
Una colaboración que me han pedido con destino al monográfico de homenaje póstumo a Raúl del Pozo me ha hecho beber de la honda fuente que poseo sobre la historia, la sociedad y la literatura conquense. Este largo vaso me ha forzado a afilar la pluma y poner un negroni -es decir, ese icono agridulce, descubridor de los secretos que transforman el ritual del barman en expresión personal- sobre el tapete, porque para hablar de la Cuenca de los Pancetas hay que tener el alma un poco galdosiana y la mirada curtida por el aire cortante de la Serranía. Así he compuesto esta crónica con el aroma, la adjetivación y el compás de Raúl del Pozo. Los esquemas y la metodología singular de este vendrán a darle título propio: El trono de las berenjenas
Cuenca es una ciudad vertical donde el cielo se toca con los dedos sucios de barro y la política siempre ha tenido un algo de sainete, de tragedia de corral de comedias. Me hablan de los Pancetas, esa estirpe de la desgobernanza, y uno siente el escalofrío de la historia que se repite en bucle, como un organillo desafinado en la Plaza Mayor. Eran, y son, los dueños de la nada, los monarcas de la arbitrariedad que confundieron el bastón de mando con un palo de ciego.
En la parte alta, donde las casas se cuelgan del abismo para no ver lo que pasa en los despachos, el «pancetismo» no es una ideología, es un estado mental. Es el gobierno de la barriga sobre el cerebro, de la ocurrencia sobre la ley. Se movían los Pancetas por las tabernas con esa majestad de los que no tienen donde caerse muertos pero se sienten césares de provincias. Cobraban tributos por respirar el aire de la hoz y aplicaban una justicia de ojo de buen cubero, siempre favorable al que pagaba la penúltima o al que guardaba un silencio de sacristía.
La desgobernanza de estos tipos no era falta de orden, era un orden distinto: el de la picaresca. Mientras el Estado mandaba legajos y sellos, ellos respondían con la siesta y el «ya veremos». Inventaron la burocracia del tocino, donde los expedientes se resolvían entre vapores de aguardiente y chistes de mal gusto. Eran los reyes de la «diablura», que no es otra cosa que la corrupción vestida de analfabetismo funcional.
Dicen los cronistas de barra y mala sombra que un Panceta nunca te miraba a los ojos, te miraba a la cartera o a la moza. Mandaban a golpe de capricho, convirtiendo la gestión pública en un cortijo de piedras milenarias. Cuenca, tan bella que duele, ha tenido que soportar a estos alguaciles de la desidia que, en lugar de arreglar las grietas de la ciudad, se dedicaron a ensanchar las de sus propias faltriqueras.
Hoy, cuando el asfalto quema y los políticos modernos hablan en un lenguaje de plástico y logaritmos, uno echa la vista atrás y ve la sombra del Panceta proyectada en los muros de la catedral. Porque el pancetismo, queridos, no se destruye, solo se transforma. Cambiaron la bota de vino por el Power Point, pero la desgobernanza sigue siendo la misma: esa vieja costumbre española de mandar sin saber, de reinar sin servir, y de dejar que la ciudad se caiga a pedazos mientras ellos se limpian la grasa de los labios con el pañuelo del presupuesto.
Cuenca sigue ahí, asomada al Júcar, esperando a que alguien la gobierne con el corazón y no con las tripas. Pero mientras tanto, los Pancetas de ayer y de hoy siguen celebrando su banquete de sombras, riéndose de la historia con una carcajada que suena a piedra rota y a tiempo perdido.
Donde antes había tripa y boina, hoy hay traje entallado y móvil de última generación; donde antes circulaban pellejos de vino, ahora se mueven powerpoints con fondos europeos y maquetas en 3D. Pero el fondo, ¡ay1, el fondo se parece demasiado. También ahora, en Cuenca, hay quien decide el futuro de todos con la alegre irresponsabilidad de los viejos Pancetas de los barrios altos.
Ahí está, como cicatriz reciente, la historia de la línea Madrid–Cuenca–Valencia. Una vía que durante décadas fue vena abierta de la provincia, tren de estudiantes, de funcionarios, de emigrantes de ida y vuelta, de gente que a duras penas podía decir “capital” pero sí podía subir a un vagón frío rumbo a una oportunidad. La cerraron como quien quita un tranvía de maqueta: con mapas, con informes y con la misma ligereza con la que los Pancetas de antaño decretaban la siesta como asunto de Estado.
