
La escasa respuesta de público a la presentación de El Mapamundi de mi mente y Confidencias de mi felpudo no fue solamente un desaire a un escritor conquense. Fue una oportunidad perdida para descubrir la fuerza educativa del relato breve y para convertir la literatura en una experiencia compartida
Mariano Gimeno Machetti regresó a Cuenca para presentar sus dos últimos libros de relatos y la ciudad respondió con una de esas formas de silencio que resultan difíciles de explicar. No hubo rechazo, polémica ni crítica literaria adversa. Hubo algo acaso más doloroso: indiferencia. La escasa asistencia a un acto preparado para hablar de literatura, pero también para practicarla, dejó la impresión de que el escritor había pasado inadvertido por su propia ciudad. Como si Cuenca no hubiera sabido reconocer a tiempo que aquella convocatoria en la Biblioteca Pública del Estado Fermín Caballero encerraba bastante más que la promoción de dos novedades editoriales.

Conviene decirlo sin dramatismos, pero también sin recurrir a excusas complacientes. La respuesta del público no estuvo a la altura de la propuesta. Y cuando una actividad cultural valiosa fracasa en su capacidad de convocatoria, la pregunta no debe dirigirse únicamente a los ciudadanos que no acudieron. También debe interpelar a las instituciones, los medios de comunicación, las asociaciones culturales, los centros educativos, las bibliotecas, las librerías y cuantos dicen trabajar por la cultura conquense. ¿Se difundió suficientemente el acto? ¿Llegó la invitación a los clubes de lectura, institutos, universidades, talleres literarios y colectivos interesados? ¿Se comprendió que no se trataba de otra presentación convencional? ¿O quedó sepultada bajo esa sucesión de carteles y anuncios que circulan fugazmente por las redes sociales sin construir una verdadera comunidad cultural?
Lo que Cuenca dejó pasar no fue solamente la ocasión de conocer El Mapamundi de mi mente y Confidencias de mi felpudo. Perdió la posibilidad de escuchar a un autor que ha hecho del relato breve su territorio literario y que, además, lleva años enseñando a otros a encontrar su propia voz. Mariano no acudía únicamente para explicar qué había escrito. Venía a mostrar cómo puede nacer una historia, cómo una experiencia aparentemente insignificante se convierte en materia narrativa y cómo cualquier persona, incluso aquella que nunca se ha considerado escritora, puede aprender a mirar la realidad con una atención diferente.
Los títulos de los dos libros ya contienen una poética. El Mapamundi de mi mente convierte la conciencia humana en una cartografía: territorios interiores, fronteras que cuesta atravesar, regiones oscuras, recuerdos deformados, culpas, deseos, miedos y obsesiones. Confidencias de mi felpudo, subtitulado Historias que dejan huella, traslada esa mirada hasta el objeto más humilde del umbral doméstico. El felpudo recibe las pisadas de quienes entran y salen; permanece entre la calle y la intimidad, entre la apariencia pública y cuanto se esconde detrás de una puerta. Un mapa y un felpudo parecen imágenes alejadas, pero ambos conducen a la misma cuestión: ¿dónde empieza realmente una historia?
Empieza allí donde alguien se detiene. Esa es una de las enseñanzas esenciales de Mariano Gimeno. Mientras la mayoría pasa de largo ante una conversación entre desconocidos, una manía, una fotografía, una frase oída en la calle, una pequeña crueldad o un objeto abandonado, el narrador observa y pregunta. ¿Quién dejó aquello allí? ¿Por qué esa persona reaccionó de ese modo? ¿Qué secreto se oculta bajo una conducta aparentemente normal? ¿Qué ocurriría si el objeto pudiera recordar cuanto ha presenciado? La literatura comienza cuando la mirada cotidiana deja de ser automática.
