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Cuenca y el giro político, que empuja a la derecha (por Juan Andrés Buedo)

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El cambio de tendencia electoral que se percibe en el conjunto de España no es ajeno a la provincia de Cuenca, pero aquí adopta rasgos más crudos y reveladores. En una tierra donde la política se ha entendido tradicionalmente en clave de cercanía, gestión y resultados tangibles, el giro hacia la derecha no responde tanto a una conversión ideológica profunda como a un malestar acumulado frente a un poder que se percibe distante, autocomplaciente y escasamente dispuesto a la autocrítica.

Cuenca, como buena parte de la España interior, ha sido durante décadas un territorio de lealtades estables. No necesariamente fervorosas, pero sí consistentes. El voto progresista, especialmente el socialista, se asentó aquí más como una cultura política que como una suma coyuntural de intereses. Hoy, sin embargo, esa base muestra grietas visibles. Y no se trata solo de un trasvase directo hacia opciones conservadoras: la abstención, el voto resignado y la indiferencia creciente son síntomas tan relevantes como el ascenso del bloque de derechas.

Hablar de “giro a la derecha” sin atender a sus causas es una simplificación interesada. En Cuenca, como en otras provincias envejecidas y demográficamente frágiles, el votante no ha cambiado tanto de valores como de expectativas. La inflación persistente, el encarecimiento de la vivienda en los núcleos urbanos, la precariedad de servicios públicos en el medio rural y la sensación de abandono institucional han erosionado la confianza en quienes gobiernan.

A ello se suma una percepción —cada vez más extendida— de que la agenda política nacional se ha alejado de los problemas cotidianos. Debates identitarios, confrontaciones simbólicas y una retórica triunfalista contrastan con la experiencia diaria de muchos municipios conquenses: consultorios con horarios reducidos, transporte público escaso, infraestructuras prometidas que no llegan y oportunidades laborales que obligan a los jóvenes a marcharse.

En ese contexto, el voto conservador aparece menos como una adhesión ideológica que como un voto de corrección. Un “probemos otra cosa” que expresa frustración más que entusiasmo.

El Partido Socialista sigue siendo una fuerza relevante en Cuenca, pero su hegemonía moral ya no es incuestionable. Tras sucesivos reveses electorales en distintos niveles, la respuesta orgánica ha sido, en demasiadas ocasiones, cerrar filas y atribuir las derrotas a factores externos: la desinformación, la polarización, la influencia de la extrema derecha o la incomprensión del electorado.

Ese diagnóstico parcial evita una pregunta incómoda: ¿qué parte de responsabilidad tiene el propio partido en la pérdida de apoyo? La falta de autocrítica, señalada por analistas y militantes, se traduce en una incapacidad para corregir errores de gestión, comunicación y prioridades. En la provincia, donde el contacto directo con la ciudadanía es determinante, esa carencia se percibe con especial nitidez.

No se trata solo de políticas concretas, sino de actitudes. La sensación de que las decisiones se toman lejos, de arriba abajo, sin escuchar suficientemente a los territorios, alimenta la desafección. Y cuando un partido que se presenta como garante de la cohesión social parece más preocupado por sostener equilibrios parlamentarios que por atender realidades locales, el desgaste se acelera.

Mientras tanto, el centro-derecha ha sabido capitalizar ese descontento. En Cuenca, el mensaje de estabilidad, orden y “gestión sin ruido” encuentra un terreno fértil entre quienes buscan certidumbre. No es casual que propuestas centradas en rebajas fiscales, simplificación administrativa o seguridad calen en sectores que sienten que el Estado les exige mucho y les devuelve poco.

Al mismo tiempo, la normalización de discursos más duros en cuestiones identitarias y territoriales ha desplazado el eje del debate. Lo que hace unos años habría sido marginal hoy forma parte de la conversación cotidiana. Ese corrimiento no implica que la sociedad conquense se haya radicalizado, pero sí que ha aceptado nuevos marcos de discusión ante la ausencia de un relato alternativo convincente desde la izquierda.

La provincia actúa, en este sentido, como un espejo adelantado de tendencias que luego se consolidan a escala nacional. En los municipios pequeños, donde el voto se decide más por experiencias concretas que por grandes consignas, el mensaje es claro: la paciencia se agota cuando las promesas se repiten sin resultados visibles.

La brecha entre capital y mundo rural, lejos de cerrarse, se percibe cada vez más como una línea de fractura política. Y la juventud, atrapada entre valores progresistas y expectativas económicas frustradas, oscila entre la abstención y opciones que prometen cambios rápidos, aunque sean imprecisos.

La pregunta clave es si este giro constituye un cambio estructural o un aviso aún reversible. Para Cuenca, la respuesta dependerá en gran medida de la capacidad del bloque progresista para reconocer errores, recuperar la escucha activa y recentrar su acción en problemas tangibles. Sin una autocrítica honesta y una rectificación visible, la tendencia difícilmente se corregirá.

La derecha, por su parte, afronta su propio reto: demostrar que su ascenso no se limita a capitalizar el descontento, sino que puede traducirse en una gestión eficaz que no profundice desigualdades ni abandone a los territorios más frágiles.

El giro político que se observa en Cuenca no es una condena irreversible, sino una advertencia clara. El electorado no ha cambiado de principios, pero sí ha perdido la paciencia. Quien aspire a gobernar esta provincia —y, por extensión, la España interior— deberá hacerlo con menos complacencia y más humildad, menos eslóganes y más resultados.

Ignorar ese mensaje sería el error definitivo. Escucharlo, en cambio, aún puede reescribir el próximo ciclo político.

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