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La inoperancia del PSOE de Cuenca: una organización agotada para una provincia en caída (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el abril 14, 2026 por Juan Andrés Buedo
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En Cuenca, el PSOE no gobierna: se limita a administrar la decadencia. Con la Junta de Comunidades en manos socialistas, una mayoría absoluta en la Diputación y la alcaldía de la capital asegurada gracias al salvavidas de Cuenca Nos Une, la provincia debería ser hoy un laboratorio de soluciones frente a la despoblación y el abandono. Sin embargo, la realidad es que el partido mantiene un control institucional total que no se traduce en un cambio estructural visible para el territorio.

La gestión del PSOE conquense se ha convertido en una paradoja de poder sin proyecto. Mientras el discurso oficial presume de “estabilidad y progreso” y de grandes inversiones, la realidad demográfica y económica sigue lastrada por la pérdida de tejido productivo. Existe un contraste sangrante entre el relato de los “grandes proyectos” y datos básicos como el envejecimiento y la falta de empleo cualificado.

Esta inoperancia se manifiesta también en un estancamiento electoral evidente. El PSOE sobrevive en las instituciones, pero cada vez con menos margen y más basado en la inercia de la marca que en la ilusión ciudadana. En las municipales de 2023, el partido perdió concejales y votos, preservando la capital solo mediante pactos, mientras el malestar social alimenta el crecimiento de otras opciones políticas.

El primer síntoma de la inoperancia del PSOE de Cuenca es el abismo entre lo que cuenta y lo que pasa. Mientras sus dirigentes encadenan notas de prensa celebrando “grandes proyectos”, “estabilidad” y “datos históricos” contra la despoblación, la provincia sigue atrapada en los mismos males de siempre: pueblos que pierden habitantes, servicios que se adelgazan, jóvenes que hacen la maleta y un tejido productivo raquítico. Esa inflación de titulares, fotos y promesas ha sustituido al trabajo de fondo; Cuenca no necesita más eslóganes, sino un gobierno capaz de reconocer el fracaso del modelo aplicado hasta ahora y cambiar de rumbo.

El segundo síntoma es el estancamiento electoral camuflado tras el reparto de sillones. El PSOE presume de seguir gobernando la capital, la Diputación o de ser “referencia de progreso”, pero evita una verdad incómoda: cada vez depende más de pactos y muletas externas para sostenerse. En la ciudad de Cuenca, el poder municipal socialista ya no es el resultado de una hegemonía social, sino de un apaño con un partido local que le presta votos y legitimidad a cambio de cuotas de poder. Ese gobierno prestado no es un éxito político; es la constatación de que el PSOE ha dejado de ser capaz de ganar solo la confianza mayoritaria de los conquenses.

El tercer síntoma es un aparato encerrado sobre sí mismo, más pendiente de conservar cargos que de abrir puertas. Durante años, la misma estructura de nombres, lealtades y equilibrios internos ha bloqueado cualquier renovación verdadera. Se promociona una supuesta “nueva generación”, pero casi siempre tutelada por los mismos de siempre, sin autonomía ni proyecto propio, como simples recambios de un motor gripado. Esa lógica clientelar ahuyenta a perfiles con experiencia en la sociedad civil, en el mundo rural o en la economía real, que ven el partido como un círculo cerrado donde importa más el carnet y la obediencia que las ideas y el compromiso con la provincia.

El cuarto síntoma es una relación profundamente deteriorada con la ciudadanía. Un PSOE que vive de las instituciones, y no para las instituciones, acaba mirando a la gente como mero decorado electoral. Los vecinos aparecen cada cuatro años en los programas, en los mítines y en las fotos de campaña, pero desaparecen cuando se decide sobre trenes, sanidad, escuelas rurales o planificación económica. La consecuencia es una mezcla peligrosa de apatía y rabia: una parte de la población se resigna y deja de votar; otra canaliza su frustración hacia opciones que prometen “poner orden” aunque sea a costa de derechos y cohesión social. El PSOE de Cuenca, en lugar de contener esa deriva, la alimenta con su incapacidad para ofrecer una alternativa creíble.

