
La escena captada en el Congreso de los Diputados no es solo una fotografía de un momento tenso: es el síntoma de un deterioro más profundo. El hemiciclo convertido en un ring verbal, los dedos acusadores cruzando el aire y un presidente del Gobierno visiblemente alterado resumen mejor que cualquier encuesta el estado actual de la política española.
Pedro Sánchez aparece en estas sesiones parlamentarias no como el jefe del Ejecutivo que busca consensos, sino como un dirigente acorralado, reaccionando más que gobernando. La crispación no es nueva, pero sí lo es la sensación de que ha dejado de ser una herramienta táctica para convertirse en el propio lenguaje del poder.
Desde provincias como Cuenca, donde la política se mide todavía por su capacidad de resolver problemas concretos —infraestructuras que no llegan, servicios públicos tensionados, una despoblación que no espera discursos—, el espectáculo del Congreso resulta especialmente desalentador. Mientras en Madrid se elevan los decibelios, en el territorio se acumulan silencios.
El problema no es solo el enfado de un presidente, ni siquiera la dureza de la oposición. El verdadero riesgo es la normalización del enfrentamiento como forma de gobierno. Cuando el Parlamento deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en un teatro de gestos, la política pierde su función esencial: representar y servir a los ciudadanos.
La imagen del Congreso crispado interpela también a quienes miran desde fuera. Porque cuando el liderazgo se ejerce desde la irritación, el mensaje que se transmite es el de la fragilidad. Y un país no se gobierna bien desde la trinchera emocional, sino desde la templanza y la previsión.
Quizá ha llegado el momento de recordar que la autoridad democrática no se impone levantando la voz ni señalando al adversario, sino ofreciendo un rumbo claro. Desde Cuenca, desde la España menos ruidosa, lo que se reclama no es épica parlamentaria, sino política útil. Y, sobre todo, un clima que permita volver a creer que el Congreso es algo más que un espejo de nuestra polarización.
Balada del presidente acorralado
Hay una frontera invisible en la política que, una vez cruzada, rara vez permite el retorno: la que separa la resistencia de la desesperación. El pasado 11 de febrero, en el estrado del Congreso de los Diputados, vimos a un Pedro Sánchez que no solo parecía haber cruzado esa línea, sino que ha decidido quemar los puentes detrás de él. Lo que presenciamos no fue la «resiliencia» a la que nos tiene acostumbrados el sanchismo, sino la escenificación de un fin de ciclo que se respira en los pasillos de las instituciones y, lo que es peor, en las estaciones de tren de todo el país.
El presidente comparecía para dar explicaciones por las tragedias de Adamuz y Gelida. Con 47 familias rotas esperando respuestas técnicas y consuelo institucional, el país se encontró con un muro de soberbia. En lugar de asumir que la red ferroviaria —esa que se desmorona por falta de mantenimiento mientras los fondos se pierden en los laberintos de la burocracia y las «mordidas» que ya habitan en el imaginario popular— necesita una cirugía de urgencia, Sánchez optó por el ataque personal.
El surrealismo como escudo
Cuando la política pierde el norte, recurre al espectáculo. La cita a Bad Bunny —ese «menos odio y más amor» lanzado a la bancada de Vox— fue el síntoma definitivo de un gabinete que ya no sabe cómo hablarle a la realidad. En un debate sobre muertos en las vías, recurrir al reggaetón no es ser un presidente moderno; es ser un presidente desbordado que busca el meme para evitar el dato.
La réplica de Alberto Núñez Feijóo fue, en este sentido, un espejo implacable. El líder de la oposición no tuvo que esforzarse demasiado para proyectar la imagen de alternativa. Le bastó con señalar el vacío: «Un presidente decente acompaña a las familias en el funeral, no tuitea con Elon Musk» o «¿Para qué demonios está usted aquí si no tiene responsabilidad por nada?». Son frases que quedan, no por su ingenio, sino porque conectan con un sentimiento de orfandad ciudadana.
Las vías del agotamiento
El Gobierno se sostiene hoy sobre un castillo de naipes parlamentario donde cada carta pide un precio más alto. Pero el verdadero problema de Sánchez ya no es Puigdemont, ni las exigencias de Sumar, ni la presión de los tribunales por el «caso Cerdán». El verdadero problema es que ha perdido el control del relato de la gestión.
Cuando los trenes descarrilan —literal y metafóricamente—, el manual de resistencia se queda sin páginas. La agresividad mostrada el 11 de febrero, ese tono «fuera de sí», es la armadura de quien sabe que los números ya no salen. Ya no hay mayoría social que compre el «comodín del miedo» a la ultraderecha cuando el miedo real es subirse a un Alvia.
España asistió el miércoles a un duelo de «tierra quemada». Sánchez ha decidido que, si ha de caer, lo hará embistiendo contra todo y contra todos. Sin embargo, la historia nos enseña que cuando un líder confunde la firmeza con la crispación y la autocrítica con la debilidad, el final suele estar a la vuelta de la próxima curva. Y en la red ferroviaria de este Gobierno, las curvas son cada vez más peligrosas.
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