
Setenta y dos mil entradas y ninguna responsabilidad
En España, las catástrofes tienen la mala educación de presentarse sin cita previa. Llegan a deshora, despeinadas, sin póliza, sin fotocopia compulsada y, lo que es todavía más grave, sin un informe del Centro Nacional de Inteligencia que lleve por título: «Catástrofe inminente: se ruega al ministro que abandone por unos minutos la serenidad institucional».
Por eso, cuando setenta y dos mil personas entraron en Ceuta en una muchedumbre que habría llenado un estadio, varios aparcamientos y buena parte de la conciencia nacional, don Fernando Grande-Marlaska compareció ante los periodistas con la compostura de quien acaba de enterarse de que en el descansillo hay una gotera, pero asegura que el ascensor funciona perfectamente.
—Ningún servicio de información alertó de una circunstancia de esa naturaleza —dijo.
La frase cayó sobre la sala con ese ruido mullido que hacen las responsabilidades cuando aterrizan sobre moqueta ministerial. Los periodistas tomaron nota. Las cámaras parpadearon. Un ujier miró al techo, por si la circunstancia de esa naturaleza continuaba allí, agazapada detrás de una lámpara.
El ministro añadió después una máxima destinada a figurar algún día en el frontispicio de la Administración española:
—Hay muchas cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber una responsabilidad.
Aquello era magnífico. Quevedo habría pedido una pluma; Camba, una mesa de café; Mihura, tres sombreros más. Hasta entonces, la humanidad había sospechado que los ministros existían para responder de ciertas cosas. Marlaska acababa de liberar al género humano de semejante superstición. Las cosas ocurrían. Sencillamente. Como llueve, como se cae una maceta, como desaparece un calcetín dentro de la lavadora. Setenta y dos mil personas atraviesan una frontera y no hay por qué ponerse dramáticos buscando sujetos, verbos o complementos de responsabilidad.
La gramática del poder es muy piadosa con quien la redacta. En la calle, si uno rompe una farola, la rompe. En un ministerio, la farola «experimenta una incidencia lumínica sobrevenida». En la calle, si nadie vio venir una crisis, alguien falló. En Interior, se produjo «una circunstancia extraordinaria no anticipada por los canales competentes». Lo primero exige explicaciones; lo segundo, una carpeta azul.
Marlaska había comparecido, pues, no tanto para informar como para demostrar que la ignorancia, cuando se pronuncia detrás de un escudo oficial, adquiere rango de política pública.
—No sabíamos nada —vino a decir—. Y, puesto que no sabíamos nada, actuamos con todo el conocimiento disponible, que era ninguno.
Esta doctrina fue recibida con alivio en los despachos. Un director general mandó enmarcarla. Un subsecretario propuso convertirla en protocolo. El jefe de una unidad de previsión preguntó si, a partir de entonces, prever seguiría formando parte de sus funciones o podía dedicarse al macramé.
La cuestión era delicada porque alguien había deslizado que el CNI sí había transmitido advertencias. Defensa elogiaba la labor de los servicios de inteligencia. Interior negaba haber recibido un aviso capaz de anticipar una entrada de aquella magnitud. Marruecos, con esa cortesía de vecino que primero mueve el tabique y luego pregunta si molesta el ruido, aseguraba haber advertido de las posibles consecuencias. Ceuta llevaba tiempo expresando alarma. Pero todo ello, al parecer, pertenecía a la categoría administrativa de las cosas que se saben sin que nadie pueda afirmar que las conoce.
España ha alcanzado en esto una perfección oriental. El aviso existe, pero no llega. Si llega, no es informe. Si es informe, no concreta la cifra. Si concreta la cifra, no precisa la hora. Si precisa la hora, no identifica la ola exacta. Y si anuncia fecha, magnitud, itinerario, causa, consecuencias y dirección del viento, siempre puede objetarse que no fue entregado en mano por un profeta vestido de beduino, acompañado de dos notarios y una charanga municipal.
