
Mientras se clausura una línea centenaria como el ferrocarril convencional Madrid‑Cuenca‑Valencia, las instituciones proclaman que luchan contra la despoblación, hablan de cohesión territorial y prometen una “transformación económica” sin precedentes. La provincia aparece en los titulares por sus nuevos hospitales, sus remontes mecánicos, sus centros de mayores y sus cifras “históricas” de turismo rural, al tiempo que los pueblos del antiguo corredor ferroviario se organizan para no quedar definitivamente fuera del mapa. En este escenario, la pregunta no es menor: ¿estamos asistiendo a una verdadera renovación ideológica de la política económica y social de Cuenca o solamente al reciclaje del viejo poder bajo un vocabulario actualizado?
Qué significa de verdad “renovación ideológica”
Llamamos renovación ideológica a algo más que cambiar de eslóganes o modernizar el diseño de los carteles institucionales. Supone reordenar prioridades materiales –infraestructuras, servicios, modelo productivo– y simbólicas –relatos de progreso, identidad territorial–, modificando qué se considera problema central y qué se deja en la periferia del debate público. En España, los grandes cambios de ciclo –del desarrollismo al Estado del bienestar, del bipartidismo a la fragmentación polarizada– han combinado continuidad de élites con mutaciones del discurso, mucho más que rupturas sociales de fondo. Cuenca, una provincia estructuralmente despoblada, dependiente de decisiones tomadas en Madrid y Toledo, es un laboratorio perfecto para observar hasta qué punto el guion ha cambiado o solo se ha reescrito con otras palabras.
La nueva narrativa de la “Cuenca que remonta”
Si uno escucha a la Junta de Comunidades y al PSOE conquense, la impresión es que la provincia vive un momento de remontada demográfica y social. El relato oficial se apoya en tres grandes pilares: el refuerzo del Estado del bienestar (nuevo hospital, dependencia, escuelas infantiles rurales), la lucha contra la despoblación y la lluvia de inversiones que, según se repite, “nunca antes había caído sobre esta tierra”.
Los datos parecen dar, a primera vista, algo de razón a ese optimismo. Según las cifras difundidas a comienzos de 2026, la provincia de Cuenca ha ganado en torno a 4.000 habitantes desde 2021 y roza los 200.000 censados; se habla de 200.828 residentes a 1 de enero de 2026, con un crecimiento anual cercano al medio punto porcentual. En 2025 el censo registró 199.849 habitantes, 834 más que en 2024, y alrededor de 4.349 más que en 2021, un modesto pero significativo +2,2% acumulado. Este rebote, subrayan las autoridades, demuestra que la Ley 2/2021 de medidas frente a la despoblación y sus incentivos fiscales “empiezan a dar frutos” y que el giro en políticas sociales y tributarias está funcionando.
Sin embargo, una mirada más fina a las tripas de las estadísticas introduce matices incómodos. La mejora demográfica se apoya de forma muy clara en la llegada de población extranjera, mientras que la población española sigue encogiéndose. Es decir: la provincia “gana” habitantes, pero los pierde entre los nacidos aquí. Y la línea temporal no dibuja una curva ascendente diáfana, sino una sucesión de pequeños avances y retrocesos trimestrales, con ligeros descensos que la patronal provincial interpreta como aviso de que la tendencia sigue siendo frágil, dependiente de factores externos y de decisiones que aún no han consolidado un cambio de modelo productivo.
La capital en miniatura: cuarta ciudad más pequeña y estancada
El espejismo de la remontada demográfica se matiza aún más cuando miramos a la capital. Cuenca ciudad se mantiene instalada en el furgón de cola de las capitales españolas: algo más de 53.000 habitantes y la etiqueta reiterada de cuarta capital menos poblada del país, solo por delante de Teruel, Soria y Segovia. A diferencia de otras ciudades intermedias que crecen, aunque sea lentamente, Cuenca aparece en los registros como una de las pocas que pierden vecinos.
