 1963. Buscaron aproximadamente el encuadre: las hoces al fondo, el muro de piedra, la mañana limpia después de la fiesta. Una mujer que paseaba se ofreció a tomarla. En la primera imagen Raúl cerró los ojos; en la segunda Alex miró hacia otro lado; en la tercera Gloria y Pedro aparecieron cogidos de la mano sin darse cuenta.

Ana guardó la cámara y sacó la llave de la casa.

—¿Quién se queda con ella?

Durante un momento todos miraron el objeto como si fuera una responsabilidad excesiva. Luego Raúl propuso hacer cinco copias. Pedro dijo que debían ser seis. Gloria negó con la cabeza.

—Siete —dijo—. Una se queda aquí, por si alguno vuelve sin avisar.

Encargaron las copias en una ferretería de la parte baja. El hombre que las hizo no preguntó para qué querían tantas. En una ciudad marcada por la emigración, duplicar una llave era una forma conocida de esperanza.

Por la tarde regresaron por última vez a la Plaza Mayor. La vaquilla volvió a salir, viva y poderosa, rodeada por el oficio de los maromeros y la excitación de los corredores. Los seis permanecieron juntos detrás de la barrera. Ya no eran turistas ni podían llamarse del todo conquenses. Eran algo intermedio: la generación nacida en otras ciudades que empezaba a comprender que la pertenencia no se recibe terminada, sino que se practica.

Cuando la maroma se tensó frente a ellos, Pedro buscó la mano de Gloria. Esta vez no hubo susto ni excusa. Ana pensó en su abuela sirviendo mesas en Madrid con la llave de Cuenca dentro del monedero. Raúl oyó, debajo de la charanga, el silbato de un tren que quizá solo existía en la memoria. Irene reconoció en las mujeres de los balcones los gestos de su madre. Alex dejó de grabar durante un minuto, porque comprendió que no todo lo que merece conservarse cabe en una imagen.

La vaquilla giró y la multitud se desplazó como un solo cuerpo. Sobre las fachadas cayó la luz amarilla de septiembre. Durante unos segundos, la cuerda pareció prolongarse más allá de la plaza, descender por las hoces, atravesar carreteras, barrios y décadas, y llegar hasta Madrid y Valencia, hasta las viviendas donde los abuelos habían envejecido diciendo «mi pueblo», «mi tierra», «mi Cuenca», aunque sus nietos no entendieran del todo aquellas palabras.

Ahora empezaban a entenderlas.

No era una cuerda que los obligara a regresar. Era una cuerda que les impedía perderse.

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