Los relatos de Gimeno se nutren precisamente de esa ética de la atención. En sus páginas aparecen la infancia herida, la marginación, el alcoholismo familiar, el deseo de pertenecer, las relaciones levantadas sobre mentiras, las obsesiones destructivas, la soledad, el duelo y la muerte. Pero también la picaresca, el absurdo, la sátira, el humor negro y el esperpento. Relatos como El niño que se colaba en los cumpleaños, El pajarillo de Neil Armstrong, Hogares, La mantis, El Bertín de Cuenca, Tú no tuviste la culpa o Tintineos recorren registros diferentes, desde lo trágico hasta lo grotesco, unidos por una misma voluntad: descubrir las grietas de la condición humana.
Su escritura utiliza personajes marcados por una carencia, una obsesión o una herida; conflictos que crecen con rapidez; objetos convertidos en símbolos, y finales que no clausuran por completo la historia, sino que prolongan su eco en el lector. Alterna el diálogo coloquial con la reflexión íntima, la primera persona confidencial con la mirada del narrador observador y la realidad reconocible con una deformación que, en ocasiones, conduce al esperpento. La normalidad pierde el equilibrio y deja ver aquello que las convenciones sociales suelen ocultar.

Quien no acudió perdió, por tanto, una aproximación a la enorme dificultad del cuento. El relato breve no es una novela que se ha quedado pequeña ni un género secundario para escritores sin aliento. Es una forma literaria sometida a una exigencia extrema. En pocas páginas debe crear un mundo, perfilar un personaje, establecer un conflicto, administrar el ritmo, seleccionar la voz narrativa y encontrar un desenlace capaz de transformar cuanto se ha leído. En el cuento no sobra espacio. Cada palabra ocupa un lugar y cada silencio cumple una función. Lo que se calla puede resultar tan importante como lo que se cuenta.
Pero la pérdida más significativa estuvo en la dimensión pedagógica del encuentro. La propuesta consistía en superar el modelo envejecido de presentación en el que varias personas hablan desde una mesa mientras el público escucha pasivamente. Mariano planteaba un taller abierto. Los asistentes podían anotar en unas líneas una idea susceptible de convertirse en relato: un recuerdo, una imagen, una persona, una conversación, una situación extraña o una pregunta nunca formulada. A partir de esas semillas se podía recorrer colectivamente el proceso creativo: elegir al protagonista, descubrir qué desea, colocarle un obstáculo, decidir quién cuenta lo sucedido y buscar un final que no lo explique todo.
Este método contiene una idea culturalmente revolucionaria por su sencillez: la literatura no pertenece en exclusiva a una minoría investida de prestigio. Todos acumulamos historias, aunque no sepamos reconocerlas ni darles forma. Enseñar a escribir no significa entregar recetas infalibles, fabricar imitadores del profesor o corregir desde una superioridad académica. Significa ayudar a cada participante a descubrir su mirada y proporcionarle instrumentos para transformarla en una voz narrativa propia.
Mariano Gimeno conoce bien ese proceso. Desde 2015 ha impartido talleres de relato corto en bibliotecas de Tenerife, entre ellas las de Tabaiba, La Esperanza y la Biblioteca Pública del Estado de Santa Cruz de Tenerife. También impulsó una experiencia con compañeros del Instituto Nacional de la Seguridad Social en Sevilla, de la que nació el libro Relatos de INSSENSATOS. Y logró que participantes de sus talleres vieran publicados sus textos en una antología editada por el Ayuntamiento de El Rosario. Personas que quizá llegaron convencidas de que no sabían escribir terminaron reconociéndose como autoras.
Ahí reside la verdadera pedagogía del relato. No se limita a enseñar planteamiento, nudo y desenlace. Trabaja la observación, la memoria, la empatía, la precisión verbal y la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona. Obliga a distinguir lo importante de lo accesorio, a escuchar cómo habla cada personaje, a comprender que todo conflicto tiene más de una perspectiva y a revisar lo escrito hasta encontrar la palabra adecuada. Aprender a narrar es también aprender a pensar, a escuchar y a ordenar la experiencia.
