
Hay canciones que se escuchan y otras que se habitan. Las primeras pasan; las segundas se quedan a vivir en el cuerpo colectivo de una ciudad. El son de la vía pertenece, sin discusión, a esta última estirpe: la de las composiciones que no nacen para sonar en la radio sino para retumbar en las plazas, en los andenes y en la conciencia. No es solo música. Es una crónica rimada, una acta notarial escrita con ritmo, una forma de resistencia que ha elegido el compás del son para decir lo que durante demasiado tiempo se ha intentado silenciar.
Cada martes, a las seis de la tarde, en la Plaza de San Esteban, Cuenca vuelve a demostrar que no está dispuesta a convertirse en un punto borroso del mapa. Allí, donde el asfalto aún conserva el eco de pasos antiguos y la memoria no ha sido desalojada, suena una canción que no pide permiso. Se planta. Y al hacerlo, interpela directamente a quienes, desde despachos lejanos y moquetas insonorizadas, creen que el futuro de esta tierra puede decidirse con una línea de rotulador sobre un plano.
La letra arranca con una advertencia que es, al mismo tiempo, una declaración de intenciones: “Ritmo en la plaza, rumor de estación”. No hay prólogo más honesto. La canción se sitúa, desde el primer verso, en el lugar exacto donde ocurre el conflicto: el espacio público, la estación como símbolo, el rumor como antesala del grito. Aquí no hay metáforas huecas ni abstracciones complacientes. Hay una voluntad clara de contar lo que pasa, de ponerle música a una lucha que ya existía antes de ser cantada.
La métrica de la resistencia
Lo verdaderamente notable de El son de la vía es su capacidad para convertir la protesta en relato sin perder filo. La letra avanza con una métrica que no busca la perfección académica, sino la eficacia emocional. Cada estrofa funciona como una escena; cada nombre propio, como un acto de justicia poética.
Porque esta no es una canción anónima. Tiene nombres, apellidos y rostros. Juan Vicente aparece como el vigilante eterno, ese que no baja la guardia porque sabe que el abandono siempre llega cuando uno se confía. Julio, con su megáfono, rasga el silencio impuesto, recordándonos que callar nunca ha sido una opción para quien no tiene nada que perder salvo la dignidad. Ana Cris y Elena custodian la memoria y el dato, esa combinación peligrosa para cualquier burocracia que se precie: hechos contrastados y convicción moral.
La canción entiende algo fundamental que a menudo se olvida en los análisis técnicos: las infraestructuras no son solo hierro y horarios. Son personas. Son rutinas. Son vidas organizadas en torno a un servicio que, cuando desaparece, no deja solo un vacío logístico, sino un agujero existencial.
La alusión al ministro —ese “Óscar” al que se le “echan balones al aire”— no es un ataque frontal, sino una ironía afilada. No hace falta elevar el tono cuando la realidad ya grita por sí sola. Basta con señalar el contraste entre quienes juegan a la política como si fuera un deporte de salón y quienes se juegan el futuro en cada decisión tomada a cientos de kilómetros.
Moqueta contra andén
Si hubiera que resumir la potencia simbólica de esta canción en una sola imagen, sería el choque entre dos superficies: la moqueta y el andén. La primera, mullida, insonorizada, ajena al frío y al calor; la segunda, dura, expuesta, real. En la moqueta se deciden cierres, recortes y “reordenaciones”. En el andén se esperan trenes que cada vez llegan menos, y se acumula una rabia que ya no cabe en el silencio.
La letra no demoniza por deporte. Lo que hace es evidenciar una distancia moral. Mientras unos hablan de eficiencia y rentabilidad, otros hablan de llegar al médico, de estudiar fuera, de no tener que marcharse para siempre. Mientras unos urbanizan el mapa, otros ven cómo se vacía el hogar.