El cúmulo de adversidades expuestas tiene unos efectos concretos sobre la provincia. La inoperancia del PSOE de Cuenca no es una abstracción: se palpa en el mapa y en las cifras, pero sobre todo en la vida diaria de la gente. Una provincia que podría estar utilizando su poder político acumulado para ganar influencia en Castilla-La Mancha y en Madrid se ha convertido en lo contrario: un territorio dócil, que traga decisiones lesivas a cambio de migajas y fotos. Cuenca no discute el modelo, lo sufre; y sus dirigentes socialistas se han especializado en explicar por qué “no se podía hacer otra cosa” cada vez que se consuma un retroceso.

El primer efecto es la pérdida de peso político y negociador. Cuando una provincia se acostumbra a decir siempre que sí, acaba siendo la candidata perfecta para los recortes, los cierres y las renuncias “inevitables”. De ahí salen decisiones que hipotecan décadas: infraestructuras que se abandonan, servicios que se concentran lejos, proyectos estratégicos que pasan de largo. Mientras otras provincias pelean por trenes, por industria o por centros de decisión, Cuenca se conforma con la promesa de algún parque empresarial, algún macroproyecto energético o alguna inversión puntual que se vende como “histórica” aunque no cambie la estructura económica de fondo.

El segundo efecto es la consolidación de un modelo de provincia frágil y desequilibrada. Pueblos envejecidos y cada vez más vacíos, capital que no termina de despegar, comarcas convertidas en meros espacios de extracción de recursos –energía, suelo, paisaje– sin retorno real para la población. La política socialista ha aceptado ese modelo como si fuera una ley natural, limitándose a repartir subvenciones y programas que alivian síntomas sin tocar las causas. En vez de un plan serio para fijar población, diversificar economía y garantizar servicios, Cuenca recibe parches y campañas institucionales destinadas más a justificar la gestión que a revertir el declive.

El tercer efecto es la desafección social y el deterioro de la cultura democrática. Cuando año tras año nada importante cambia, la ciudadanía interioriza un mensaje devastador: “da igual quién gobierne, esto no tiene arreglo”. Una parte se refugia en la abstención; otra se entrega a la rabia y busca castigar “a los de siempre”, aunque la alternativa sea peor para el territorio. El PSOE de Cuenca, lejos de combatir esa resignación, la alimenta con su manera de gobernar: opacidad, decisiones cocinadas de arriba abajo, uso patrimonial de las instituciones y una alergia notable a la autocrítica. Así se destruye no sólo la confianza en un partido, sino en la política como herramienta de cambio.

El cuarto efecto, quizás el más grave, es que Cuenca pierde tiempo histórico. Cada legislatura que se malgasta en sostener un liderazgo agotado es una oportunidad perdida para reorientar la provincia hacia un modelo distinto. Mientras se rellenan notas de prensa y se repiten discursos, la ventana demográfica se estrecha, los recursos públicos se comprometen en proyectos discutibles y los jóvenes que se marchan difícilmente volverán. La factura de la inoperancia no la pagarán los aparatos de partido ni quienes han hecho carrera en la política local; la pagarán las generaciones que vienen detrás, en forma de menos oportunidades, menos servicios y un territorio cada vez más difícil de defender.

Llegados a este punto, el problema del PSOE de Cuenca ya no es sólo lo que hace, sino quién lo dirige. Un partido puede equivocarse en una decisión o en una legislatura; lo insoportable es encadenar años de errores sin que nadie asuma responsabilidades políticas. La dirección socialista en la provincia ha convertido la excepción en norma: pase lo que pase fuera, dentro nunca dimite nadie, nunca se cuestiona nada de fondo y nunca se abre un verdadero debate sobre el rumbo. Esa cultura de la impunidad política es incompatible con la situación límite que vive Cuenca.

La primera razón para cambiar dirigentes es evidente: no se puede pedir a quienes han pilotado la decadencia que protagonicen la regeneración. Los mismos cuadros que han justificado cierres, renuncias y oportunidades perdidas no pueden presentarse ahora como arquitectos del nuevo modelo de provincia. Llevan demasiado tiempo invertidos en defender decisiones erróneas, en minimizar los daños y en vender como “éxitos” lo que a ojos de la ciudadanía es un fracaso. Pretender que encabecen el cambio es como encargar la reforma de la casa al albañil que la dejó apuntalada.