El ferrocarril se fue por la puerta de atrás, envuelto en palabras gordas: eficiencia, modernización, sostenibilidad. Detrás de cada palabra se escondía la vieja liturgia del cacique simpático: nosotros sabemos lo que os conviene, vosotros firmad abajo. A Cuenca le dijeron que no perdía un tren, sino que ganaba un futuro radiante de autovías, plataformas logísticas y milagros logísticos varios. Y la provincia, cansada y desatada demográficamente, esbozó una media sonrisa escéptica, pero tragó. Los Pancetas modernos no piden ya ronda; piden confianza ciega en el último plan estratégico plastificado.
La desgobernanza tiene ahora membrete, logo y rueda de prensa, pero huele igual que antes. Se decide sobre los pueblos desde despachos que no conocen el frío de la estación al amanecer. Se levantan proyectos faraónicos en los folios mientras los andenes se llenan de hierba y graffitis. Se invoca Europa como antes se invocaba a la Virgen de la Luz: para justificar lo que ya estaba decidido en alguna sobremesa entre cargos. Los Pancetas de hoy no levantan la voz en la Plaza Mayor; levantan titulares y promesas en las capitales, y luego bajan a Cuenca a hacerse fotos sobre la ruina.
La línea Madrid–Cuenca–Valencia no es solo un ferrocarril cerrado: es un diagnóstico clínico. Dice que la España interior puede ser sacrificada en el altar del AVE y del balance de cuentas. Dice que se puede vaciar una provincia a base de pequeñas amputaciones: se corta la vía, se recorta el servicio, se ajusta el hospital, se fusiona la escuela. Dice, en definitiva, que la política regional y provincial hace tiempo que dejó de mirar el mapa por dentro y solo lo mira por las autopistas.
Si uno afina el oído, reconoce los viejos tonos. Cuando un gobernante explica que “no se podía hacer otra cosa”, está hablando como un Panceta de los de antaño: “si te han robado mientras dormíamos, la culpa es tuya por no esperar a que nos despertáramos”. Cuando se promete un sustituto milagroso al tren —un futurible logístico, una lluvia de inversiones que siempre está a cinco años vista—, suena a aquellos arbitrios inventados a pie de puente: pague ahora el peaje, ya veremos luego si le toca la suerte.
La provincia se queda mirando los raíles muertos como quien mira una fotografía de juventud. Ahí está lo que fuimos: un territorio conectado, modesto pero enlazado al mundo. Lo que venga ahora, si viene, será otra cosa: más asfalto, más camión, más precariedad de horarios y de vidas. Mientras tanto, los Pancetas del siglo XXI seguirán hablando de “transformación”, de “oportunidades”, de “proyectos tractores”. La retórica es tan exuberante como el silencio de las estaciones abandonadas.
El problema no es solo que hayan cerrado una línea; es que han cerrado una manera de estar en el mapa. Cuando se renuncia al tren, se renuncia a la idea de que los pueblos tienen derecho a ser algo más que un paisaje visto desde el coche. El ferrocarril era una promesa humilde de igualdad: pagar el mismo billete que en cualquier otra parte y llegar, aunque tarde, a los mismos sitios. Los Pancetas de la política actual han decidido que la igualdad ya no se mide en raíles, sino en notas de prensa.
Hace años, en las coplas de carnaval, se podía escuchar la burla contra aquellos Pancetas que querían ser jefes y no pasaban de bufones de barrio. La risa era un modo de defensa, un exorcismo colectivo. Ahora la cosa se ha complicado: los bufones tienen mayoría absoluta, asesores, gabinetes de comunicación y encuestas cualitativas. Siguen actuando como si Cuenca fuera su tasca, pero la tasca se llama presupuesto público y las rondas las paga una ciudadanía que, muchas veces, ya ni vive aquí.
Tal vez el único consuelo que nos queda sea seguir usando la palabra. Señalar sin miedo y decir: esto es gobierno de Pancetas. Nombrar las diabluras contemporáneas con la precisión de la memoria popular. Porque, al final, lo más moderno que puede hacer una provincia antigua es no perder la capacidad de llamar a las cosas por su nombre. Y escribir, una y otra vez, que cerrar un tren en un territorio que se desangra no es una decisión técnica: es una siesta moral.
A lo mejor, un día, los nietos de esta Cuenca vaciada cantan en sus propias murgas la historia de cómo unos señores muy serios, con corbata y powerpoints, se creyeron estadistas y no pasaron de Pancetas con coche oficial. Y quizá entonces, entre risa y reproche, alguien recuerde que hubo un tiempo en que se pudo levantar la voz, exigir el tren y despertar a los que dormían.