Para mayor ironía, ni siquiera las cifras oficiales se ponen de acuerdo. El censo dibuja una ligera pérdida de población entre 2022 y 2023, mientras el padrón municipal sostiene que se ha producido un pequeño repunte en esos mismos años. Estamos discutiendo sobre decenas o centenares de personas, cuando el problema de fondo no es estadístico sino estructural: una capital que no logra consolidarse como polo de atracción de población joven, ni como centro económico capaz de irradiar dinamismo a una provincia envejecida. Detrás del baile de números late la pregunta esencial: ¿puede darse por “resuelta” la despoblación porque la línea del gráfico se incline una décima hacia arriba, mientras el tejido productivo sigue apostando por la precariedad, la dependencia de la obra pública y el monocultivo administrativo y turístico?
El municipalismo de coalición y la lluvia de millones
Sobre este tapiz demográfico se proyecta el relato municipal de la “Cuenca que se transforma”. El pacto entre el PSOE y Cuenca nos Une para gobernar el Ayuntamiento de la capital se presenta como un proyecto pragmático, sin líneas rojas ideológicas, cuyo objetivo sería aprovechar una “ocasión única” de captación de inversiones. Hospital, remontes mecánicos, centro de mayores, actuaciones en el Casco Histórico, nuevas infraestructuras policiales, centros de formación… se enumeran millones y millones como si, por acumulación, fueran a producir automáticamente una metamorfosis urbana y social.
El propio alcalde, sin embargo, reconoce una situación económica “complicada” en el Consistorio y una dependencia extrema de las otras administraciones para financiar la mayor parte de estos proyectos. Técnicamente, no hay ruptura con el viejo modelo, sino intensificación: se gobierna en nombre de la gestión y la eficacia, y se mide el éxito por el volumen de dinero que baja de los niveles autonómico y estatal. Ideológicamente, el eje izquierda‑derecha se difumina en un nuevo clivaje: quienes “traen proyectos y millones” frente a quienes “bloquean”. El lenguaje de los derechos cede paso al de las “oportunidades”, la “atracción de empresas” y la “confianza inversora”.
Es en esta lógica donde la palabra “renovación” empieza a mostrar su ambivalencia. Sí, hay un cambio de vocabulario, de prioridades declaradas, de iconografía urbana. Pero no es evidente que la jerarquía real de decisiones –qué infraestructuras se abren y cuáles se cierran, qué sectores se sostienen y cuáles se abandonan– haya girado en la misma dirección que el discurso.
La trampa del optimismo demográfico
Las cifras de población son el tronco del que cuelgan hoy la mayoría de los discursos. La Junta y la administración provincial exhiben con orgullo el saldo migratorio positivo acumulado desde la aprobación de la Ley 2/2021 y los sucesivos incrementos del padrón, aunque sean modestos. En paralelo, estudios divulgados por medios regionales subrayan que los incentivos fiscales contra la despoblación “empiezan a dar frutos” en Cuenca, reforzando así la idea de que el cambio legislativo ha inaugurado una nueva etapa.
Pero basta detenerse en un par de detalles para intuir la trampa. Primero, que buena parte del aumento se explica por la llegada de población extranjera, cuya permanencia a medio plazo dependerá de la calidad del empleo, del acceso a vivienda asequible y de la existencia de servicios públicos estables, no solo de bonificaciones tributarias. Segundo, que la provincia sigue catalogada como zona intensamente despoblada, con graves desequilibrios internos entre la capital y las comarcas más castigadas por el vaciamiento rural. Tercero, que pequeños descensos trimestrales, como los registrados en 2024 y 2025, recuerdan la facilidad con la que el “rebote” puede desinflarse.
Medir el éxito exclusivamente en cabezas censadas es, en este contexto, una forma sofisticada de maquillaje. Una anemia estructural puede presentar un ligero rubor estadístico durante un tiempo; la cuestión es si estamos reforzando los órganos vitales –economía diversificada, energía, conectividad, servicios de proximidad– o si nos limitamos a aplicar colorete demográfico mientras la enfermedad sigue su curso.
Turismo rural: el espejismo de un 2024 “histórico”
Uno de los sectores utilizados como prueba del nuevo dinamismo es el turismo rural. Las cifras de 2024, calificadas de “históricas”, muestran un aumento notable de pernoctaciones y viajeros en alojamientos rurales, con crecimientos de dos dígitos en algunos meses clave y un diciembre especialmente fuerte. El relato es tentador: la España vaciada que se reinventa como destino de naturaleza, patrimonio y gastronomía; los pueblos que, gracias a las casas rurales y al senderismo de fin de semana, encuentran una tabla de salvación.
