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El imperioso desbloqueo del «ideario conquense» (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el marzo 1, 2026marzo 1, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Hablar del “ideario conquense” no es invocar una esencia inmutable ni un manual de instrucciones identitario. Es, más bien, aproximarse a un conjunto de rasgos psicosociales que, sedimentados por la historia, la geografía y la experiencia compartida, han ido configurando una manera particular de estar en el mundo. En una época de identidades líquidas y pertenencias volátiles, detenernos a pensar qué significa ser y sentirse de Cuenca es un ejercicio de memoria y de responsabilidad colectiva.

Cuenca encarna el particularismo que Gerald Brenan diagnosticaba en El laberinto español: «España es el país de la patria chica». Aquí, cada rincón —el casco histórico como fortaleza medieval, las hoces como abrazo natural— se erige en república emocional, celosa de su mundo antes que del Estado. Esta identidad localista, heredera del genio castellano que Sánchez Albornoz ligaba a rudeza, sobriedad y violencia contenida, impregna el psiquismo colectivo: orgullo por lo propio, desconfianza al foráneo, franqueza en el trato que roza la aspereza.​

Históricamente, esta raíz se nutre de una moral coactiva eclesiástica —conventos y obispos como pilares de la conciencia durante siglos— que moldea usos orteguianos: normas sociales tardías que atan al individuo a la opinión pública, la costumbre y el derecho consuetudinario. Pedro Laín Entralgo lo resumía en su definición del español: nobleza, hospitalidad, sentido exacerbado de la propiedad. En Cuenca, esto se traduce en un individualismo ambivalente: retóricamente exaltado, pero práctico en redes familiares y clientelares que amortiguan la iniciativa personal.​

Hoy, esta manifestación histórica choca con la política actual. El Plan de Ordenación Municipal (POM) 2020-2050 y la Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible (DUSI), con sus 15 millones de euros federales, buscan regenerar barrios desfavorecidos y reforzar el patrimonio UNESCO para elevar la autoestima colectiva. Pero sin reconocer este particularismo como motor, no pasarán de cosmética: el conquense necesita sentirse protagonista de su ciudad-fortaleza, no mero turista en ella.​

Cotidianeidad tensa dominante: rutina, frustración y anhelo de equilibrio

La vida cotidiana conquense, como describe Ferrán Casas, oscila entre eventos rutinarios —necesarios para el mantenimiento vital: comer, vestir, relacionarse— y extraordinarios que rompen el equilibrio, generando placer o displacer. José Gutiérrez Barroso, en su diagnóstico sociológico, divide la realidad social en esferas valorativa, normativa y sociopolítica, donde la primera impregna las demás: valores como la supervivencia colectiva priman sobre el individualismo exacerbado.​

Esta tensión psicosocial se manifiesta en síntomas palpables: aburrimiento por rutinas repetitivas («todos los días son iguales»), frustración por pérdida de sentido, ansiedad ante cambios imprevisibles. Consuelo Martín et al. lo ilustran en su «proceso dinámico y dialéctico de la vida cotidiana»: mecanismos irreflexivos naturalizan hábitos (aseo, alimentación como obviedades), mientras eventos reflexivos (nacimiento, despido) demandan transformación. En Cuenca, esto se agrava por la «modernidad líquida» baumaniana: identidades frágiles, instituciones en crisis, impotencia pública ante un presente sin proyecto.​

Políticamente, la implicación es clara en la DUSI: 35% de inversiones en regeneración urbana contra pobreza y exclusión, 25% en patrimonio turístico, 20% en TIC y movilidad sostenible. Planes como el III Plan Local de Integración Social abordan infancia, mayores, migraciones y marginación, reconociendo necesidades pluripersonales: no solo fisiológicas (comer, habitar), sino psicosociales (pertenencia, reconocimiento). Sin embargo, sin desbloquear esta cotidianidad tensa —fomentando participación vecinal real—, estos esfuerzos quedarán en burocracia postmoderna.​

Reforma e impulso de la autoimagen patrimonial

El casco antiguo de Cuenca, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1996, opera como «libro abierto» de la memoria colectiva: paisaje urbano preservado desde el XII, fusión de arquitectura civil-religiosa y entorno natural. Programas como «Cuenca a Plena Luz» (1989) y el Plan Especial del Casco Antiguo revalorizaron esta dimensión, pasando de décadas de inhibición —débil sociabilidad, éxodo demográfico— a orgullo simbólico y económico. Miguel Ángel Troitino Vinuesa documentaba en 1995 el restablecimiento funcional: más empleo, hostelería, actividades socioculturales.​

Psicosocialmente, esto redefine la personalidad social conquense —concreta, transmisora de buenas noticias, responsable de errores, defensora de lo constructivo—, frente a una antisocial que busca la ruina ajena. Doce rasgos primarios (según el Handbook of Scientology) concurren en esta nueva conducción institucional: vergüenza de fechorías, apoyo a grupos constructivos, aversión al robo.​

Las urgencias de la actualidad política nos ponen ante la llamada de frenar las 5.000 viviendas vacías y otras tantas de segunda residencia post-boom inmobiliario. Olvidada por Dolz, se hace acuciante regresar a las advertencias de su predecesor al frente de la Alcaldía, Ángel Mariscal, cuando junto al concejal Julián Huete apremiaban un PGOU consensuado para 30 años, superando la fractura Adif que parte la ciudad desde los sesenta, y que -frente al error del equipo sacado desde la Casa del Pueblo/PSOE provincial- para nada requiere dentro del urbanismo moderno cargarse la infraestructura del tren convencional, sino todo lo contrario; cualquier manual de planificación conductista moderno lo enseña en sus primeras lecciones. Un nexo añadido al turismo cultural como pilar exige equilibrio residencial-turístico, evitando la turistificación problemática.​

