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La cláusula que podría paralizar Cuenca (por Juan Andrés Buedo)

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Cuando las promesas urbanas chocan con la realidad jurídica

El diálogo no es solo el intercambio de palabras; es el puente que construimos para dejar de ser extraños. Cuando una conversación es «importante», deja de ser un trámite y se convierte en una oportunidad de transformación. Así lo observé tras escuchar un audio -transmitido «a los oportunos efectos» por el experto profesional en el ámbito del ferrocarril Eduardo Cruz- que a continuación dispongo para quienes deben oírlo:

Todo el mundo ha oído hablar de la letra pequeña de los contratos, ¿no?
Esa parte que, bueno, que nadie lee hasta que las cosas van mal.
Sí, cuando ya es tarde.
Exacto.

Pues bien, en los grandes proyectos que definen el futuro de una ciudad, esa letra pequeña puede tener el poder de paralizarla durante décadas.
Hoy no vamos a analizar un artículo de opinión ni un estudio, sino algo mucho más denso y francamente más revelador.
Nos metemos directamente en el texto legal.
En la sala de máquinas, sí.

Concretamente, vamos a examinar a fondo la cláusula séptima de un convenio de desarrollo urbanístico en Cuenca.
Un acuerdo a tres bandas.
A tres bandas, Ayuntamiento, Diputación y ADIF.
La pregunta que nos guía es muy sencilla, ¿qué pasa si un proyecto tan importante para una ciudad fracasa?

Una pregunta justa y necesaria que permite, desde el inicio, comprender la diferencia entre hablar y dialogar. Hablar es un acto físico; dialogar es un acto de voluntad. En un diálogo importante, el objetivo no es ganar una discusión, sino perder el miedo a comprender al otro. Si sales de una conversación pensando exactamente lo mismo que al entrar, quizás solo tuviste dos monólogos simultáneos.

La bomba de relojería en la letra pequeña

Un análisis detallado de la cláusula séptima del convenio de desarrollo urbanístico entre el Ayuntamiento de Cuenca, la Diputación y ADIF revela riesgos catastróficos para la ciudad. Esta disposición, que regula la extinción del acuerdo, podría desencadenar parálisis urbanística, deudas millonarias y litigios por décadas si el proyecto fracasa a mitad de camino. El diálogo transcrito del audio expone con crudeza cómo un lenguaje «peligrosamente estándar» invita a conflictos inevitables en un plan clave para transformar la «cicatriz ferroviaria» de Cuenca.

Estructura del convenio y sus vulnerabilidades
Causas de ruptura: Del mutuo acuerdo al campo de minas

El convenio se extingue por mutuo acuerdo, incumplimiento de obligaciones, decisión judicial o fuerza mayor. La vía amistosa parece ideal, pero realistas, con intereses y millones en juego, rara vez ocurre. El verdadero peligro radica en el «incumplimiento grave», un concepto ambiguo sin umbrales definidos: un retraso de tres meses en una licencia o una desviación presupuestaria del 5-10% podría interpretarse como tal, abriendo puertas a guerras judiciales eternas.​

Esta vaguedad no es un detalle técnico, sino una invitación a instrumentalizar tropiezos menores. Como se detalla en el análisis, jueces decidirían años después si un retraso fue «grave», paralizando todo.​

Consecuencias: Tres bloques de caos

El audio agrupa los riesgos en tres bloques devastadores.