El puente de la canción es, en este sentido, una de las síntesis más certeras que se han escrito sobre la España interior en los últimos años: “Se urbaniza el mapa, se vacía el hogar”. No hay verso más claro ni más devastador. Porque eso es exactamente lo que ocurre cuando se toman decisiones sin pisar el territorio afectado: el mapa se ordena, se limpia, se hace más “eficiente”; pero la vida se desordena, se enfría y se apaga.
Y, sin embargo, la respuesta que propone la canción no es la melancolía. No hay lamento paralizante. Hay salsa. “Si apagan el riel, subimos la salsa”. En ese verso hay una rebeldía casi insolente, una negativa frontal a asumir el papel de víctima silenciosa. Es la afirmación de que, aunque se empeñen en quitar medios, no podrán apagar el pulso.
Cuando la música ocupa el vacío
No es casual que el ritmo elegido sea el son. No es un género asociado al dolor resignado, sino al movimiento, al cuerpo, a la comunidad. El son convoca, junta, obliga a estar presentes. Frente a la lógica del aislamiento y la dispersión —esa que condena a los pueblos a ser estadísticas—, la música vuelve a crear espacio común.
Cada martes, la Plaza de San Esteban se transforma en algo más que un lugar de protesta. Se convierte en un ensayo general de lo que Cuenca se niega a perder: la capacidad de reunirse, de reconocerse, de decir “estamos aquí”. La canción no solo se canta; se comparte. Y en ese acto colectivo hay una fuerza política que ningún informe ministerial puede neutralizar.
Porque El son de la vía no pretende ganar debates técnicos. Pretende algo más profundo: disputar el relato. Frente a la narrativa oficial que presenta los recortes como inevitables y las decisiones como técnicas, la canción recuerda que toda política es una elección, y que toda elección tiene consecuencias humanas.
El tren como cordón umbilical
Hay quien sigue insistiendo en que exageramos. Que no es para tanto. Que siempre hay alternativas. Pero quienes viven aquí saben que el tren regional no es un lujo ni una nostalgia romántica. Es un cordón umbilical. Es lo que permite que Cuenca siga siendo un lugar habitable y no solo una postal bonita para inversores y fines de semana.
La canción lo entiende perfectamente. Por eso habla de vagones, de estaciones viejas, de horarios que no cuadran. Porque ahí es donde se juega el futuro real de la provincia, no en los discursos huecos sobre cohesión territorial que luego se desmienten en los presupuestos.
“Que tiemble entera la estación vieja cuando gritemos: ¡hay solución!” Ese verso funciona como consigna y como promesa. No se trata de negar la complejidad del problema, sino de rechazar la idea de que no hay alternativas. Las hay. Lo que falta, demasiadas veces, es voluntad política y escucha real.
Un himno sin épica impostada
Lo más admirable de esta canción —y de la resistencia que representa— es que no necesita adornarse con épica impostada. No hay héroes solitarios ni gestos grandilocuentes. Hay constancia. Hay martes. Hay voces que se repiten hasta que ya no pueden ser ignoradas.
En tiempos donde la protesta suele diluirse en redes sociales y consignas fugaces, El son de la vía apuesta por la presencia física, por el encuentro sostenido, por la memoria que se construye a base de insistir. Es una lección que va más allá de Cuenca y de su tren: la de que los derechos no se mendigan, se defienden; y que, a veces, la mejor forma de hacerlo es cantando juntos.
Porque un pueblo en la vía no es un pueblo detenido. Es un pueblo que avanza, aunque tenga que hacerlo a contracorriente. Es un pueblo que entiende que sentarse a esperar es la antesala del olvido. Y Cuenca, como deja claro esta canción, no piensa sentarse.
Mientras haya ritmo en la plaza y rumor de estación, mientras haya nombres propios dispuestos a dar la cara y una comunidad que se reconoce en su lucha, esta tierra seguirá negándose a ser un mapa mudo. Y eso, hoy, ya es una victoria.
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