Qué lástima, señores, que el alma impoluta, blanca como el armiño de aquel rapazuelo negro que nos alegraba la vida moviéndose con tanta soltura sobre los escenarios, cantando sus pegadizas melodías con la gracia de la improvisación que le pedía su desparpajo, impropio de su corta edad; no supiera mantener aquella candidez infantil a medida…