1. Limbo de los terrenos. Obras iniciadas, vías levantadas, terrenos cedidos por ADIF: si el proyecto muere, ¿de quién es el suelo? Inseguridad patrimonial total impide licencias, bloqueando conexiones vitales como la calle Orilla del Júcar. Cuenca quedaría con una «herida abierta» en su centro, sin ladrillo ni árbol plantable legalmente.​

2. Responsabilidad patrimonial: Deuda generacional. El incumplidor paga todos los gastos incurridos a las otras partes: estudios, maquinaria, millones invertidos. Una indemnización así «hipotecaría arcas municipales por generaciones», impidiendo colegios, calles o servicios sociales durante décadas.​

3. Crisis de identidad del suelo. Anulado el convenio, el terreno vuelve a uso ferroviario por ley estatal, pese a que las vías ya no existen. Conflicto con el PGOU local (zonas verdes/residenciales) genera caos jurídico: años de pleitos entre administraciones estatal y local, con el suelo abandonado.​

Fallos de diseño: Ausencia de plan B

La mayor debilidad es la falta de contingencia para obras a medio terminar. Solo prevé éxito total o fracaso inicial, ignorando el «escenario más probable» en proyectos complejos. Sin fórmula matemática para indemnizaciones, una comisión con las mismas partes (juez y parte) garantiza bloqueo y judicialización.​

El resumen brutal: «Cuenca se quedaría con terrenos levantados, sin tren y sin parques, envuelta en un pleito que duraría 10-15 años». Una ciudad paralizada, endeudada y litigiosa.​

RiesgoDescripciónImpacto en Cuenca
Ambigüedad incumplimientoSin definición de «grave»Batallas judiciales de décadas ​
Limbo terrenosPropiedad indefinida post-rupturaParálisis urbanística total ​
IndemnizacionesPago total de gastos incurridosDeuda ruinosa por generaciones ​
Conflicto legalLey ferroviaria vs. PGOULitigios estatal-local eternos ​
Comisión seguimientoPartes como árbitrosBloqueo inevitable en conflicto ​
Contexto del proyecto en Cuenca

Este convenio busca integrar la franja ferroviaria abandonada, convirtiéndola en espacios urbanos vitales para movilidad y repoblación rural. En Castilla-La Mancha, donde Cuenca lucha contra despoblación, fallar aquí sería un mazazo. El análisis critica la negligencia de usar plantillas genéricas en un pacto que redefine la ciudad.​

Lecciones para contratos públicos

Este caso ejemplifica la necesidad de prever lo peor en acuerdos multimillonarios: precisión quirúrgica en incumplimientos, planes de salida justos y fórmulas claras. No es pesimismo, sino responsabilidad. El coste real: tiempo perdido, desarrollo frenado y frustración ciudadana ante promesas convertidas en heridas abiertas.​

¿Está este convenio diseñado para triunfar o para aplazar conflictos inevitables a jueces futuros? En Cuenca, el futuro urbanístico pende de esta cláusula frágil.

Análisis de la «Encrucijada» de Cuenca

El documento revela que la ciudad se encuentra en una posición de extrema fragilidad. Si los colectivos que defienden el tren convencional logran que los tribunales paralicen el desmantelamiento de la vía, se activaría automáticamente la cláusula de suspensión.

Esto dejaría a Cuenca en el peor de los mundos posibles:

  • Sin Servicio Ferroviario: La línea de tren convencional ya no estaría operativa o funcional.
  • Sin Transformación Urbana: Los parques y calles prometidos no se construirían mientras dure el litigio.
  • Sin Alternativas: El Ayuntamiento quedaría atado de manos por un convenio que prohíbe avanzar mientras existan pleitos pendientes.

El convenio ADIF–JCCM–Ayuntamiento nace con un objetivo claro: reorganizar los terrenos ferroviarios y facilitar su integración en el tejido urbano. Sobre el papel, el esquema parece sencillo. ADIF aporta suelo, las administraciones coordinan planeamiento y se abre la puerta a futuras actuaciones urbanísticas.

Pero en derecho administrativo y urbanístico, los matices importan. Y mucho. El texto del convenio introduce una cláusula que condiciona el desarrollo efectivo de cualquier actuación a una serie de decisiones posteriores, algunas de ellas fuera del control directo del Ayuntamiento. Es ahí donde surge el principal riesgo: el acuerdo no garantiza la ejecución, pero sí compromete expectativas políticas, económicas y sociales.

