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«El compromiso de Samuel Eskenasy», la nueva novela de Juan Andrés Buedo

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Adelantamos unas páginas de  lectura de la nueva novela de Juan Andrés Buedo, ‘El compromiso de Samuel Eskenasy’ (Universo de Letras), que ha llegado a librerías esta semana.

El libro es un melodrama histórico que recoge la crónica fehaciente de los acontecimientos más destacados ocurridos en España entre 1939 y 1945, durante la llamada era de Franco en la posguerra, que desde su inicio estableció leyes represivas, depuradoras e inclementes. En la obra se glosa la inmensa y generosa idiosincrasia de las familias sefardíes inmersas en la trama; contiene, además, referencias fidedignas al expolio nazi, al antisemitismo creciente en la Europa de aquellas fechas, al Holocausto y a los sufrimientos de la España de la posguerra civil, con las asperezas de la vida cotidiana en la época del hambre, el racionamiento y el estraperlo.

En los albores de la dictadura, España no solo sufrió una reconstrucción material, sino una profunda descomposición moral. La literatura emerge hoy como el cauce necesario para rescatar la ética frente al silencio impuesto.

Escribir sobre la posguerra española no es, o no debería ser, un ejercicio de nostalgia estéril ni un ajuste de cuentas con el calendario. Es, ante todo, una interpelación al presente: una forma de preguntarnos quiénes fuimos y por qué, cuando las armas callaron en 1939, la paz se convirtió en un horizonte inalcanzable para millones de personas. Si la guerra terminó sobre el papel, la posguerra se instaló en las casas y en las conciencias como una marea lenta de represión, hambre y miedo.

Ese tiempo histórico, prolongado y a menudo silenciado por la inercia de las décadas, es el que me empujó a habitar literariamente los primeros años de la dictadura en El compromiso de Samuel Eskenasy. Parte II: El Artista de Valdeganga. En aquel escenario, el país intentaba recomponerse materialmente mientras se descomponía moralmente. Entre campos de concentración, consejos de guerra sumarísimos y depuraciones profesionales, la dignidad humana pasó a ser un lujo casi inalcanzable.

En mi aproximación a esta época, no he buscado la novela de consignas ni el maniqueísmo de trazo grueso. La realidad de nuestra posguerra fue una arquitectura de grises. Hubo quien colaboró para sobrevivir, quien resistió en un anonimato asfixiante y quien, sencillamente, quedó atrapado en una red de arbitrariedades. La literatura tiene la obligación ética de atender a esa complejidad sin simplificarla, huyendo de los héroes de mármol para buscar la carne y el hueso.

Samuel Eskenasy, el artista y marchante sefardí que vertebra esta historia, no es un héroe en el sentido clásico. Es un hombre obligado a convivir con la derrota sin dejarse devorar por ella. A través de su mirada, exploro cómo la ética personal se pone a prueba cuando el poder convierte el miedo en norma y la obediencia en virtud. Es ahí, en la «banalización del mal» que se normaliza bajo el amparo de una supuesta moral superior, donde la delación y la humillación se volvieron cotidianas.

Existe la convicción de que la memoria histórica pertenece exclusivamente a los historiadores o a la frialdad de los archivos. Sin embargo, la literatura posee un papel insustituible: es capaz de transmitir la dimensión emocional y ética de los hechos; aquello que, por su naturaleza intangible, no cabe en un documento oficial ni en una estadística de represaliados.

El Artista de Valdeganga no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino abrir preguntas que aún resuenan en nuestro presente:

  • ¿Cuál es el precio real del silencio?
  • ¿Cómo se sostiene la responsabilidad individual frente a la masa?
  • ¿Qué tan frágil es la libertad cuando la ley se utiliza para la exclusión?

Escribir sobre este pasado es, en última instancia, una forma de compromiso con la dignidad humana. La literatura debe ayudarnos a mirar de frente nuestra historia, incluso cuando el reflejo que nos devuelve resulta profundamente incómodo. Solo así podremos entender que la paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de la justicia y el fin definitivo de ese largo silencio que algunos llamaron posguerra.

Por eso mismo no hay héroes ni villanos de cartón piedra; se traza un retrato coral de una sociedad sometida, donde la resistencia se mide en gestos mínimos —ayudar a un vecino, preservar un recuerdo, rechazar la delación—. La prosa, sobria y reflexiva, evita el maniqueísmo para ofrecer una lección de complejidad humana, con el balneario de Valdeganga y la Mancha rural como telón de fondo de una posguerra que, como digo, «no terminó nunca para millones».

Esta novela llega en un momento oportuno para Cuenca y Castilla-La Mancha, tierras que custodian memorias silenciadas de esa época. Su rigor documental —basado en testimonios reales y archivos— la posiciona como lectura ideal para clubes, aulas e institutos, donde el debate sobre memoria histórica y responsabilidad individual puede extenderse más allá de las páginas. Comparable a las grandes novelas de posguerra de Muñoz Molina o Almudena Grandes, «El Artista de Valdeganga» trasciende el género para convertirse en un acto de conciencia literaria.​​

Disponible ya en https://libros.cc/El-compromiso-de-Samuel-Eskenasy.htm?isbn=9791388010248, invita a lectores exigentes a confrontar un pasado que resuena en el presente. La Vanguardia de Cuenca anima a descubrirla: porque la literatura manchega gana cuando rescata sus verdades incómodas.

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