La incomodidad postmoderna

Cuenca padece la «postmodernidad caducada» que Jordi del Río tildaba de boba: BoBos (bourgeois bohemios) derrochando jerga (transparencia, open data, recovery) sin ideas paliativas. Secuencia del capitalismo de ficción mediática —impactos sucesivos que impiden reflexión— genera una desconfianza creciente: quien controla los medios orienta la cultura política (Almond y Verba). Esto alimenta impotencia pública, estancamiento económico (hiperinflación de peluquerías y fruterías) y aldeanismo cosmopolita.​

Históricamente, la herencia eclesiástica y usos sociales coactivos han fomentado crítica ingenua sobre científica: hurgar en lo obvio (Caridad L. Casanova) para develar mitos generacionales. Hoy, contraargumento posible: ¿no es esta crítica elitista? No: reconoce la necesidad de selección meritocrática contra corrupción, como proponía del Río.​

Desde la sociedad civil se demanda una implicación más directa e inmediata a la clase política local, para que trabaje sistemáticamente para dar luz al nuevo PGOU y, paralelamente, abra las puertas a la añosa burocratización, mediante el camino del esquema triangular de Xurigu —integración económica-social, territorial-económica, social-territorial—. Gobiernos locales como el conquense deben subvertir jerarquías estatales, articulando gestión pública con sociedad civil en un localismo cosmopolita.​

Una mayor cohesión del bienestar pluripersonal y la cultura laboral

Ferrán Casas distingue tres conceptualizaciones del bienestar: académica, políticas sociales, aspiracional. En Cuenca están pendientes de confluir en la puesta en práctica de planes integrales emergentes. Bueno sería que el Ayuntamiento impulsase una unas potenciales Jornadas de Política Social (como hizo Granada ya en 1994), abarcando infancia, mujer, drogodependencias, participación, creación de nuevos empleos y puesta en práctica de IA en la Administración municipal. Un foco caliente de áreas aplicadas a necesidades inseparables: fisiológicas socializadas (alimentación como reafirmación grupal) y psicosociales (autoestima, seguridad).​

De ese gran evento podría arrancar la palanca de transformación de la cultura laboral: hábitos, símbolos y resistencias obreras frente a hegemonías municipales. Se reclama de manera consecuente otro liderazgo relacional, unido a una planificación largoplacista., alejada de las traviesas de gobernanza aplicadas por el subalterno de Martínez Guijarro, un Darío Dolz muy ajustado a los mandatos de la jerarquía retardataría de su partido.

La matriz para el futuro es el eje del desbloqueo

Rasgo PsicosocialManifestación HistóricaImplicación Política Actual
Identidad Castellana/Localista«Patria chica»: particularismo, orgullo casco histórico; moral eclesiástica coactiva.POM 2020-2050: regeneración barrios, patrimonio UNESCO para autoestima. ​
Individualismo AmbivalenteRudeza sometida a clientelismo; usos orteguianos tardíos.Esquema Xurigu: integrar social-económico-territorial; liderazgo relacional. ​
Cotidianeidad TensaRutina vs. extraordinario: frustración, ansiedad.DUSI: pobreza/exclusión, inserción laboral, movilidad sostenible. ​
Autoimagen PatrimonialInhibición a orgullo post-1996 («Cuenca a Plena Luz»).Plan Casco Antiguo: equilibrar residencial-turístico; frenar vacíos. ​
Malestar PostmodernoModernidad líquida: BoBos, ficción mediática.PGOU 30 años: transparencia meritocrática, superar Adif. ​
Bienestar PlurinpersonalNecesidades fisiológicas+psicosociales; envejecimiento.Planes integrales: 35% regeneración urbana desfavorecida. ​

Cuenca no precisa más diagnósticos -tres de mis libros así lo demuestran (Contexto sociopolítico y progreso de Cuenca, 2009; Particularismo de Cuenca, 2018; Enigmas del porvenir de Cuenca, 2020)-, sino praxis: desbloquear su ideario psicosocial para una ciudad cohesionada. De este amplio conjunto facultativo se deduce el requisito de conquistar el derecho a la urbe plena, donde el conquense —castellano, tenso, patrimonial— sea agente transformador, no espectador líquido.

Resumiendo, el ideario conquense, entendido como conjunto de disposiciones psicosociales compartidas, se mueve entre dos polos: el orgullo identitario y el desafío estructural. Orgullo por un patrimonio histórico, natural y cultural excepcional; desafío ante problemas como la despoblación, la brecha de oportunidades o la necesidad de diversificar la economía.

Quizá el gran reto del presente sea transformar los rasgos tradicionales —sobriedad, resiliencia, apego al territorio— en palancas de futuro. Hacer de la discreción una marca de autenticidad; de la condición periférica, una oportunidad de singularidad; del arraigo, un motor de innovación sostenible.

Porque el ideario conquense no es una reliquia. Es una construcción dinámica que se reescribe cada día en las calles empedradas del casco antiguo, en los pueblos de la provincia y en cada joven que decide quedarse —o volver— para demostrar que vivir al borde no es sinónimo de precariedad, sino de equilibrio y fortaleza.

Cuenca, suspendida sobre la roca, nos recuerda que la identidad no se proclama: se practica.

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