Por eso los talleres de relato poseen un extraordinario potencial en bibliotecas, colegios, institutos, universidades, asociaciones vecinales y centros de mayores. Un joven puede convertir un temor en ficción y contemplarlo desde fuera. Una persona mayor puede salvar del olvido una escena familiar. Un barrio puede recuperar su memoria mediante las voces de sus habitantes. Alguien que se siente invisible puede descubrir que su experiencia merece ser contada. El relato conecta generaciones, preserva el lenguaje y transforma la memoria individual en patrimonio compartido.
Cuenca necesita esa pedagogía. Posee historia, paisaje, arquitectura, leyendas, despoblación, memoria rural, conflictos sociales y una formidable reserva de voces todavía no escuchadas. Cada pueblo de la provincia contiene centenares de relatos que desaparecerán si nadie enseña a reconocerlos, recogerlos y escribirlos. La literatura puede ser también una forma de resistencia contra el vaciamiento cultural: una manera de impedir que, junto con los habitantes, se pierdan las palabras, los oficios, las experiencias y las pequeñas historias que explican quiénes somos.
De ahí que la escasa asistencia no deba tratarse como una anécdota incómoda que conviene olvidar cuanto antes. Debe servir de advertencia. Una ciudad no demuestra su compromiso con la cultura únicamente inaugurando espacios, programando grandes nombres o multiplicando actos en los calendarios oficiales. Lo demuestra creando públicos, cuidando a sus autores, comunicando bien las propuestas y conectándolas con los centros educativos y las asociaciones. Programar cultura sin promover la participación puede convertirse en una forma administrativa de cubrir el expediente.
Mariano Gimeno nació en Cuenca y mantiene con la ciudad una relación que la distancia no ha roto. Reside vinculado a Canarias desde 1986, pero esa lejanía ha podido intensificar su memoria conquense. Hay ciudades que se entienden mejor cuando se contemplan desde lejos. El autor volvió con una trayectoria iniciada en talleres de creación, continuada en publicaciones literarias y consolidada desde sus primeros libros, Muerte, sonrisas y algunos llantos y Obsesiones, engaños y desengaños, hasta estas dos nuevas colecciones. Su regreso merecía curiosidad, escucha y reconocimiento.
¿Qué perdió, en definitiva, el lector conquense? Perdió dos libros que hablan de sus propias contradicciones aunque sus historias sucedan en otros lugares. Perdió la oportunidad de comprender que los objetos cotidianos pueden contener memoria; que el humor y la tragedia suelen convivir; que una existencia aparentemente corriente esconde conflictos dignos de ser narrados; que el cuento exige tanto rigor como cualquier género mayor, y que escribir se aprende escribiendo, compartiendo y corrigiendo.
¿Y qué perdió la cultura conquense? Perdió, al menos por una tarde, la ocasión de dejar de ser escaparate para convertirse en conversación; de pasar del público pasivo a la comunidad creadora; de reconocer a un autor nacido en la ciudad que no regresaba para recibir un homenaje, sino para repartir herramientas. El vacío de unas sillas no disminuye el valor de los libros ni la capacidad pedagógica de Mariano Gimeno. Pero sí nos devuelve una imagen incómoda de nosotros mismos.
Tal vez la mejor respuesta no sea lamentarse, sino reparar el olvido. La Biblioteca Pública, los centros educativos y las asociaciones culturales aún pueden invitarlo a desarrollar un verdadero taller de relatos, abierto a jóvenes y adultos, del que surja una antología de historias conquenses. Sería una forma inteligente de transformar una ausencia en un comienzo.
Porque Mariano Gimeno Machetti pasó por Cuenca casi inadvertido, pero dejó formulada una enseñanza que la ciudad todavía está a tiempo de recoger: todos tenemos algo que contar; solo empezamos a convertirlo en literatura cuando aprendemos a mirar.