{"id":4346,"date":"2011-04-09T10:28:42","date_gmt":"2011-04-09T10:28:42","guid":{"rendered":"https:\/\/lavanguardiadecuenca.es\/?p=4346"},"modified":"2011-04-09T10:28:42","modified_gmt":"2011-04-09T10:28:42","slug":"internet-y-la-rebelion-de-los-cuerpos-por-eduardo-a-prieto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/lavanguardiadecuenca.es\/?p=4346","title":{"rendered":"Internet y la rebeli\u00f3n de los cuerpos (por Eduardo A. Prieto)"},"content":{"rendered":"<p>(Publicado en <em>El Pa\u00eds-Reggio\u00b4s<\/em>, <a href=\"http:\/\/elcomentario.tv\/reggio\/internet-y-la-rebelion-de-los-cuerpos-de-eduardo-a-prieto-en-el-pais\/09\/04\/2011\/\" target=\"_self\">aqu\u00ed<\/a>)<\/p>\n<div>\n<p><strong><em>Las revoluciones norteafricanas demuestran que, si bien la Red es muy \u00fatil para lanzar movilizaciones, el \u00e9xito final sigue dependiendo de la fuerza como grupo f\u00edsico, de la fuerza real no virtual, de los ciudadanos<\/em><\/strong><\/p>\n<p>\u201cSi quer\u00e9is liberar a una sociedad, dadle Internet\u201d. Esta receta, propuesta por Wael Ghonim, ejecutivo de Google, es compartida por aquellos que consideran que las revoluciones populares que han depuesto a los Gobiernos de T\u00fanez y Egipto, y amenazan con derrumbar a otras tiran\u00edas semejantes en Bahr\u00e9in, Yemen o Libia, constituyen la prueba fehaciente de que el poder emancipador de las nuevas tecnolog\u00edas de comunicaci\u00f3n es real. Los analistas, la prensa o las canciller\u00edas, acostumbrados a interpretar el mundo a partir de los juegos de poder entre grupos pol\u00edticos reconocibles -clases sociales, oligarqu\u00edas, Ej\u00e9rcito, sectas religiosas-, han visto desbordadas sus m\u00e1s arriesgadas previsiones y, al igual que ocurri\u00f3 con el Mayo del 68 o la ca\u00edda del muro de Berl\u00edn, son incapaces de enfrentarse a coyunturas en las que, siquiera sea temporalmente, los protagonistas son aquellos que tradicionalmente no han tenido voz -j\u00f3venes, desempleados, mujeres- y que hoy se est\u00e1n sirviendo de las herramientas <em>an\u00f3nimas<\/em> de la Red para ser escuchados.<\/p>\n<p>El uso pol\u00edtico de medios como Facebook o Twitter -originalmente destinados a dar respuesta a las inquietudes, muchas veces banales, de los j\u00f3venes de las sociedades m\u00e1s desarrolladas- desmiente la idea de que la tecnolog\u00eda sea algo esencialmente neutral. Por el contrario, su singular disposici\u00f3n revolucionaria se ha puesto de manifiesto en la ineptitud de las r\u00edgidas estructuras represivas de los Gobiernos depuestos en T\u00fanez o Egipto para hacerse cargo de la situaci\u00f3n. Acostumbrados a hab\u00e9rselas con los enemigos rutinarios -panfletos, peri\u00f3dicos prohibidos, reuniones clandestinas-, la polic\u00eda y la censura de aquellos pa\u00edses, poco adiestradas en el uso de los medios digitales, han sido incapaces de detectar y abortar los primeros pasos de los movimientos de protesta, construidos pacientemente en la Red por minor\u00edas de j\u00f3venes e intelectuales, antes de convertirse en alzamientos generalizados.<\/p>\n<p>Dicho esto, no es conveniente dejarse llevar, de nuevo, por la ilusi\u00f3n de que las herramientas digitales puedan constituir por s\u00ed mismas una alternativa completa a los sistemas de dominaci\u00f3n heredados del siglo XX, como si de un b\u00e1lsamo digital frente a las tradicionales alambradas, muros o guetos se tratase. Los recientes acontecimientos en el mundo \u00e1rabe actualizan, por el contrario, la conocida m\u00e1xima de Foucault seg\u00fan la cual lo que define a nuestra \u00e9poca es su car\u00e1cter <em>espacial.