
Una reflexión sobre memoria, territorio y futuro que pone fin a una serie de cinco entregas dedicada al cierre del ferrocarril convencional Madrid–Cuenca–Valencia
Las sociedades suelen recordar sus grandes acontecimientos a través de símbolos. No conservamos únicamente fechas. Conservamos imágenes. La caída de un muro. La inauguración de un puente. El cierre de una fábrica. La apertura de un puerto. La desaparición de una escuela. O el último tren que abandona una estación.
Con el paso del tiempo, esos hechos dejan de pertenecer exclusivamente a la historia material para convertirse en historia emocional. Algo parecido está ocurriendo en Cuenca. El debate sobre el Madrid–Cuenca–Valencia hace tiempo que dejó de ser únicamente ferroviario. Hoy constituye una conversación sobre la identidad de una provincia.
Esta serie comenzó hace semanas recogiendo las 105 preguntas elaboradas por Eduardo Cruz, continuó analizando la batalla jurídica que todavía se libra ante instancias europeas, se detuvo después en el coste económico oculto de un corredor logístico que nunca llegó a explotarse y regresó, en la cuarta entrega, sobre el propio cuestionario para extraer sus cinco grandes ejes de fondo. Toca ahora cerrar el círculo, no con un veredicto, sino con una reflexión sobre lo que todo este proceso ha dejado en la conciencia colectiva de la provincia.
Cuando un territorio pierde confianza
Las infraestructuras cumplen una función física. Personas de Transportan. Mercancías. Información. Actividad económica. Pero también cumplen otra función mucho más difícil de medir. Generan confianza.
Una carretera transmite la sensación de pertenecer a un espacio conectado. Una universidad comunica expectativas de futuro. Un hospital expresa seguridad. Un ferrocarril simboliza continuidad. Cuando una infraestructura desaparece, el territorio no solo pierde un servicio. Puede perder también una parte de la confianza que depositaba en sí mismo.
Quizá esa sea la razón por la que el cierre del tren convencional continúa provocando tanta intensidad emocional. Porque muchas personas no sintieron únicamente que desaparecía un medio de transporte. Sintieron que la provincia retrocedía un escalón en el mapa nacional.
La España interior y el derecho a no resignarse
Durante las últimas décadas, buena parte del discurso político sobre la España interior ha girado alrededor de conceptos como despoblación, equilibrio territorial, igualdad de oportunidades o cohesión. Son expresiones repetidas en discursos institucionales, estrategias europeas y programas electorales.
Sin embargo, el caso del Madrid–Cuenca–Valencia obliga a plantear una cuestión incómoda. ¿Qué significa realmente cohesionar un territorio? ¿Basta con garantizar que sus habitantes puedan desplazarse? ¿O implica también conservar las herramientas que permiten construir desarrollo económico propio, como el corredor logístico descrito en la tercera entrega de esta serie?
No existe una respuesta única. Pero sí una certeza. La cohesión territorial nunca puede entenderse únicamente como una cuestión de kilómetros. Es, sobre todo, una cuestión de expectativas.
El tiempo como juez definitivo
Las controversias políticas rara vez encuentran solución inmediata. La historia posee una paciencia que la política desconoce. Será el tiempo quien termine valorando si el Plan X Cuenca representó una modernización inteligente del sistema de movilidad o una decisión estratégica cuyas consecuencias económicas aparecerán lentamente durante las próximas décadas.
Las grandes decisiones públicas siempre contienen una parte de incertidumbre. Quienes las adoptan trabajan con la información disponible en ese momento. No con la que existirá veinte años después. Precisamente por eso resulta tan importante conservar la capacidad de revisar críticamente aquellas decisiones cuando aparecen nuevos datos o cambian las circunstancias, algo que, como se explicó en la segunda entrega, sigue dirimiéndose en la vía europea abierta por varios municipios afectados.
No hacerlo sería convertir la política en dogma. Y el dogma constituye el peor enemigo de la buena administración.
El legado de una movilización ciudadana
Con independencia del futuro que aguarde al corredor ferroviario, existe una realidad difícilmente discutible. Pocas veces en la historia reciente de Cuenca una infraestructura ha generado un movimiento ciudadano tan persistente.
Libros. Estudios. Recursos judiciales. Conferencias. Artículos. Plataformas. Concentraciones. Investigaciones. Proyectos alternativos. Documentación histórica. Propuestas logísticas.
Ese inmenso trabajo colectivo permanecerá aunque nunca vuelva a circular un tren. Porque ha producido algo todavía más importante. Ha construido memoria. Y los territorios sin memoria terminan aceptando cualquier relato sobre su pasado.