En realidad, para satisfacer el estándar ministerial, el CNI habría debido remitir un documento así:
«Excelentísimo señor ministro: el jueves, a las nueve y cuarto, setenta y dos mil personas intentarán entrar en Ceuta. Unas llevarán zapatillas, otras no. Se recomienda reforzar la frontera, convocar a los mandos, coordinar a los servicios de emergencia y suspender, si la hubiere, la degustación de canapés. Rogamos firme la recepción en todas las páginas».
Además, el informe tendría que haber incluido mapas, fotografías, código QR, certificado ISO, un vídeo explicativo y una recreación con muñecos articulados. De otro modo, no sería una alerta, sino un rumor con membrete.
El ministro, hombre de formación jurídica, parecía exigir a la inteligencia no indicios, escenarios o señales, sino una sentencia firme sobre el porvenir. Quería que el espionaje funcionara como una agencia de viajes del Apocalipsis: fecha de salida, viajeros, equipaje incluido y seguro de cancelación.
—Nadie nos avisó de que ocurriría algo semejante —repetía.
Y cuanto más lo repetía, más se abrían dos posibilidades, ambas poco caritativas con su prestigio. Si hubo advertencias y el ministro las rebaja ahora a niebla veraniega, la versión tiene goteras. Si no las hubo, o no llegaron, o nadie supo interpretarlas, entonces el Ministerio del Interior poseía miles de agentes, enlaces, mandos, analistas, agregados, pantallas y teléfonos para enterarse de la crisis al mismo tiempo que el resto de España.
Era como tener un gallo para que anunciara el amanecer y descubrir que solo canta al mediodía, cuando ya se han abierto los comercios.
Pero don Fernando no pareció advertir el filo del dilema. Los ministros veteranos desarrollan una piel administrativa que repele las preguntas como un impermeable repele la llovizna. La primera pregunta resbala por la solapa; la segunda se pierde en el bolsillo; la tercera llega a los zapatos y allí es atribuida a una campaña de desinformación.
—¿Fallaron los servicios de inteligencia?
—Confianza plena en su profesionalidad.
—¿Falló Interior?
—Respuesta rápida, eficaz y coordinada.
—¿Quién falló entonces?
—Las mafias.
—¿Y nadie previó la actuación de las mafias?
—Fue un hecho extraordinario.
—¿Extraordinario significa imprevisible?
—Significa extraordinario.
—¿Y quién responde?
—Ya he dicho que no todo lo que ocurre implica necesariamente una responsabilidad.
El diálogo habría podido prolongarse hasta que envejecieran las cámaras. El ministro practicaba una esgrima sin espada: el adversario lanzaba una pregunta y él respondía con una nube. Preguntado por una alarma, ofrecía reconocimiento a los profesionales. Preguntado por la previsión, elogiaba la reacción. Preguntado por la responsabilidad, hablaba de excepcionalidad. Era imposible cercarlo porque no ocupaba exactamente ningún sitio.
Hay políticos que gobiernan los acontecimientos. Otros los padecen. Marlaska parecía haber perfeccionado un tercer método: contemplarlos desde una distancia sintáctica prudente. A la crisis le quitaba los responsables; al aviso, el destinatario; a la frontera, la previsión; y a sí mismo, el verbo.
En el Ministerio empezó a circular entonces un nuevo manual, titulado «Protocolo general para que las cosas sucedan solas». Constaba de tres artículos.
Artículo primero: si algo grave puede suceder, se considerará improbable.
Artículo segundo: si sucede, se calificará de excepcional.
Artículo tercero: si alguien pregunta quién responde, se felicitará a los funcionarios.
Una disposición adicional ordenaba crear una comisión para estudiar la conveniencia de haber creado antes otra comisión.
El manual tuvo un éxito formidable. Fomento pidió una copia para los trenes. Sanidad encargó veinte ejemplares. Hacienda preguntó si las responsabilidades tributaban. En Presidencia sugirieron sustituir la palabra «fracaso» por «éxito todavía no perceptible».
Mientras tanto, Ceuta seguía allí, que es una de las impertinencias geográficas de Ceuta: persistir. Desde Madrid, algunas ciudades fronterizas parecen conceptos; sobre el terreno son calles, familias, guardias agotados, centros saturados, menores sin amparo y vecinos que duermen con el sobresalto metido en casa. La distancia convierte el drama en estadística y la estadística en rueda de prensa. Basta colocar setenta y dos mil vidas detrás de un porcentaje para que quepan todas en una diapositiva.
