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El Techo de Cristal de Cuenca: Por qué la «Era Guijarro» debe llegar a su fin (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el abril 6, 2026abril 6, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Hay una máxima en la física y en la política que solemos ignorar hasta que el desastre es inevitable: nada permanece estático sin degradarse. En la provincia de Cuenca, esa inercia tiene nombre y apellidos, y responde a una estructura de poder que, tras décadas de omnipresencia, ha pasado de ser un motor a convertirse en un ancla. Hablamos de José Luis Martínez Guijarro.

Es difícil separar la falta de renovación de las políticas deficientes, porque a menudo una es la causa directa de la otra. Cuando un liderazgo se prolonga durante décadas, se corre el riesgo de que el proyecto político se convierta en una «inercia institucional» en lugar de una respuesta dinámica a la realidad.

Cuando las mismas caras dirigen la provincia desde hace 20 o 30 años, como es el caso de la trayectoria de Martínez Guijarro y su entorno, se producen varios fenómenos negativos:

  • Agotamiento de ideas: Se tiende a aplicar soluciones del siglo XX a problemas del siglo XXI (como la crisis demográfica o la digitalización rural).
  • Redes de clientelismo: El poder se vuelve endogámico. Las decisiones ya no se toman buscando la mejor opción técnica, sino la que mantiene el equilibrio interno del partido o de la red de influencias establecida.
  • Barrera para el talento joven: Los perfiles nuevos y con visiones frescas no encuentran hueco en las listas electorales o en los puestos de responsabilidad, lo que empuja a la «fuga de cerebros» también en la política local.

La falta de renovación deriva en políticas que muchos ciudadanos critican por ser más cosméticas que estructurales.

  • Grandes anuncios vs. Realidad diaria: Se anuncian macroproyectos turísticos o tecnológicos con gran despliegue mediático, mientras que un ciudadano de un pueblo de la Alcarria sigue teniendo problemas para que el médico vaya dos veces por semana o para tener una conexión a internet estable.
  • La pérdida de infraestructuras: La gestión del fin del tren convencional es el ejemplo perfecto de una política que prioriza el ahorro presupuestario o la «eficiencia» administrativa sobre el derecho a la movilidad y la cohesión territorial.

El actual Vicepresidente Primero es un superviviente peculiar, desde su propia salida a la palestra pública, instintivamente pegados sus codos a los de la alta jerarquía de su partido en la región. Ha navegado todas las corrientes del socialismo castellano-manchego, manteniéndose a flote mientras otros caían. Sin embargo, lo que para el aparato del partido en Toledo es «estabilidad», para el ciudadano de Cuenca empieza a ser percibido como parálisis, agarrotamiento y atrofia. La política, cuando se profesionaliza hasta el extremo de la perpetuidad, deja de escuchar el latido de la calle para centrarse exclusivamente en la acústica de los despachos.

La política del «PowerPoint» frente a la vía muerta

El problema no es solo la longevidad, sino el resultado de esta. Bajo la tutela de Guijarro, Cuenca ha asistido a la mayor desconexión entre el discurso oficial y la realidad territorial de su historia reciente. Mientras se nos venden leyes pioneras contra la despoblación en foros internacionales, el ciudadano ve cómo se levantan los raíles del tren convencional, amputando una arteria vital para la cohesión de nuestros pueblos.

Es la paradoja del ejercicio del poder mal entendido: gestionar el declive en lugar de combatirlo. El plan «XCuenca» es el monumento a esa política de rendición vestida de modernidad. Se nos pide que celebremos el autobús mientras perdemos el tren; se nos pide que aplaudamos macroproyectos de ocio mientras los servicios básicos en la Serranía o la Alcarria se mantienen con respiración asistida.