<\/em> Nos hemos acostumbrado a la idea de que el desarrollo de los medios de comunicaci\u00f3n acabar\u00eda sustituyendo, sin m\u00e1s, el modelo de relaciones sociales y econ\u00f3micas establecido por la tradici\u00f3n moderna del control pol\u00edtico a trav\u00e9s del espacio. Al <em>espacial<\/em> siglo XX seguir\u00eda, de este modo, un nuevo siglo XXI <em>virtual<\/em> definido por el potencial liberador de las nuevas redes capaces de destruir los sistemas caducos de participaci\u00f3n ciudadana, mediados tradicionalmente a trav\u00e9s del juego de representaci\u00f3n de los partidos pol\u00edticos y las estructuras simb\u00f3licas de la ciudad. Sin embargo, lo que las revoluciones <em>digitales<\/em> de Oriente Pr\u00f3ximo ponen de manifiesto es que, si bien las movilizaciones propiciadas desde la Red han desbordado los cauces pol\u00edticos habituales, el \u00e9xito final de las protestas ha dependido, en \u00faltima instancia, de los mecanismos basados en el despliegue tradicional de los cuerpos en el espacio pol\u00edtico.<\/p>\n<p>Convocadas primero a trav\u00e9s de Internet o la telefon\u00eda m\u00f3vil, y engordadas despu\u00e9s en su arrastre mim\u00e9tico, las masas de manifestantes -no muy distintas de las que ocuparon el espacio p\u00fablico de Occidente en las revoluciones del siglo XIX y XX- han inundado las calles de muchas ciudades \u00e1rabes o beduinas. El movimiento subversivo, confinado hasta ese momento a los canales inmateriales de la Red, desbord\u00f3 sus l\u00edmites hasta expandirse al espacio real, colonizando lugares dotados de gran simbolismo c\u00edvico para los ciudadanos -la plaza de Tahrir en El Cairo, la recientemente arrasada plaza de la Perla en Bahr\u00e9in- y desplegando en ellos las estrategias espaciales anacr\u00f3nicas -pero no por ello menos eficaces- propias de la tradici\u00f3n revolucionaria moderna. Este salto al espacio real de un movimiento originariamente virtual vino acompa\u00f1ado de una transformaci\u00f3n en el <em>ethos<\/em> colectivo de los manifestantes, conscientes ya de su fuerza como grupo unido, demostrando as\u00ed que cualquier manifestaci\u00f3n en masa, aunque sea pac\u00edfica, es el s\u00edmbolo de una acci\u00f3n potencial, de una violencia retenida que, si fuese necesario, podr\u00eda ejercerse sobre la realidad. Se trata de un poder f\u00edsico del que carece cualquier herramienta digital.<\/p>\n<p>La sociolog\u00eda que a lo largo de los \u00faltimos a\u00f1os se viene construyendo en torno a las consecuencias del uso de Internet ha insistido en el car\u00e1cter din\u00e1mico y cada vez m\u00e1s fugaz de los intercambios humanos, insinuando que la dependencia creciente del ciberespacio podr\u00eda suponer, a medio plazo, nuestra metamorfosis en seudocuerpos o almas puras que acabar\u00edan volcando toda su energ\u00eda espiritual en la Red. Esta hipot\u00e9tica conversi\u00f3n de los internautas en \u00e1ngeles cibern\u00e9ticos queda refutada por los hechos acaecidos en T\u00fanez o Egipto y los que hoy est\u00e1n ocurriendo en Libia. Al constituirse en movimientos de masas, los levantamientos sociales se han hecho necesariamente materiales, deviniendo una verdadera revoluci\u00f3n de personas: cuerpos visibles y completos que, retando al poder constituido, se <em>manifiestan<\/em> como tales en el espacio p\u00fablico. Si estos cuerpos, finalmente, mantienen su inercia unitaria, su tozudez f\u00edsica a dejarse desplazar por dicho poder, entonces la resoluci\u00f3n de esta puesta en escena es, tal y como ha ocurrido, inmediata: si se decide a ejercer la violencia sobre la masa de manifestantes, es el Estado el que gana la