Sin negar la importancia de ese impulso, conviene colocar el dato en su sitio. El turismo rural es, por definición, un negocio estacional y vulnerable a los ciclos económicos. Genera rentas, sí, pero rara vez estructuras de empleo estable capaces de fijar población joven durante todo el año. Sin otras patas –industria ligera, economía del conocimiento, agricultura modernizada, servicios públicos robustos–, su capacidad de revertir la despoblación es muy limitada. El riesgo, de nuevo, es confundir un indicador coyuntural favorable con la prueba de un cambio de paradigma.
El ferrocarril Madrid‑Cuenca‑Valencia: la cicatriz que desmiente el relato
Es en el terreno de las infraestructuras donde la supuesta renovación ideológica de la política económica y social de Cuenca se revela, quizá, con mayor crudeza. Mientras se llenan discursos con la palabra “sostenibilidad”, la línea convencional Madrid‑Cuenca‑Valencia se cierra, el plan “xCuenca” se presenta como modernización y los pueblos del corredor se ven abocados a depender casi exclusivamente del coche privado o de un autobús puntual.
Los argumentos utilizados para justificar el cierre son un manual de racionalidad económica de corto alcance: baja demanda, costes elevados, existencia de alternativa de alta velocidad. Sin embargo, quienes conocen la historia del servicio recuerdan años de degradación deliberada, horarios imposibles, falta de inversión y abandono progresivo de la infraestructura. La baja demanda, en este contexto, no es un fenómeno natural sino el resultado lógico de una política orientada a condenar la línea a la irrelevancia y, después, a certificar su defunción con estadísticas “objetivas”.
Al mismo tiempo, los informes nacionales sobre el ferrocarril documentan que el tren mantiene millones de viajeros, gana peso en el transporte de mercancías y se consolida como pieza clave en cualquier estrategia de reducción de emisiones y cohesión territorial. En otras palabras: a escala estatal se reafirma el valor estratégico del ferrocarril, mientras que, a escala local, se asume sin pestañear que una provincia entera puede quedar atravesada por raíles oxidados sin que nadie se sonroje. Pocas imágenes condensan mejor la distancia entre el relato y la realidad.
¿Renovación ideológica o cosmética discursiva?
La política conquense ha incorporado, sin duda, un nuevo vocabulario. Ahora se habla de despoblación, de transición ecológica, de cohesión social, de servicios públicos como instrumento de desarrollo y no solo como gasto. Se reconoce la singularidad territorial, se aprueban leyes específicas, se diseñan incentivos fiscales para atraer población y empresas. En la superficie, el cambio es evidente; nadie, hace apenas veinte años, dedicaba tantas palabras a estas cuestiones.
La pregunta, sin embargo, es si esa renovación semántica ha venido acompañada de un giro real en la jerarquía de prioridades. Porque mientras el discurso se llena de “Cuenca remonta”, “nunca hubo tantos millones” y “oportunidades históricas”, el modelo de fondo sigue apostando por la carretera frente al tren, por la centralización en la capital frente a los servicios de proximidad, por el monocultivo de la obra pública y el turismo frente a una diversificación económica paciente. La provincia suma habitantes, sí, pero no necesariamente arraigo; suma inversiones, pero no siempre capacidades propias; suma visitantes, pero no siempre proyectos vitales.
Quizá la verdadera renovación ideológica que necesita Cuenca no consista en repetir las palabras de moda, sino en invertir de verdad la estructura de decisiones: tren público y accesible frente a autovía que atraviesa sin detenerse, tejido productivo diversificado frente a la dependencia de los presupuestos de otras administraciones, servicios públicos de proximidad frente a la concentración de recursos en unos pocos nodos urbanos. Solo cuando esa jerarquía se altere, cuando las vías dejen de ser símbolo de abandono para volver a ser arterias de vida, podremos decir que la provincia ha cambiado no solo de discurso, sino de destino.