Por supuesto, el anquilosamiento de Guijarro no es solo una cuestión de gestión, sino de bloqueo democrático. Cuando una misma figura monopoliza la interlocución entre la provincia y la región durante tantos años, se crea un «tapón» que impide la renovación de ideas. Este embotellamiento se hace evidente en dos negativas resultas:

  • Se pierde la autocrítica: El entorno del poder se vuelve endogámico. Ya no se analizan los errores, se justifican. Ya no se proponen soluciones, se ejecutan consignas.
  • Se asfixia el talento: Las nuevas generaciones de líderes locales, con visiones más frescas y menos ligadas a las deudas del pasado, no encuentran espacio para respira

En ese marco, la trayectoria de José Luis Martínez Guijarro se ha convertido en un ejemplo paradigmático de una forma de gobernar que, sin ser escandalosa, sí resulta profundamente cuestionable.

Durante años, el discurso oficial ha insistido en que Cuenca es una prioridad. Que la despoblación se combate con inversiones históricas, con incentivos fiscales, con planes estratégicos. Y, sin embargo, basta recorrer la provincia —sus pueblos vacíos, sus servicios menguantes, su envejecimiento acelerado— para comprobar que la realidad no siempre acompaña al relato.

El problema no es la falta de acción sino la falta de impacto

Se han destinado recursos considerables a políticas contra la despoblación en Castilla-La Mancha, pero los resultados siguen siendo desiguales, cuando no directamente decepcionantes. Las medidas, en muchos casos, parecen diseñadas más para cumplir con una agenda política que para transformar de verdad las dinámicas estructurales del territorio. No basta con incentivar: hay que revertir tendencias. Y eso, a día de hoy, no ha sucedido.

A esta ineficacia se suma una apuesta discutible por los llamados “grandes proyectos”. El nuevo hospital de Cuenca, la ciudad deportiva o el macroparque de ecoturismo simbolizan una estrategia que confía en el efecto tractor de grandes inversiones. Sobre el papel, la fórmula es atractiva: empleo, actividad, dinamización. En la práctica, sin embargo, surgen dudas legítimas. ¿A quién benefician realmente estos proyectos? ¿Qué impacto tienen en el tejido local? ¿Son sostenibles a largo plazo?

Son unas cuestiones que demuestran la evidencia de un riesgo así, ligado a la conversión del desarrollo en un escaparate. Cuando las decisiones sobre el territorio se perciben como alejadas de la ciudadanía, cuando los cambios urbanísticos generan sospechas o cuando el modelo económico prioriza lo espectacular sobre lo estructural, la política deja de ser una herramienta de equilibrio para convertirse en un ejercicio de imposición suave. Legal, sí. Pero no necesariamente legítimo en términos sociales.

No se trata de señalar irregularidades donde no las hay, ni de caer en la descalificación fácil. El problema es más sutil —y quizás más preocupante—: una forma de ejercer el poder que normaliza la distancia entre quien decide y quien vive las consecuencias.

Cuenca no necesita más anuncios. Necesita certezas. Necesita políticas que no solo se expliquen bien, sino que funcionen. Necesita que el desarrollo no sea una promesa reiterada, sino una realidad tangible en sus pueblos.

Porque gobernar no es solo gestionar recursos. Es asumir responsabilidades. Y, sobre todo, es rendir cuentas ante una evidencia que ya no admite demasiadas interpretaciones: la provincia sigue perdiendo pulso. Y esto, tras años de gestión, también es una forma de fracaso.

La necesidad de un «Aire Nuevo»

Cuenca no puede permitirse ser el patio trasero de un proyecto político que parece haber perdido la ambición por la provincia. La sustitución de Martínez Guijarro no debe entenderse como un ataque personal, sino como una necesidad higiénica para nuestra democracia local.

Necesitamos liderazgos que no miren a Cuenca desde el retrovisor de un coche oficial que viaja a Toledo, sino desde el barro de nuestros pueblos y la urgencia de nuestras calles. Necesitamos a alguien que no tenga miedo a levantar la voz ante sus superiores cuando los intereses de la provincia son pisoteados, alguien que no esté comprometido con los errores cometidos hace diez años.

La «Era Guijarro» ha cumplido su ciclo. Prolongarla no es estabilidad, es decadencia. Cuenca necesita despertar de este letargo institucional y entender que, a veces, para que algo crezca, es imprescindible cambiar la tierra y, sobre todo, a quienes la cultivan. Por salud democrática, por futuro y por dignidad provincial: es hora de pasar página.

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