partida (recordemos casos an\u00e1logos como los de Tiananmen, el cruel desalojo de la <em>instant city<\/em> de los saharauis en El Aai\u00fan o la ves\u00e1nica represi\u00f3n en Libia devenida ya cruenta guerra civil); si, por el contrario, es el poder estatal el que se muestra vacilante, son los revolucionarios los que se hacen con el triunfo y el r\u00e9gimen ominoso acaba cayendo. Este sentido material, corporal de la revoluci\u00f3n democr\u00e1tica en los pa\u00edses \u00e1rabes se ha podido constatar, desde el origen, en el hecho simb\u00f3lico que desencaden\u00f3 todo el proceso: la autoinmolaci\u00f3n de un joven vendedor callejero, Mohamed Buazizi, como protesta porque la polic\u00eda le hab\u00eda arrebatado el carrito de verduras con el que se buscaba la vida. Fue, de este modo, un acto f\u00edsico, brutal, ejercido sobre su propio cuerpo por un ser humano, y no los ang\u00e9licos intercambios de sujetos an\u00f3nimos refugiados en la Red, el que prendi\u00f3 la llama en Oriente Pr\u00f3ximo.<\/p>\n<p>Olvidado por la tradici\u00f3n filos\u00f3fica, el cuerpo ha sido a lo largo de los dos \u00faltimos siglos el arma de choque de las revoluciones de Occidente y parece ser que seguir\u00e1 desempe\u00f1ando esta funci\u00f3n en las nuevas que se avecinan. En un mundo cuya realidad merma de espesor d\u00eda a d\u00eda, el cuerpo adquiere un prestigio, un aura mayor cuanto m\u00e1s dudosa sea la condici\u00f3n de lo real. Por otra parte, los roles tradicionales que el espacio p\u00fablico y deliberativo propio de la modernidad desempe\u00f1aban en nuestras sociedades est\u00e1n siendo asumidos por un nuevo ciberespacio democr\u00e1tico, que sustituye al antiguo all\u00ed donde exist\u00eda (Occidente) o se instala donde no hab\u00eda ninguno, como en T\u00fanez o Egipto. Junto a este espacio de comunicaci\u00f3n -sea virtual o no- existe un segundo espacio: aquel que es el medio propio de la acci\u00f3n revolucionaria de los cuerpos, la tradicional escenograf\u00eda pol\u00edtica que sigue hoy desempe\u00f1ando sus funciones propias, bien como elemento simb\u00f3lico (las manifestaciones del Primero de Mayo en Occidente, por ejemplo), bien como verdadera trinchera para el cambio pol\u00edtico (desde Tiananmen hasta Tahrir). Como han demostrado los hechos -en El Cairo, en Bengasi, en Bahr\u00e9in- los agentes cibern\u00e9ticos pueden ocupar el primer espacio, pero nunca el segundo. De este modo, el destino de los modelos de control pol\u00edtico -sean espaciales o virtuales- es entreverarse, contaminarse mutuamente. Para cambiar la realidad no basta con aprovechar las ventajas que la rapidez y la relativa seguridad de la comunicaci\u00f3n digital suponen para constituir la opini\u00f3n p\u00fablica, sino que esta debe acompa\u00f1arse necesariamente de la fuerza de la masa ciudadana, dispuesta a ejercer la violencia sin desprenderse, en ning\u00fan momento, del aura de la que todav\u00eda gozan los cuerpos en la \u00e9poca de su presunta reproductibilidad t\u00e9cnica. Son ellos, no Twitter ni Facebook, los que est\u00e1n derribando a las dictaduras.<\/p>\n<p><strong>Eduardo A.<\/strong> <strong>Prieto<\/strong> es fil\u00f3sofo y arquitecto.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Publicado en El Pa\u00eds-Reggio\u00b4s, aqu\u00ed) Las revoluciones norteafricanas demuestran que, si bien la Red es muy \u00fatil para lanzar movilizaciones, el \u00e9xito final sigue dependiendo de la fuerza como grupo f\u00edsico, de la fuerza real no virtual, de los ciudadanos \u201cSi quer\u00e9is liberar a una sociedad, dadle Internet\u201d. 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