
Hay ciudades que miden su riqueza en cifras y ciudades que la miden en memoria. Cuenca pertenece a la segunda categoría, aunque durante demasiado tiempo haya tratado su patrimonio cultural como una posesión heredada en lugar de como una herramienta de futuro. El 1 de julio de 1966, cuando Fernando Zóbel abrió el Museo de Arte Abstracto Español en las Casas Colgadas, la ciudad dejó de ser solo un conjunto de piedra suspendida sobre las hoces del Huécar y se convirtió, casi sin darse cuenta, en uno de los laboratorios artísticos más singulares de la España del siglo XX. Zóbel, Torner, Rueda y toda la generación abstracta que allí encontró cobijo no pedían permiso a la cultura oficial del franquismo: construyeron, al margen de ella, un espacio que hoy sigue siendo motivo de estudio internacional y que la Fundación Juan March, depositaria de sus diarios y su biblioteca, custodia como patrimonio documental de primer orden. Tres décadas más tarde, Antonio Pérez repitió el gesto con su propia colección, donada en 1998 a la Diputación Provincial, y convirtió un antiguo convento carmelita en el segundo gran pulmón del arte contemporáneo conquense. Entre ambos legados, Federico Muelas seguía escribiendo su Cuenca íntima, la de la Generación del 36, mientras la Semana de Música Religiosa, decana de los grandes festivales escénicos de Castilla-La Mancha, sostenía desde 1962 una tradición sonora que ha atravesado generaciones sin perder proyección internacional.
Ese es el capital que Cuenca posee y que, paradójicamente, no siempre sabe administrar como lo que es: una ventaja competitiva. La declaración de la ciudad histórica, sus hoces y sus arrabales como Patrimonio de la Humanidad, el 6 de diciembre de 1996, no fue un punto de llegada, sino una obligación de cuidado permanente. Y ahí es donde el proyecto de Somos Cuenca encuentra uno de sus terrenos más fértiles. No se trata de inventar una identidad cultural que ya existe con solidez centenaria, sino de rescatarla de la administración inercial, del anuncio sin calendario y de la subvención sin evaluación, para devolverle el lugar que le corresponde en el proyecto de ciudad: no un adorno para la fotografía institucional, sino una infraestructura económica, social y demográfica tan decisiva como el agua, la vivienda o el transporte.
Somos Cuenca ha planteado ya, en su contrato de gobierno para el primer mandato, que la cultura y el sector audiovisual formen parte de los seis programas económicos prioritarios, junto al comercio, el turismo de calidad, la agroinnovación, los cuidados y la captación de profesionales que hoy trabajan en remoto. Esa decisión no es cosmética. Significa entender que el Museo de Arte Abstracto Español, la Fundación Antonio Pérez, el archivo Zóbel, la memoria de Federico Muelas o el propio paisaje kárstico de la Ciudad Encantada, protegido desde 1929, no son piezas de museo en el sentido pasivo de la expresión, sino activos capaces de generar programación estable, producción local, residencias artísticas, festivales con retorno económico verificable y una red de espacios que hoy funciona de forma fragmentada. Frente a la cultura entendida como gasto de representación, Somos Cuenca propone tratarla como lo que de verdad es: una palanca de desarrollo y, al mismo tiempo, un antídoto contra la despoblación que ha vaciado comarcas enteras de su tejido simbólico y comunitario.
Porque el legado cultural conquense no puede seguir concentrándose únicamente en la capital mientras la provincia se desangra en silencio. El desarraigo cultural que golpea a la Serranía, la Alcarria, La Mancha conquense o la Manchuela es, además de un problema demográfico, una pérdida irreparable de memoria oral, artes populares y saberes rurales que ninguna gran institución museística puede sustituir por sí sola. Somos Cuenca ha insistido en que cada comarca necesita voz propia y soluciones adaptadas, no una uniformidad decidida desde la capital: eso vale también, y especialmente, para la política cultural. Un plan de dinamización que no llegue a Tarancón, Huete, San Clemente, Cañete, Priego o Las Pedroñeras solo estará gestionando el olvido de una manera más elegante.
La propuesta, por eso, no puede quedarse en el discurso de la nostalgia patrimonial, tan cómodo como estéril. Debe traducirse en gestión con fechas, presupuestos y responsables: un Observatorio que mida también la actividad cultural como indicador de salud provincial, tal como ya se ha planteado para el primer presupuesto del futuro gobierno; una oficina que facilite la activación de espacios culturales igual que se propone activar viviendas y locales vacíos en el casco histórico; y una relación de transparencia con las fundaciones, archivos y colecciones privadas que durante décadas han sostenido, muchas veces con recursos propios y vocación casi heroica, la vida cultural conquense. El casco histórico vivo que Somos Cuenca reclama para 2027 no puede entenderse sin devolver el pulso cultural a sus calles, sin convertir el patrimonio en experiencia cotidiana y no en postal aislada para el visitante de fin de semana.
Hay, además, una dimensión generacional que ninguna estrategia cultural seria puede eludir. El Plan Joven que Somos Cuenca ha esbozado, con ayudas al alquiler, prácticas locales y una red de conquenses en el exterior, tendrá poco sentido si no incorpora también el acceso a la creación, a la investigación documental y a la promoción artística como salidas profesionales reales. La juventud conquense no necesita solo vivienda asequible: necesita también que escribir, pintar, investigar en los archivos de la ciudad o programar un festival sean opciones de futuro y no ejercicios de resistencia solitaria. Y necesita, igualmente, que la diáspora conquense, esa que hoy vive en Madrid, Valencia o Barcelona, encuentre cauces para devolver a la provincia el conocimiento y la sensibilidad cultural que se llevó consigo.
Cuenca no necesita reinventar su cultura. Necesita organizarla políticamente, con la misma exigencia de método, transparencia y rendición de cuentas que Somos Cuenca reclama para el resto de sus políticas. El legado de Zóbel, de Torner, de Antonio Pérez, de Federico Muelas y de tantos otros que hicieron de esta ciudad un lugar donde el arte podía nacer al margen del poder, no puede quedar reducido a una herencia contemplada con orgullo pasivo. Ha de convertirse en tarea compartida entre instituciones, creadores, asociaciones culturales y ciudadanía. Ese es, en definitiva, el sentido más profundo del pronombre que da nombre al proyecto: Cuenca no solo es su pasado cultural, sino la responsabilidad colectiva de sostenerlo, actualizarlo y entregarlo, más vivo que nunca, a quienes todavía no han nacido.