El presidente de la ciudad había hablado de extrema gravedad. Pero «extrema gravedad» es una expresión que en Madrid compite a diario con muchas otras. La agenda ministerial contiene crisis, comparecencias, reuniones europeas, inauguraciones, almuerzos de trabajo y actos en los que se descubre una placa que otro ministro volverá a descubrir años después. Para que un aviso periférico alcance la capital debe atravesar tantas capas de protocolo que, cuando llega, ya viene con la fatiga de quien ha cruzado medio Estado a pie.
Quizá el mensaje de Ceuta entró en un registro y salió convertido en resumen ejecutivo. Quizá el resumen se redujo a una nota. Quizá la nota acabó en un correo marcado como «para conocimiento». En la Administración, «para conocimiento» suele significar que nadie debe sentirse obligado a conocerlo.
Un funcionario imaginario, de nombre don Anselmo Papelera, declaró más tarde ante una comisión igualmente imaginaria:
—El aviso llegó.
—¿Y qué hicieron con él?
—Se remitió.
—¿A quién?
—Al órgano correspondiente.
—¿Y cuál era?
—El encargado de recibir remisiones.
—¿Tomó alguna medida?
—Naturalmente. Acusó recibo.
Don Anselmo salió de la sala condecorado por treinta años de servicios a la circulación del papel.
La comparecencia de Marlaska tenía, además, una hermosa paradoja. Para defender que nadie supo lo que se avecinaba, ensalzaba precisamente a los organismos cuya misión consiste en saber lo que se avecina. Era como felicitar al vigía después del naufragio porque mantuvo impecablemente limpio el catalejo.
—No hubo aviso —sostenía el ministro—, pero los servicios hicieron un trabajo excelente.
La excelencia sin resultado es una de las grandes especialidades contemporáneas. Antes, un puente era bueno si no se caía. Ahora puede venirse abajo y conservar intactos todos sus certificados de calidad. Del mismo modo, un sistema de información puede no informar de la mayor entrada fronteriza conocida y merecer un reconocimiento emocionado, siempre que sus procedimientos internos estuvieran correctamente grapados.
Los periodistas insistían en saber si alguien asumiría consecuencias políticas. Esta pregunta conserva en España un encanto arqueológico, como preguntar por el sereno o por el coche de línea. La responsabilidad política fue una costumbre europea que aquí se sustituyó por la comparecencia. El ministro comparece y, por el hecho de comparecer, se da por respondido. No importa lo que diga. Comparecer es ya una forma de inocencia.
Don Fernando compareció con gravedad, habló de coordinación, de rapidez, de Europa, de mafias, de excepcionalidad y de confianza. Al terminar, la responsabilidad seguía sin aparecer. La buscaron debajo del atril, detrás de las banderas y entre los cables de televisión. Un ordenanza aseguró haberla visto salir por una puerta lateral, con gafas oscuras y pasaporte diplomático.
Aquella noche, en el palacio ministerial, se convocó el Gabinete de Cosas Que Ocurren. El ministro presidía la mesa. A su derecha se sentaba el director general de Imprevistos Previsibles; a su izquierda, la secretaria de Estado para Explicaciones Posteriores. También asistía el subsecretario de Adverbios Atenuantes.
—Señores —comenzó Marlaska—, debemos impedir que vuelva a ocurrir algo que nadie podía prever.
—¿Cómo impediremos lo imprevisible? —preguntó uno.
—Reforzando la previsión.
—¿Entonces era previsible?
—No confundamos los tiempos verbales.
—¿Y si vuelve a suceder?
—Estaremos preparados para explicar por qué no pudo evitarse.
La reunión terminó con un acuerdo unánime: instalar en Ceuta un enorme buzón de avisos. Sería visible desde Marruecos, tendría capacidad para tres millones de folios y estaría conectado directamente con Madrid mediante una línea que parpadearía cuando alguien introdujera una catástrofe debidamente cumplimentada. Sobre la ranura se leería: «No olvide indicar número exacto de participantes».
