
La nueva alternativa no debe limitarse a ocupar el espacio del descontento: ha de convertirlo en una mayoría serena, organizada y capaz de gobernar.
Cuenca no necesita que le vuelvan a explicar que pierde población, que envejece, que su tejido empresarial es débil, que demasiados jóvenes se marchan o que su capitalidad provincial no se corresponde con el peso político que debería ejercer. Todo eso forma parte de un diagnóstico repetido durante años, convertido casi en una liturgia pública. Cada nueva legislatura comienza con un inventario de carencias y concluye con otro inventario muy parecido. Entre ambos momentos se suceden anuncios, convenios, presentaciones, fotografías y promesas parciales. La pregunta decisiva ya no es qué le ocurre a Cuenca, sino por qué una sociedad que conoce con tanta precisión sus problemas no consigue reunir la voluntad política necesaria para resolverlos.
La transformación política de Cuenca debe comenzar por una ruptura cultural: abandonar la resignación como forma de prudencia. Durante demasiado tiempo se ha considerado sensato aceptar que la ciudad dispone de un margen reducido, que depende inevitablemente de decisiones adoptadas en Toledo o Madrid y que cualquier proyecto ambicioso corre el riesgo de parecer ingenuo. Esa aparente moderación ha terminado produciendo un efecto paralizante. Cuenca se acostumbra a pedir poco, celebra inversiones que en otros lugares se considerarían ordinarias y contempla como inevitables decisiones que disminuyen su conectividad, su capacidad económica o su protagonismo territorial.
El ideario de «Somos Cuenca» parte de una tesis distinta: la ciudad no es pequeña porque tenga algo más de cincuenta mil habitantes; se hace pequeña cuando renuncia a decidir sobre su futuro. El tamaño demográfico condiciona, pero no determina. Existen ciudades europeas de escala semejante que han construido economías creativas, polos universitarios, modelos de bienestar, turismo de calidad o administraciones locales especialmente eficientes. El problema conquense no reside solo en la escasez de recursos, sino en la falta de una estrategia compartida que ordene esos recursos y mida sus resultados.
La política municipal actual se mueve entre dos grandes inercias. La primera es la administración de lo existente: mantener servicios, ejecutar obras, gestionar subvenciones y esperar la siguiente convocatoria europea o autonómica. La segunda es la nacionalización del debate local: trasladar a Cuenca las disputas ideológicas de Madrid, aunque apenas ayuden a limpiar una calle, agilizar una licencia, rehabilitar una vivienda o crear empleo privado. Ambas inercias dejan un espacio desatendido: el de una política genuinamente conquense, rigurosa en la gestión, exigente con las demás administraciones y concentrada en resultados visibles.
Las elecciones municipales de 2023 mostraron una ciudad fragmentada. El PSOE obtuvo diez concejales, el PP nueve, y Cuenca nos Une, la coalición Podemos-IU y Vox consiguieron dos cada uno. La aritmética permite pactos y gobiernos, pero también revela una ciudadanía que distribuye su confianza y que no concede a nadie una autoridad incontestable. La fragmentación no es necesariamente negativa; puede expresar pluralidad. Sin embargo, cuando las fuerzas minoritarias se limitan a actuar como complemento de los grandes partidos, el pluralismo se convierte en dependencia y la nueva política queda reducida a decidir quién gobierna, no para qué se gobierna.
«Somos Cuenca» solo tendría sentido si supera desde el primer día la tentación de ser bisagra. No puede nacer para administrar una pequeña cuota de poder ni para negociar concejalías a cambio de apoyar a una fuerza tradicional. Debe presentarse como una opción de gobierno y de mayoría, aunque su primer resultado electoral no le permita alcanzarla. Una organización que aspira a transformar debe comportarse como alternativa completa: candidato solvente, equipo reconocible, programa presupuestado, calendario de ejecución, sistema de evaluación y reglas internas que impidan el personalismo.
La primera transformación propuesta es psicológica. El diagnóstico sociológico elaborado en torno a «Somos Cuenca» identifica una mezcla de orgullo local, frustración cotidiana, desconfianza hacia lo nuevo, individualismo defensivo y dependencia de redes institucionales. No se trata de convertir esos rasgos en caricaturas del conquense, sino de comprender cómo influyen en la conducta política. Una comunidad puede sentirse profundamente orgullosa de su patrimonio y, al mismo tiempo, dudar de su capacidad para crear futuro. Puede defender con pasión sus símbolos y resignarse ante la pérdida de oportunidades. Puede criticar a sus gobernantes y continuar votando por costumbre, proximidad o miedo a lo desconocido.