La segunda razón es de credibilidad democrática. Un relevo no es sólo cuestión de edades, sino de biografías y de coherencia. La ciudadanía ha aprendido a identificar determinados nombres con un modo de hacer política: opaco, cerrado, clientelar y dependiente de la obediencia a la dirección regional antes que del compromiso con la provincia. Mientras esas figuras sigan al mando –aunque se rodeen de caras nuevas en segundo plano–, cualquier discurso de renovación sonará a operación cosmética. Para que el mensaje de cambio sea creíble, tiene que ir acompañado de una retirada ordenada de quienes han monopolizado el poder orgánico e institucional durante demasiado tiempo.

La tercera razón es de simple eficacia. Un liderazgo agotado no sólo es injusto; es ineficaz. Dirigentes que llevan años en el mismo puesto pierden contacto con la realidad, se rodean de burbujas de leales y dejan de escuchar a quienes piensan distinto. Su prioridad pasa a ser conservar el control del aparato, no ganar batallas para su territorio. Esa lógica defensiva convierte cada conflicto en una amenaza personal, no en una oportunidad de mejorar. Cambiar dirigentes significa también liberar al partido de esa dinámica de miedo, abrir ventanas, dejar entrar aire nuevo y permitir que surjan equipos capaces de dialogar con la sociedad civil sin sentirse en peligro.

La cuarta razón tiene que ver con el futuro del propio PSOE. Si el partido no es capaz de regenerarse desde dentro, la regeneración vendrá desde fuera, y suele ser mucho más dura. Un PSOE que se aferra a sus viejos liderazgos en Cuenca corre el riesgo de convertirse en irrelevante en el medio plazo, arrasado por la combinación de abstención y voto de castigo. La paradoja es que, cuanto más se resistan los actuales dirigentes a soltar el mando, más probable será que el día que se vayan lo hagan tarde y mal, dejando tras de sí un solar político difícil de reconstruir. Cambiar ahora, de forma planificada y valiente, es también una forma de salvar lo que aún puede ser útil del proyecto socialista para la provincia.

En realidad, la pregunta que debería hacerse la militancia no es si es “justo” jubilar a quienes llevan toda la vida al frente, sino si Cuenca puede permitirse seguir hipotecada al miedo de unos pocos a perder su silla. Cuando una provincia está en emergencia, el apego al cargo no es una virtud; es una irresponsabilidad. Y ahí es donde el relevo de dirigentes deja de ser un capricho de críticos o de analistas y se convierte en una obligación moral con la gente a la que se dice representar.

Hablar hoy de la inoperancia del PSOE de Cuenca no es hacer leña de un árbol caído, sino asumir que ese árbol lleva años secándose sin que nadie en la dirección haya querido verlo. Lo verdaderamente irresponsable no es criticar a los que mandan, sino callar por miedo a que la alternativa sea peor. Si algo ha demostrado la experiencia reciente es que el silencio sólo fortalece a los aparatos y debilita a los territorios. Cuenca no puede permitirse más silencios cómplices ni más fidelidades ciegas a siglas que han olvidado para qué se les entregó la confianza.

Regenerar el PSOE de Cuenca no es un capricho de militantes críticos ni una fantasía de tertulia: es una condición de supervivencia democrática para la provincia. Hace falta aire nuevo, sí, pero sobre todo hace falta una ruptura clara con la cultura política que nos ha traído hasta aquí: dirigentes evaluados por sus resultados y no por su obediencia, instituciones al servicio de la gente y no al servicio del partido, y un proyecto de provincia que pese más que cualquier cálculo interno. Si el socialismo conquense quiere seguir siendo parte de la solución, tendrá que empezar por reconocer que hoy es parte central del problema.

La pelota, en realidad, ya no está sólo en el tejado de los despachos socialistas; está en manos de la militancia y de una ciudadanía que debe decidir si acepta seguir administrando la decadencia o exige, de una vez, un cambio de ciclo. Nadie va a venir de fuera a rescatar a Cuenca si Cuenca no se rescata primero de sus propios dirigentes inoperantes. Y ese rescate empieza por una decisión incómoda pero inaplazable: elegir entre conservar las sillas o proteger la provincia.

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