Eduardo Cruz y la dignidad de preguntar
Dentro de esa movilización social, el trabajo realizado por Eduardo Cruz adquiere un significado especial. No porque posea todas las respuestas. Nadie las posee. Sino porque ha comprendido que la primera obligación de un ciudadano consiste en no dejar de preguntar.
Las ciento cinco cuestiones que articulan este reportaje —analizadas con detalle en la cuarta entrega de esta serie— no representan únicamente una crítica al cierre ferroviario. Representan una forma de entender la participación democrática. Recordar permanentemente que toda decisión pública debe poder explicarse una y otra vez mientras existan ciudadanos dispuestos a solicitar explicaciones.
Quizá esa sea la mejor definición posible de una democracia adulta. No aquella donde todos piensan igual. Sino aquella donde nadie teme formular preguntas.
Más allá de los raíles
Existe una tentación frecuente cuando se habla del tren convencional. Pensar que todo termina en las vías. No es cierto.
Este debate habla de universidad. Habla de empresas. Habla de turismo. Habla de patrimonio. Habla de industria. Habla de cambio climático. Habla de logística —el nodo de Tarancón y la conexión con el Puerto de Valencia descritos en la tercera entrega—. Habla de financiación europea. Habla de igualdad entre territorios. Habla, en definitiva, del lugar que Cuenca desea ocupar dentro de la España del siglo XXI.
Por eso reducir toda esta controversia a una simple discusión entre nostálgicos y modernizadores constituye probablemente el mayor error político cometido durante estos años. La realidad siempre ha sido mucho más compleja.
El tren invisible
Hoy ya no circulan convoyes entre Aranjuez, Cuenca y Utiel. Las estaciones permanecen silenciosas. Las señales ferroviarias han perdido su función original. Las vías, en numerosos tramos, han desaparecido.
Sin embargo, existe un tren que continúa recorriendo diariamente la provincia. No necesita locomotora. No consume electricidad. No figura en ningún horario.
Es el tren de las preguntas. El tren de las dudas. El tren de las oportunidades perdidas. Y también el tren de las oportunidades futuras. Porque toda sociedad que reflexiona críticamente sobre su pasado conserva intacta la posibilidad de corregir su porvenir.
Epílogo: el verdadero viaje
Quizá algún día la línea Madrid–Cuenca–Valencia vuelva a formar parte del debate nacional. Quizá no. Nadie puede afirmarlo con certeza.
Lo que sí sabemos es que las provincias nunca progresan cuando aceptan resignadamente que las decisiones estratégicas son irreversibles. Progresan cuando analizan. Cuando investigan. Cuando comparan. Cuando discrepan con respeto. Cuando exigen transparencia. Cuando convierten la memoria en inteligencia colectiva.
Las 105 preguntas de Eduardo Cruz, los estudios promovidos por plataformas ciudadanas, las alegaciones técnicas, los recursos judiciales, los libros escritos durante estos años y el inmenso caudal documental reunido alrededor del tren convencional forman ya parte del patrimonio cívico de Cuenca. Podrán compartirse o discutirse. Pero nadie podrá negar que representan una extraordinaria manifestación de compromiso con la provincia.
Al concluir este largo recorrido periodístico no corresponde dictar sentencia. Esa tarea pertenece a los tribunales cuando se discute la legalidad, a las instituciones cuando diseñan las políticas públicas y, sobre todo, a la historia cuando dispone de la perspectiva suficiente para valorar sus consecuencias.
El periodismo tiene otra misión. Preguntar. Contrastar. Escuchar. Y dejar constancia de los hechos para que las generaciones futuras puedan comprender cómo una provincia entera discutió, quizá como nunca antes, sobre el significado de una línea ferroviaria que terminó convirtiéndose en algo mucho mayor que un medio de transporte.
Porque, al final, el verdadero viaje del tren Madrid–Cuenca–Valencia nunca fue únicamente entre dos ciudades. Fue —y continúa siendo— el viaje de toda una provincia en busca de una respuesta a la pregunta más importante de todas:
¿Qué futuro quiere construir Cuenca para sí misma?
(Con esta quinta entrega concluye la serie «El tren que quisieron borrar». Pueden consultarse las entregas anteriores: primera —las 105 preguntas de Eduardo Cruz—, segunda —del expediente administrativo al conflicto europeo—, tercera —la economía de un ferrocarril perdido— y cuarta —el cuestionario que ningún debate podrá eludir—, todas ellas publicadas en La Vanguardia de Cuenca.)