El proyecto recibió fondos europeos y un premio de innovación administrativa.
Al día siguiente, el ministro volvió a comparecer. Había dormido bien, que es una virtud política muy apreciada durante las emergencias. Repitió que España había respondido con eficacia, que Europa reconocía su esfuerzo y que no existió alerta concreta sobre una entrada semejante. Todo era compatible: la ausencia de previsión, la excelencia del sistema, el éxito de la respuesta y la inexistencia de responsabilidad.
En la lógica ordinaria, cuatro afirmaciones así se empujan unas a otras hasta caerse. En la lógica ministerial forman una mesa redonda.
Tal vez sea injusto exigir a un ministro que adivine el futuro. Nadie sensato lo pide. La inteligencia no es una pitonisa, ni una frontera puede blindarse contra cualquier contingencia, ni toda desgracia demuestra por sí sola una culpa. Pero entre la adivinación perfecta y la ceguera satisfecha existe un territorio llamado previsión; entre conocer la cifra exacta y no saber nada hay señales, avisos, escenarios y riesgos; entre la culpa penal y la ausencia absoluta de responsabilidad se encuentra esa vieja figura, hoy casi extinguida, que se llamaba responsabilidad política.
Eso era justamente lo que el discurso del ministro intentaba borrar con su goma institucional.
La Audiencia Nacional había empezado a preguntar a la Guardia Civil si alguna unidad recibió información capaz de alertar de la entrada masiva. Era una pregunta sencilla, incluso indecorosamente sencilla. Obligaba a abandonar la retórica y buscar papeles, comunicaciones, horas, destinatarios y decisiones. La justicia, cuando funciona, tiene esa manía poco literaria de pedir fechas.
Hasta que la investigación determine qué avisos existieron y quién los recibió, no conviene convertir sospechas en hechos. Pero la defensa política de Marlaska ya puede juzgarse por sus propias palabras. Un ministro del Interior no puede presentar su desconocimiento como salvoconducto sin explicar por qué desconocía; no puede elogiar simultáneamente el sistema y eximirse por aquello que el sistema no detectó; no puede convertir la excepcionalidad en un borrador universal de responsabilidades.
Porque si el aviso llegó y se desatendió, hay que saberlo. Si llegó fragmentado y nadie unió las piezas, hay que saberlo. Si no llegó nada, también hay que saber por qué el Estado caminaba a oscuras junto a una frontera decisiva. Y si todo funcionó maravillosamente, alguien tendrá que explicar qué aspecto tendría entonces un fracaso.
Al ministro, sin embargo, la jornada le dejó una satisfacción íntima. Había logrado comparecer para decir que no sabía, había transformado el no saber en prueba de inocencia y había convertido la responsabilidad en una señora desconocida que, según todos, no figuraba en la lista de invitados.
Antes de abandonar la sala, se acercó un periodista rezagado.
—Señor ministro, una última pregunta. Si nadie avisó, nadie previó y nadie responde, ¿para qué sirve exactamente el Ministerio del Interior?
Marlaska lo miró con paciencia profesoral.
—Para gestionar con eficacia las cosas que ocurren.
—¿Antes o después de que ocurran?
El ministro sonrió. Aquel muchacho todavía creía en los adverbios.
—Siguiente pregunta.
EPÍLOGO SIN CARCAJADA
Aquí termina la farsa, porque hay un umbral que el humor no debe cruzar. Detrás de los comunicados, las cifras y la disputa sobre los avisos hubo personas concretas, también jóvenes y niños; hubo miedo, desamparo, cuerpos en el agua, familias buscando noticias y servidores públicos enfrentados a una situación límite.
La sátira se dirige al lenguaje del poder que diluye la responsabilidad, no a quienes arriesgaron la vida ni a quienes la perdieron. A ellos no les corresponde la burla, sino el nombre, la verdad y la memoria. Y precisamente por respeto a esa memoria, la pregunta no puede archivarse: qué se sabía, cuándo se supo, qué se hizo y quién debía responder.
Porque hay cosas que ocurren, sí. Pero gobernar consiste en algo más que llegar después para explicarlas.