Dicho de otro modo: Cuenca asume compromisos y genera expectativas sin tener asegurado el resultado final.

La cláusula crítica: cuando todo depende de terceros

La cláusula más controvertida establece que cualquier desarrollo urbanístico queda supeditado a decisiones futuras de ADIF y a la viabilidad técnica, económica y administrativa que ese organismo determine en cada fase. En términos sencillos, el Ayuntamiento no tiene la última palabra sobre unos suelos que, sin embargo, ya se incorporan al discurso político como motor de transformación urbana.

Este tipo de redacción no es anecdótica. Significa que, si en algún momento ADIF considera que las condiciones no son favorables, el proyecto puede quedar congelado sin que exista un mecanismo claro de compensación, arbitraje o ejecución forzosa. La ciudad se queda esperando. Y esperando indefinidamente.

Para el lector no especializado, conviene explicarlo con claridad: el convenio no obliga de forma efectiva a ejecutar las actuaciones prometidas. Solo establece un marco de colaboración condicionado. Es como anunciar la construcción de una casa sin haber firmado todavía ni el proyecto ni el presupuesto ni el calendario.

Desde el punto de vista legal, esto no invalida el convenio. Pero desde el punto de vista político y social, lo convierte en un instrumento frágil, expuesto a cambios de criterio, prioridades presupuestarias o incluso conflictos interadministrativos.

El primer riesgo es la inseguridad jurídica. El Ayuntamiento puede verse obligado a adaptar su planeamiento urbano a un desarrollo que, en realidad, no controla. Si el proyecto se paraliza, revertir esos cambios no es inmediato ni gratuito.

El segundo riesgo es el bloqueo administrativo. Cualquier retraso o desacuerdo puede traducirse en años de parálisis, con suelos estratégicos sin uso definido y una ciudad que ve cómo las grandes promesas se diluyen en trámites interminables.

El tercer riesgo es el contencioso. Si alguna de las partes considera que se han vulnerado expectativas o compromisos, el escenario judicial no es descartable. Y cuando las administraciones litigan entre sí, quien pierde siempre es el territorio.

Uno de los aspectos menos explicados del convenio es su impacto económico real. El Ayuntamiento asume costes indirectos: estudios técnicos, modificaciones de planeamiento, personal administrativo y, potencialmente, inversiones previas. Todo ello sin la certeza de que el desarrollo urbanístico llegue a materializarse.

Si el proyecto se paraliza, esos gastos no se recuperan. No hay una cláusula clara de compensación automática. El riesgo financiero, por tanto, recae en la administración más cercana al ciudadano: el Ayuntamiento.

Impacto en Cuenca: expectativas frente a realidad

Para Cuenca, el efecto más inmediato es simbólico. Se ha construido un relato de futuro vinculado a este convenio. Se habla de revitalización, de nuevos espacios, de oportunidades económicas. Pero si el proyecto se ralentiza o se bloquea, la frustración social será proporcional a la expectativa generada.

Además, la planificación urbana queda condicionada. Apostar por un gran desarrollo puede retrasar o relegar otras actuaciones más modestas pero más seguras. El riesgo no es solo no avanzar; es dejar de hacer otras cosas mientras se espera.

Cuenca necesita proyectos ambiciosos, pero también seguros. El desarrollo urbano no puede basarse solo en declaraciones de intenciones. Necesita contratos sólidos, compromisos exigibles y una defensa clara del interés municipal.

El convenio con ADIF no es, por sí mismo, un fracaso. Pero tal como está redactado, contiene una cláusula que puede convertir una promesa de futuro en una larga espera sin final. Señalarlo no es ir contra el progreso; es exigir que ese progreso sea real, medible y jurídicamente viable.

Porque en urbanismo, como en la vida pública, lo verdaderamente transformador no es lo que se anuncia, sino lo que se puede cumplir.

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