Por eso la alternativa debe ofrecer cambio sin transmitir aventura. El votante conquense no parece inclinado a premiar la estridencia. Valora la reputación personal, el tono, la cercanía, la competencia profesional y la posibilidad de comprobar los resultados. La propuesta ganadora no será la más ruidosa, sino la que consiga unir dos sensaciones que a menudo se presentan como incompatibles: seguridad y renovación. «Somos Cuenca» debe demostrar que cambiar no significa saltar al vacío, sino sustituir inercias por método.
Ese método comienza con una auditoría cívica de la ciudad. No una auditoría concebida como persecución de adversarios, sino como fotografía pública del punto de partida: tiempos reales de tramitación, estado de las instalaciones, ejecución presupuestaria, contratos pendientes, viviendas vacías, locales sin actividad, situación de los barrios, evolución del comercio, accesibilidad, limpieza, movilidad, empleo privado y satisfacción ciudadana. Sin una línea de base, cualquier gobierno puede proclamar avances que nadie está en condiciones de contrastar.
La segunda pieza es un contrato municipal de mandato. Las candidaturas suelen presentar programas extensos en los que conviven medidas esenciales y promesas ornamentales. «Somos Cuenca» debería seleccionar doce compromisos principales, asignarles un coste, una fecha y un responsable político. Entre ellos: un plan de limpieza y belleza urbana en cien días; reducción comprobable del tiempo necesario para abrir un negocio; estrategia de alquiler y retorno joven; rehabilitación residencial del casco antiguo; presupuestos participativos de barrio; transparencia contractual; agenda cultural estable; captación de teletrabajadores y profesionales; apoyo al comercio; mejora de la movilidad; política de cuidados; y defensa de las conexiones ferroviarias y territoriales.
La tercera pieza es la recuperación del Ayuntamiento como institución facilitadora. La administración local no debe ser solo una máquina que tramita expedientes. Tiene que convertirse en agente de desarrollo. Cada área municipal debería preguntarse no únicamente si una iniciativa cumple la norma, sino qué puede hacer para que prospere dentro de la norma. La ventanilla única, la simplificación de formularios, la publicación de plazos, el silencio administrativo responsable y el acompañamiento a pequeñas empresas pueden producir más confianza que muchas campañas publicitarias.
La cuarta transformación afecta a la relación con la provincia. La capital no puede vivir de espaldas al territorio ni presentarse como competidora de sus pueblos. Cuenca ciudad debe ejercer una capitalidad útil: servicios compartidos, mercado cultural y comercial, nodo logístico, universidad conectada con la economía provincial, cooperación turística y representación política firme. El particularismo de «Somos Cuenca» no es municipalismo encerrado; es conciencia de que la ciudad y la provincia se necesitan mutuamente.
La quinta pieza es una política de autoestima basada en hechos. El orgullo no se decreta. Se construye cuando las calles están cuidadas, las instituciones responden, los jóvenes encuentran oportunidades, el patrimonio se habita, la cultura produce economía y la ciudadanía comprueba que su voz modifica decisiones. La campaña «Somos Cuenca» debe evitar la propaganda vacía. Cada mensaje positivo tendrá que apoyarse en una acción: una vivienda recuperada, un comercio abierto, un trámite reducido, una plaza rehabilitada o un proyecto cultural consolidado.
La alternativa electoral necesita también una ética de la oposición. Antes de gobernar, deberá demostrar cómo gobernaría. Eso significa presentar propuestas completas, reconocer aciertos ajenos, evitar ataques personales, publicar sus cuentas y explicar sus límites. La oposición útil no busca que todo salga mal para que el gobierno se desgaste; procura que la ciudad avance y ofrece una solución mejor cuando discrepa. Esa conducta puede parecer menos espectacular, pero acumula la confianza que decide unas elecciones municipales.
«Somos Cuenca» debe convertirse en una escuela de ciudadanía. Sus asambleas no deberían limitarse a preparar listas electorales. Tendrían que formar a vecinos en presupuestos públicos, urbanismo, contratación, políticas sociales, comunicación, participación y evaluación. Una candidatura con vocación transformadora no recluta solo nombres; crea capacidad colectiva. Cuantas más personas comprendan cómo funciona su Ayuntamiento, menor será la distancia entre institución y sociedad.
