
Hay ciudades que no caen de golpe, sino que se desgastan lentamente. No hay un día concreto que marque el inicio del declive, ni una imagen icónica que lo resuma todo. El proceso es más sutil, más incómodo y, por ello mismo, más difícil de afrontar. Cuenca pertenece a esa estirpe de ciudades que no han sido derrotadas por una catástrofe, sino por la acumulación de inercias, silencios y oportunidades no asumidas. Mirarla hoy exige algo más que nostalgia o autocomplacencia: exige una reflexión honesta, incluso incómoda, sobre lo que somos, lo que hemos perdido y, sobre todo, lo que aún podríamos ser.
Este artículo no pretende dictar soluciones técnicas ni elaborar un plan estratégico al uso. Pretende, más bien, situar el debate en el terreno que suele evitarse: el de la cultura cívica, el imaginario colectivo y la voluntad política entendida en su sentido más amplio. Porque el problema de Cuenca no es solo económico ni demográfico. Es, ante todo, un problema de conciencia urbana.
I. El declive silencioso: cuando una ciudad se acostumbra a perder
El declive de Cuenca no ha sido estruendoso. No ha habido fábricas cerrando en cascada, ni explosiones sociales, ni episodios traumáticos que obligaran a reaccionar con urgencia. Ha sido, por el contrario, un proceso lento, casi educado, que se ha ido filtrando en la vida cotidiana: jóvenes que se marchan sin hacer ruido, comercios que bajan la persiana sin protestar, proyectos que no llegan a nacer porque “aquí eso no funciona”.
Durante décadas, Cuenca ha vivido instalada en una paradoja. Por un lado, una ciudad con un patrimonio excepcional, una calidad paisajística singular y una historia cultural que muchas capitales envidiarían. Por otro, una ciudad incapaz de convertir esas fortalezas en un proyecto de futuro sólido y compartido. Entre ambas realidades se ha abierto una brecha que explica buena parte del desencanto actual.
La despoblación no es solo un fenómeno estadístico; es un síntoma. Cada joven que se va no es únicamente una cifra menos en el padrón, sino una inversión social perdida, una biografía que no se desarrolla aquí, una red de relaciones que se debilita. La pérdida de población activa arrastra consigo menos iniciativa económica, menos diversidad cultural, menos presión social para mejorar. Y así se entra en un círculo vicioso del que cuesta salir.
A este proceso se ha sumado una estructura económica frágil, excesivamente dependiente del sector público y de servicios de bajo valor añadido. El turismo, tantas veces invocado como tabla de salvación, ha sido más un recurso retórico que una estrategia bien articulada. Se ha apostado por la imagen sin consolidar el contenido, por el evento puntual sin construir un ecosistema cultural y creativo estable. El resultado es un turismo intermitente, poco integrado en la vida urbana y con escasa capacidad transformadora.
Pero quizá el elemento más preocupante no sea económico, sino cultural. Cuenca ha ido normalizando la pérdida. Ha aprendido a convivir con el retroceso como si fuera un rasgo natural del paisaje, algo inevitable frente a lo que solo cabe resignarse. Esa resignación es el verdadero núcleo del declive, porque cuando una ciudad deja de imaginarse a sí misma en el futuro, empieza a desaparecer mucho antes de hacerlo en los mapas.
II. El problema no es solo externo: cultura cívica, poder local y autolimitación
Sería cómodo atribuir todos los males a factores externos: la centralización del Estado, el abandono histórico del interior, la lógica implacable de los mercados globales. Todo eso influye, sin duda. Pero explicarlo todo desde fuera es una forma de eximirnos de responsabilidad. Cuenca no es solo víctima de procesos ajenos; también es resultado de decisiones locales, de estilos de gobierno y de una determinada cultura social.
Durante demasiado tiempo ha faltado un liderazgo de ciudad capaz de pensar más allá del corto plazo y de los ciclos electorales. No se trata solo de personas concretas, sino de una forma de ejercer el poder local: fragmentada, defensiva, más preocupada por administrar lo existente que por transformar la realidad. La política municipal ha tendido a gestionar la escasez en lugar de disputar el futuro.
A ello se suma una debilidad histórica de la sociedad civil organizada. Aunque existen asociaciones y colectivos valiosos, no ha cuajado una masa crítica suficiente capaz de influir de forma sostenida en las decisiones estratégicas. El debate público suele ser reactivo, centrado en agravios puntuales, pero rara vez se articula en torno a un proyecto común de ciudad. Falta una conversación colectiva madura sobre hacia dónde queremos ir y qué estamos dispuestos a cambiar para lograrlo.
Existe, además, un rasgo cultural más profundo: una cierta autolimitación simbólica. La idea, tan repetida, de que “Cuenca es pequeña” no describe solo un tamaño físico, sino una mentalidad. Se confunde la escala con la ambición, y se asume que determinadas iniciativas, innovaciones o apuestas “no son para aquí”. Esa mentalidad es devastadora, porque convierte la prudencia en inmovilismo y la identidad en excusa para no arriesgar.
Paradójicamente, en un mundo de ciudades intermedias conectadas en red, el tamaño podría ser una ventaja. Pero para que lo sea, hay que creérselo primero. Hay que abandonar la comodidad del particularismo y asumir que la singularidad solo tiene sentido si se proyecta hacia fuera. De lo contrario, se convierte en aislamiento.
III. Volver a pensar Cuenca: la transformación como decisión colectiva
El futuro de Cuenca no depende de una gran obra, ni de una subvención milagrosa, ni de una moda pasajera. Depende de algo más complejo y más exigente: una decisión colectiva de cambio. Transformar la ciudad implica, ante todo, transformarnos como comunidad política y social.
Lo primero es recuperar la idea de proyecto. No un plan técnico encerrado en un cajón, sino un relato compartido que dé sentido a las decisiones cotidianas. ¿Qué tipo de ciudad queremos ser en veinte o treinta años? ¿Una ciudad dormitorio envejecida y dependiente, o una ciudad intermedia viva, culturalmente activa y socialmente cohesionada? La respuesta no es obvia ni única, pero debe formularse explícitamente.
Ese proyecto pasa por una gobernanza distinta. Más abierta, más transparente, más exigente consigo misma. La participación ciudadana no puede reducirse a consultas simbólicas; debe convertirse en corresponsabilidad. Gobernar bien no es solo decidir, sino generar confianza, incorporar conocimiento y aceptar el conflicto como parte natural del cambio.
En el plano económico, la clave está en activar capacidades endógenas. Cuenca no va a competir en volumen, pero sí puede hacerlo en calidad: cultura contemporánea vinculada al patrimonio, economía creativa, innovación social, cuidado del territorio, calidad de vida como valor productivo. Todo ello requiere invertir en talento, atraer y retener población joven, conectar la ciudad con redes nacionales e internacionales.
Nada de esto será posible sin un cambio de actitud. Hay que abandonar el discurso del lamento y sustituirlo por el de la responsabilidad compartida. Cuenca no necesita que la salven desde fuera; necesita creerse capaz de salvarse a sí misma, con alianzas, sí, pero desde una posición activa.
Mirar el declive de frente no es un ejercicio de pesimismo, sino el primer paso para superarlo. Las ciudades que se reinventan no son las que niegan sus problemas, sino las que los convierten en motor de transformación. Cuenca aún está a tiempo. Pero el tiempo, como la población joven y las oportunidades, no espera indefinidamente.
La pregunta, en última instancia, no es si Cuenca puede cambiar. La pregunta es si queremos hacerlo de verdad. Porque toda transformación comienza ahí: en la voluntad colectiva de dejar de acostumbrarse a perder.
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