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Derrota histórica de Pedro Sánchez en Aragón, un envite que acelera su fin (por Juan Andrés Buedo)

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La debacle del PSOE en las elecciones autonómicas de Aragón del 8 de febrero de 2026 no es solo un tropiezo regional: es el aldabonazo definitivo que confirma el agotamiento del ciclo sanchista. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno central, vio cómo su ministra Pilar Alegría lideraba la lista socialista a un mínimo histórico de 18 escaños, perdiendo 5 respecto a 2023, mientras el PP de Jorge Azcón ganaba en votos pero se quedaba en 26 y Vox se disparaba a 14. Este «órdago» anticipado de Azcón —convocatoria forzada por el rechazo de Vox a los presupuestos— ha expuesto las grietas de un PSOE en caída libre, con CHA irrumpiendo en 6 y Teruel Existe resistiendo en 2. Aragón, tierra de castellanomanchegos por afinidad histórica, envía un mensaje claro a Moncloa: el modelo Sánchez se desmorona, y con él sus planes de resistir hasta 2027.

La noche del desastre socialista: Cifras que duelen

Imaginemos la euforia contenida en las sedes del PP aragonés y la desolación en Ferraz. El PSOE, que en 2023 arañó 23 escaños, se desploma al 24% de los votos y 18 actas, su peor resultado desde la restauración democrática. Pilar Alegría, portavoz del Gobierno y candidata estrella, pagó el pato de las críticas por la financiación autonómica —ese «agravio comparativo» que deja a Aragón y Castilla-La Mancha a la cola en fondos per cápita— y de las sombras de exdirigentes como Salazar. Frente a ella, Azcón resiste con el 34%, pero pierde 2 escaños, quedando más dependiente de un Vox eufórico que pasa de 7 a 14.

La tabla de resultados lo dice todo:

PartidoEscaños 2026Cambio 2023% Votos
PP26-234%
PSOE18-524%
Vox14+718%
CHA6+310%
Teruel Existe2-1

PP y Vox suman 40 de 67 escaños, mayoría absoluta, pero la derecha radical dicta ahora ley en Zaragoza. Sánchez, que voló a la región en precampaña, vio cómo su apuesta fallaba: Alegría no solo pierde, sino que hunde al PSOE en sus feudos rurales, donde el descontento por infraestructuras —AVE Cuenca tardío, autovías colapsadas— cala hondo. Esta derrota no es aislada; es el síntoma de un PSOE huérfano de proyecto, atenazado por la corrupción (Koldo, Ábalos) y la dependencia de independentistas.

Impacto en los planes de Sánchez: ¿2027 o el abismo?

Oficialmente, Sánchez repite su mantra: «Agotaremos la legislatura hasta 2027». Pero Aragón desmiente la narrativa de serenidad. Con presupuestos prorrogados desde 2024, socios frágiles (ERC, Junts) y derrotas regionales acumuladas, el Gobierno camina sobre alambres. La presión por una nueva financiación autonómica se intensifica: Aragón reclama su parte, y Castilla-La Mancha —mi tierra— no puede seguir siendo la cenicienta.

Tres desafíos clave asfixian a Sánchez:

  1. Presupuestario: Sin PGE nuevos, depende de decretos. Aragón acelera demandas, y Page exige equidad. Un bloqueo aquí justificaría elecciones, pero también expone la minoría parlamentaria.
  2. Socios independentistas: «Votación a votación» con ERC/Junts, ya rotos por Puigdemont. La amnistía se agota como pegamento.
  3. Desgaste interno: Alcaldes y barones PSOE presionan por un reset. La debacle de Alegría, ministra suya, quema al sanchismo puro.

¿Escenarios? Alta probabilidad de agotar el mandato con europeísmo y decretos; media-baja de anticipadas en 2026; Improbable Pacto Amplio. Pero Aragón inclina la balanza: Sánchez toca fondo regional, y nacionalmente sondeos le restan 5-7 puntos.

Aragón no es un accidente: es una advertencia

Hay derrotas que no necesitan dramatismo porque hablan solas. La del PSOE en Aragón no es solo un tropiezo electoral ni una anomalía territorial: es un síntoma político. Y como todos los síntomas persistentes, conviene escucharlo antes de que se convierta en diagnóstico irreversible.

Los resultados confirman una tendencia que ya se había apuntado en Extremadura: el desgaste del proyecto de Pedro Sánchez se acelera allí donde el voto no depende de grandes concentraciones urbanas ni de alianzas identitarias, sino de percepciones muy concretas sobre gestión, credibilidad y futuro.

El PSOE pierde porque ya no consigue articular un relato que conecte con amplias capas del electorado. La política de resistencia —aguantar, polarizar, movilizar al adversario— puede servir en el corto plazo, pero termina agotándose cuando deja de ofrecer horizontes reconocibles. Aragón ha sido, en este sentido, un laboratorio adelantado.

Pero sería un error interpretar el resultado como una victoria incontestable del Partido Popular. El PP gana, sí, pero lo hace sin despegar, atrapado en un crecimiento insuficiente que lo obliga a mirar de reojo, una vez más, a Vox. El mapa aragonés confirma que la derecha suma, pero no se cohesiona; avanza, pero no lidera con comodidad.

Ese es, quizá, el dato más inquietante del momento político español: el desgaste del Gobierno no se traduce en una alternativa sólida, sino en un equilibrio inestable donde Vox se consolida como fuerza decisiva. Un escenario que no entusiasma, pero que se normaliza elección tras elección.

Desde Madrid, el Ejecutivo intentará leer Aragón como una excepción, como un “mal día” o como una batalla local mal planteada. Sin embargo, los argumentos se repiten demasiado como para ignorarlos. Cuando distintos territorios, con contextos distintos, emiten señales parecidas, el problema deja de ser táctico y pasa a ser estratégico.

No es casual que incluso desde posiciones ideológicas distintas se apunte a la misma conclusión: el ciclo político de Sánchez muestra signos evidentes de agotamiento, mientras la oposición sigue sin ofrecer un proyecto claramente reconocible de país.

Para provincias como Cuenca, alejadas del ruido central pero muy sensibles a sus consecuencias, este tipo de escenarios no son abstractos. La inestabilidad política, la dependencia de pactos frágiles y la falta de consensos amplios acaban traduciéndose en parálisis, incertidumbre y decisiones aplazadas.

Aragón no ha votado contra alguien concreto. Ha votado, sobre todo, contra la sensación de bloqueo. Y ese mensaje, por mucho que incomode, no debería ser ignorado. Porque cuando los avisos se acumulan, ya no son avisos: son advertencias.

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