La transformación política de Cuenca no llegará mediante un salvador local. La historia reciente demuestra los riesgos de los proyectos excesivamente vinculados a una sola personalidad. El liderazgo es necesario, pero debe estar acompañado por normas, equipos y sucesión. La candidatura ideal combinaría credibilidad tranquila, experiencia de gestión, arraigo, apertura y capacidad para reunir perfiles diversos. No necesita un héroe; necesita una persona en la que la mayoría pueda confiar para hacer funcionar mejor la ciudad.
El primer artículo de esta serie concluye con una idea elemental: Cuenca no está condenada a repetir su política. La repetición es una elección colectiva, aunque se disfrace de fatalidad. Existe espacio para una mayoría nueva formada por moderados cansados, jóvenes que dudan entre quedarse y marcharse, autónomos agobiados por las trabas, vecinos que reclaman barrios dignos, profesionales que quieren aportar y abstencionistas que dejaron de creer en las siglas. Pero ese espacio no se ocupa con un logotipo. Se conquista con credibilidad, organización y un proyecto capaz de convertir el malestar en una voluntad serena de gobierno.
«Somos Cuenca» puede ser el nombre de esa voluntad, siempre que no se limite a decir quiénes somos. Su verdadera misión consiste en demostrar qué estamos dispuestos a hacer juntos. La transformación comenzará cuando la ciudad deje de esperar que alguien la rescate y asuma, sin grandilocuencia y sin miedo, la responsabilidad de rescatarse a sí misma.
La reconstrucción de la confianza exige además revisar la política de los pequeños anuncios. En Cuenca se ha normalizado presentar como estrategia lo que muchas veces es una suma de actuaciones desconectadas. Una subvención, una obra o un convenio pueden ser útiles, pero solo adquieren sentido transformador cuando responden a prioridades estables. El ciudadano debe poder relacionar cada decisión con un objetivo de ciudad. Por eso, el gobierno de «Somos Cuenca» articularía el presupuesto mediante misiones públicas: juventud y población, economía privada, ciudad habitable, cultura productiva, cohesión territorial y administración confiable. Cada misión reuniría programas de varias concejalías, evitando que los departamentos trabajen como compartimentos estancos.
Este enfoque obliga a introducir una cultura de evaluación independiente. No bastará con que el concejal responsable valore positivamente su propia política. Universitarios, profesionales y representantes vecinales podrían revisar los indicadores, detectar desviaciones y formular recomendaciones. La evaluación no paraliza; mejora. La experiencia municipal española está llena de planes que se aprueban con solemnidad y desaparecen sin balance. Cuenca debe ser la ciudad donde todo plan importante tenga memoria de resultados, explicación de costes y decisión expresa sobre su continuidad.
La mayoría de transformación tampoco puede limitarse al casco urbano. Las pedanías necesitan servicios, conexión y voz. Sus problemas suelen quedar lejos del debate central, pese a formar parte del municipio. «Somos Cuenca» debería establecer una carta de servicios para ellas, visitas periódicas del gobierno y una partida propia. El mismo criterio se aplicará a la relación con las asociaciones: la participación no dependerá de la capacidad de presión o cercanía, sino de procedimientos abiertos.
Otro cambio imprescindible afecta al tiempo político. Los gobiernos actúan con frecuencia pensando en el próximo titular o la siguiente elección. La ciudad requiere decisiones cuyos frutos quizá se vean después del mandato: rehabilitación, suelo productivo, formación, demografía o movilidad. El contrato electoral debe distinguir entre resultados inmediatos y procesos de largo plazo. La sinceridad temporal protege frente a la frustración y permite que la ciudadanía valore avances intermedios.
Finalmente, la transformación necesita un pacto generacional. Los mayores aportan memoria, redes y experiencia; los jóvenes, nuevas competencias y expectativas. Presentarlos como grupos enfrentados sería un error. La vivienda recuperada, la accesibilidad, los cuidados, la digitalización y la actividad cultural pueden beneficiar a ambos. Una ciudad que cuida a sus mayores y abre camino a sus jóvenes fortalece la misma comunidad. Esa alianza es el núcleo social de la mayoría que «Somos Cuenca» debe convocar.
La prueba definitiva será la capacidad para tomar decisiones impopulares cuando el interés general lo requiera. Transformar no equivale a complacer a cada grupo. Habrá prioridades incompatibles, recursos limitados y conflictos entre usos. El nuevo gobierno deberá escuchar, motivar sus resoluciones y asumir el coste político. La confianza tranquila no nace de evitar el conflicto, sino de resolverlo con reglas, información y respeto. Solo así la mayoría social dejará de ser una suma de expectativas y se convertirá en una comunidad política responsable.